La elegida

2047 Words
Estéfano Una semana y mi abuela todavía se negaba a hablarme. Daría lo que fuera por volver el tiempo atrás y no haberle causado ese disgusto, porque verla sentada en su mecedora, escondida en un rincón oscuro de su habitación es algo doloroso. —Señora. ¿Quiere salir al jardín? La noche está hermosa y le hará bien tomar algo de aire fresco— Magui preguntó aun sabiendo que se rehusaría. —Está bien, Me quedaré— Avisé. La empleada asintió dudosa, pero terminó saliendo de la habitación. Entonces, aprovechado que estábamos solos, me arrodillé frente a ella y tomé sus manos entre las mías. Me partió el corazón ver sus ojos cristalizados. Pareciera que se estaba conteniendo y esperaba que así fuera o seguramente lloraría como bebé con ella. —Abuela. Perdóneme, no podemos seguir de este modo— La primera vez en la vida que me arrodillaba frente a una mujer y suplicaba perdón. Pero ella no es cualquier mujer. Esta anciana fue la persona que me crío después de que a dios se le ocurrió llevarse a mis padres al mismo tiempo. Ella me lo dio todo, educación, un techo, comida y todo el amor que un huérfano podría necesitar, incluso más. No recuerdo ni un día en el que haya sufrido viviendo con ella y que ahora se niegue a mirarme, me quemaba en lo más profundo de mi ser. Porque ella lo era todo para mí, lo único que me quedaba —Merce, mírame. Soy yo, tu bebé. Chasqueó la lengua y arrugó la nariz con desaprobación. Bueno... al menos sabía que me estaba escuchando. —Vuelve a tu departamento. Vive como se te venga en gana. Ya entendí que jamás me escucharás. —Eso no es verdad— me defendí. —¿No?— preguntó irónica. Tuve que respirar profundo para no enojarme. Vivo por ella, es estúpido que crea que no me interesa su opinión. —Merce. No necesito... —No quiero escucharte— cortó mis palabras. El hueco en mi corazón creció al punto de doler. —No me molesta tu estilo de vida, Estéfano. Nunca me metí en tus decisiones, pero...— Su llanto la silenció. —Hey, no— intenté consolarla. Acuné su rostro entre mis manos y con los dedos sequé sus mejillas que comenzaban a cubrirse de lágrimas. —Sé que te preocupa que me quede solo. Pero estoy bien así. Hoy en día no es necesario casarse para ser feliz. —tú no entiendes— su voz salió ahogada. Oírla me quebró en mil pedazos. —No puedo evitarlo. Sé que no me queda mucho. Me levanté como resorte. Tenía la ilusión de que dijera que era broma, pero su llanto me aseguraba que no. Entonces mi propio dolor salió a flote. Froté mi rostro para calmar mi corazón y al instante mis palmas quedaron húmedas. Saber que temía por su estado, me desesperaba. —en lo único que puedo pensar es que quedarás aquí sin nadie que te acompañe en el duelo. No tienes idea del miedo y la impotencia que siento al saber que te dejaré solo. Eso me está torturando. Sé que es egoísta de mi parte y te juro que no quería decir nada. Pero ya no lo soporto... —No, Mercedes. Siempre estarás conmigo, ¿me oyes? Deja de decir estupideces porque no te vas a morir. —¡No me importa morir!— gritó firme dejándome helado. Por un momento me regresó veinte años atrás, Cuando todavía caminaba sin ayuda y su voz era tan potente que imponía autoridad. Verla ahora, tan avejentada y vulnerable, me movía las fibras más sensibles. —Quiero irme, ya viví demasiado. Pero antes de eso quería verte con la vida realizada. Enamorado, feliz. Solo así sentiría que hice bien mi trabajo y si es verdad que hay vida después de la muerte y me encuentro con tu padre, quiero que se sienta orgulloso de mí. Suspiré. Sería inútil intentar explicarle a una mujer de su edad, que hoy en día la gente ya no se casa para sentirse realizado. Entonces, tuve que hacer lo jamás imaginé que haría. Mentirle. —Merce. Estoy enamorado— Podría ir al infierno por mentirle y no me importó, porque ver sus ojitos ilusionados después de una semana que se rehusaron a mirarme, es vida para mí. —Estoy viendo a alguien, hace tiempo. Pero no podía decirte. —¿Eres gay?— preguntó comprensiva. Cómo si hubiera acabado de atar cabos. —No, abuela. Estoy enamorado de una mujer. Pero... es complicado. La mujer abre los ojos en mi dirección. Tengo miedo de que me mire demasiado y descubra que estoy mintiendo. A su edad y con su sentido de la percepción, estoy seguro de que lo lograría. —¿Quién es? Estaba seria. No me creía y debía actuar antes de que la cosa se pusiera peor. Me estaba arrepintiendo por haberle dicho una mentira. Pero no podía dar marcha atrás. Debía continuar hasta el final. —Te prometo que esta semana la traeré para que la conozcas y entenderás por qué es tan complicado. —hoy— Sentencia firme y me carcome la consciencia. —o a más tardar mañana. —bien— trato de sonar tranquilo. Aunque por dentro estoy cagado. —hablaré con ella y te diré cuando pueda venir— Al fin sonrió. Estaba seguro de que no me creía del todo, pero al menos me estaba dando el beneficio de la duda. —Ahora iré a descansar, pero espero verte mañana en el desayuno. *** Estaba desesperado. No quería llegar tan lejos, pero Mercedes me metió en un callejón sin salida. Abro la maldita página de novias por contrato de la que Ana me habló, odiándome por caer tan bajo. ¡Mierda! Tanto que criticaba a Martin y terminé acudiendo a los mismos recursos ridículos de él... Me enfoco en buscar mis preferencias. Estoy tan desesperado que no me importa como se vea físicamente, ni la edad. Solo busco según la zona que debe ser conveniente para que mi coartada cuadre y obviamente, que esté dispuesta a casarse. Cuando termino, subo mi foto, le doy click en aceptar y una lista interminable de mujeres aparecen frente a mí. Carajo. Es más difícil de lo que suponía. Comienzo a estresarme. Entonces voy directamente a las recién agregadas. No pienso arriesgarme a contratar a una mujer que ya pasó por muchos, mucho menos puedo arriesgarme a que haya pasado por los ojos de Martin. Él sería el primero en dejarme en evidencia si se supiera que esto es mentira. Media hora después, tres mujeres me aparecen como recién unidas a la página. Agustina, 27 años. Contadora y Bailarina exótica. Necesita casarse para obtener la nacionalidad. Me interesa, pero mi intención es que esto sea lo más real posible. No podría explicarle a mi abuela el por qué a mi prometida le gusta bailar en un caño completamente desnuda. Se moriría antes de tiempo. Si bien podría mentirle, Mercedes no es la típica ancianita que teje calcetines, ella es una mujer poderosa, con contactos que podría saber lo que quisiera solo con chasquear los dedos. Si conseguía novia, debía ser de buena familia y con una vida normal. Cintia, 32. Maestra de primaria. Se ve decente, de buena familia por lo que dice en su perfil. Está dispuesta a casarse y su único requisito es una suma considerable de dinero. Me interesa, la pongo como la opción más confiable, pero me animo a mirar la última. Elena, 19... y es todo lo que dice sobre ella. Está dispuesta a casarse, sin condiciones y con prenupcial de por medio. Demasiado bueno para ser real. La intriga me puede y decido enviarle un mensaje. No tengo tiempo y la presión no me deja pensar con claridad. Solo capté que esa chica podría ser mi coartada, ya que literalmente vive a cinco minutos de mi departamento. Cuánto más lo pienso, más me gusta la idea. Literalmente ya estoy imaginando todo lo que pondré en el dichoso contrato. La chica contesta al instante. No dice si acepta o no, solo me envía su número de teléfono. Tanto misterio me estresa, pero estoy desesperado. Ya tendría tiempo para organizar todo y ponerle los puntos sobre las íes. Agendo su número y la llamo. —Hola, ¿Elena?— pregunto dudoso. Me quiero dar una patada en las bolas por lo que estoy haciendo. —Soy yo. Discúlpame si no entiendo cómo funciona esto, es mi primera vez. Su voz me recuerda a la de mi abuela. Suave, temblorosa y quebrada. Esta chica no aportó ninguna información del por qué necesita casarse y comienzo a creer que está tan desesperada como yo. Entonces decido ser lo más sincero posible con la esperanza de que ella hiciera lo mismo. Cuánto más sepamos el uno del otro, más creíble será nuestra relación falsa. —No te preocupes, Tampoco sé cómo funciona. Pero no tengo mucho tiempo. Necesito una prometida para mañana. —¿Mañana?— jadeó sorprendida. No supe distinguir si lo hacía feliz o asustada por la rapidez. —Sí. ¿Tienes algún problema? —No, para nada— susurró con la vocecita más dulce que había escuchado en la vida. Eso me hizo volver a mi laptop y buscar su perfil para ver su foto. Si era la mitad de linda que su voz, querría decir que dios estaba de mi lado. —Disculpa. ¿Cómo te llamas? En tu perfil solo hay una foto. Sonreí, por lo visto nos estábamos stalkeando el uno al otro. —Estéfano Demarchi. Soy dueño de Demarchi Resort. Quizás te suene el nombre— Su foto no la favorecía. Lo único que le faltaba era una paleta para parecer una infante. —Conozco esa cadena. De hecho, mi familia trabaja para ti. En ese momento oí el canto de los angeles. Si nuestras familias se conectaban, mi coartada sería más que creíble. —Peressotti— dije mirando su perfil. —No me suena. —En realidad, es Bustamante. Tenía miedo de poner mis datos en internet. —Muy inteligente— la elogié. —Por ahora, te pido que borres la foto, en caso de que alguien te reconozca. Me quedé viendo su imagen oyendo únicamente el teclado de su computadora. Rubia, color de ojos desconocidos. Nariz respingada y labios llenos. No me parecía fea, pero si muy aniñada. Demasiado infantil como para que mi abuela creyera que era la chica que robó mi corazón. —Listo— me confirma. Refresco la página y efectivamente, su foto ya no está. Me gustó que fuera obediente, me hizo olvidar como se veía. —¿qué sigue? —Quiero verte mañana a primera hora. Necesito que nos conozcamos y planear un noviazgo de al menos dos años. —Te mandaré un mensaje con la hora y el lugar— alejé el teléfono y lo miré para comprobar que no estuviera roto. No... en verdad esa chica me estaba dando una orden. —te iba a decir que fueras a mi oficina, ya que debes conocerla. ¿Bustamante, no? Si no me equivoco, es la empresa de seguridad que contratamos. —Esa misma. Y sí, sé cómo llegar, pero primero quiero verte en un sitio neutral por si no nos ponemos de acuerdo. A demás, hay alguien de tu empresa que prefiero no ver por ahora. —Muy inteligente— volví a elogiarla. Esta vez fue de manera inconsciente. —Me gustaría saber que pretendes ganar con esto. Al menos para matar la curiosidad. —problemas personales— soltó sin pestañear. Eso le restó varios puntos. No estaba cooperando. —Elena. Si queremos que esto sea lo más creíble posible, debes ser sincera conmigo. Yo no soy quien para juzgarte y espero que tú no lo hagas conmigo. Quizás no seamos pareja de verdad, pero si queremos que funcione, debemos confiar el uno del otro. Después de todo, esto es para ayudarnos mutuamente. —tienes razón— la oí suspirar. Ya me estaba familiarizando con su voz. Era tan tierna que podría usarla como asrm para dormir. —Estoy escapando de un matrimonio arreglado. —Entonces soy tu hombre. —¿cómo dice? —Acepto casarme contigo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD