C12

3205 Words
Mi herida lucía considerablemente mejor que ayer y ya no dolía en lo absoluto. Sabía me quedaría una notable cicatriz, pero supongo que había sido afortunada de no tener ninguna en tantos años de batalla. Me di una rápida ducha y salí del tocador con la toalla cubriendo mi cuerpo. —¡j***r! —chillé al encontrarme con la pelirroja en mi habitación. ¿Acaso todos podían adentrarse a la habitación de cualquiera? Ayer Cailan, y ahora Thea. Tal vez, mi puerta aún no tenía seguro. —Lo siento —se disculpó, intentando contener la risa que quería salir de entre sus labios. Casi más me mataba del susto. —Venía de camino a recogerte para el desayuno, pero Gwendolyn me ha encargado un trabajo. —Asentí con una sonrisa. No tendría ni que haberse aparecido, el trabajo es trabajo. Sin embargo, que lo hubiera hecho me agradaba. —Descuida, puede que me les una a tus amigos si los veo. —Ella asintió. No me molestaba en lo absoluto encontrarme sola, pero no quería arruinar la única posibilidad de hacer amistades aquí. —¿Ha ido todo bien con Cailan ayer? —Me dirigí hacia el armario para coger ropa limpia y tragué grueso. ¿Realmente hacía falta contarle lo sucedido? No sé si estaba preparada para avergonzarme de esa forma; otra más que cae ante Cailan... bueno, casi. Definitivamente, no estaba lista para que me desaprobaran con la mirada. —Todo estupendo —mentí y me vestí sin ponerme el pantalón; Thea también estaba aquí para darme la inyección. Tomé asiento en mi cama y el procedimiento fue el mismo. Esta vez había dolía menos que la de ayer, pero más que la que Cailan me había dado. Si hacía maravillas con la aguja, no quería saber qué otras maravillas haría con su... No. Aparté aquel pensamiento de mi cabeza. No le daría el honor de aparecerse para perturbarme. Ya bastante lo hacía cuando lo tenía frente a mí. —Les has agradado a mis amigos —me dio una sonrisa de lado a lado. Aquello parecía alegrarle más a ella que a mí. —Ellos también me han caído muy bien, aunque ya era suficiente con que no me odiaran. No lo hicieron y además me defendieron ante Vaughan. —Ella rió. —Luca lo hubiese golpeado en el rostro de haber tenido la oportunidad. —Eso lo noté. Ya quisiera tener a un Luca en mi vida —. Nos vemos cuando acabe mi trabajo —y también desearía tener una pizca de la alegría que emanaba a cada segundo. Thea abrió la puerta y se marchó de la habitación. Llevé mi vista hacia mis muñecas y estaban sanando con propiedad. Se veían mucho mejor y sólo quedaban algunos cortes visibles. El brazalete volvía a aparecerse ante mis ojos y mi corazón volvía a hacerse un bollo de papel. También la aparté a ella de mis pensamientos. Hacerlo sólo me estresaba más y no había demasiado que pudiera hacer por el momento. Me marché de mi habitación y me dirigí hacia la cafetería. Hoy no había demasiada gente. No se si era más temprano o más tarde de la hora que usualmente Thea me había o******o a desayunar, pero aquello no me desagradaba. Menos personas, menos probabilidades de que me fueran a linchar de este lugar. Cogí mi comida y busqué a los amigos de Thea con la mirada, pero no los había encontrado. Tomé asiento sola en una mesa y comencé a alimentar a mi delgado cuerpo. Debía recuperar lo que no había comido en tres días. —Hola —una voz femenina me obligó a alzar el rostro y me encontré con su rostro. Era la misma muchacha que había golpeado la puerta aquel día que Cailan me llevó a la habitación de los espejos. Tenía la bandeja de comida en sus manos y tomó asiento frente a mí. m****a. Lo que me faltaba... Si no me odiaban por ser la hija del líder de KEK, puede que me odiaran por tener que pasar tanto tiempo con él... En su caso, por verme salir de una habitación con él. Me dio una sonrisa y alargó su mano hacia mí. Tenía unas cuantas magulladuras notables en su brazo. ¿Sería algún tipo de psicópata y celosa de todo lo que lo rodeara o tocara a él? Fingí una sonrisa y cogí su mano, estrechándola. —Mi nombre es Sage —se presentó. No tenía planes de ser su mejor amiga, pero tampoco quería tenerla de enemiga. —Soy Val Jensen. —Ella me observó con detenimiento. Sus ojos celestes viajaron desde mi rostro hacia los cortes en mis muñecas. Esto no me daba buena espina... —Felicidades por recuperar tu libertad —hizo referencia a la ausencia de las esposas, comiendo su pudin de vainilla. —Gracias —tragué saliva. Me encontraba incómoda... ¿Qué se suponía que dijera? > me recriminó mi cabeza. Ciertamente, no era la opción que elegiría usualmente, pero mejor que tener que evitar aquel silencio. —¿Has tenido algo con Cailan? —El pudin salió de su boca como si una explosión hubiese detonado dentro de ella y comenzó a reír, llevando la servilleta a su boca y limpiando los rastros del postre. —No, ¿y tú? —Negué, y parecía serle imposible evitar reír —. Soy su hermana —confesó. ¿Cómo se me podía haber pasado por alto? Ambos eran muy atractivos -aunque todos aquí parecían serlo- y tenían los mismos ojos del color del cielo. —Oh, por dios... —susurré, maldiciendo a mis adentros —. Lo siento mucho. —Ella continuaba riendo. Que vergüenza... Ahora cobraba sentido lo que había respondido cuando le había preguntado si ella había sido uno de sus folles. "Muy bonita para serlo." Debían de llevarse bien o cualquier hermano hubiese respondido: "Muy fea para serlo." —Descuida, no es la primera vez que me lo preguntan, pero sí me tomó por sorpresa. —La sangre se acumuló en mis mejillas y, por primera vez en mucho tiempo, deseaba que la tierra me tragara —. Si mi hermano no se llevara a la cama a cada mujer que conoce, esa pregunta se evitaría. —Asentí, estando de acuerdo con ella, aunque ayer él casi me llevaba a mí a la cama. —¿Sabes por qué la cafetería está tan vacía hoy? —Observó a su alrededor y negó. La genética Vaughan era de otro mundo. —Supongo que debe de ser un día ajetreado para los agentes. —Fruncí mi ceño. ¿Acaso ella no era una también? —. Me gustaría defenderme y luchar contra nuestros enemigos, pero me temo que no puedo hacerlo. —¿No tienes la preparación física suficiente? —podía ser el caso, pero entonces no comprendía qué hacía en este lugar. Creí que todos sabían defenderse aquí dentro. —No puedo —emitió y me mostró las magulladuras en sus brazos. ¿Depresión? —. Tengo la enfermedad de Von Willebrand —reveló —. Mi defensa son estas bellezas —señaló sus ojos celestes y reí. —¿Por qué tu enfermedad te provoca las magulladuras? —me atreví a preguntarle. —Es parecida a la hemofilia pero menos seria. La descubrí cuando la sangre de mi primer período no se detenía y creí que moriría desangrada —comentó, casualmente, e intenté reprimir mi risa aunque estoy segura que la situación no debía de haber sido graciosa. No podía creer que la misma mujer que se encontraba frente a mí, tan carismática y agradable, estuviera emparentada con aquel ser despreciable. —¿La hemofilia no la tienen sólo los hombres? —Sí, pero esta enfermedad afecta a cualquiera, y ni siquiera es necesario que algún pariente tuyo la tenga. Soy la única en mi familia —explicó. —Entonces, un simple golpe se convierte en una enorme magulladura y un pequeño corte puede convertirse en algo más serio. —Asintió —. Y, ¿qué haces aquí? Me refiero a que tu madre es enfermera, y tu padre y tu hermano están entrenados para matar. —Mi madre es doctora —me corrigió —, y yo soy los ojos de Gwendolyn. Requiero de ciertos cuidados y es por eso que mi madre pidió si yo podía estar aquí. Ya mi padre y Cailan trabajaban para ella, por lo que creímos que sería buena idea estar los cuatro juntos. Quitando a su hermano, me parecían una familia adorable. —Por cierto, siento lo de tu padre. —Le di una sonrisa de agradecimiento —. Había querido presentarme antes pero mi familia me prohibió acercarme a ti por si llegabas a lastimarme. —Asentí. No podía negar que yo hubiese hecho lo mismo. Su enfermedad no era ninguna broma y no me tomaría el atrevimiento de permitir que se me acercara. —¿Qué haces, Sage? —su hermano se apareció, provocando estragos en mí. Sus besos y caricias sobre mi piel volvían a repetirse en mi cabeza, provocando que un escalofrío me recorriera la columna vertebral. La morena alzó su rostro hacia él y le dio una sonrisa. Me atrevía a decir que podía notar una pizca de dulzura en la mirada de él detrás de aquella usual seriedad. —Sólo quería conocer a la mujer de la que todos hablan —respondió ella y ahora él clavó su mirada sobre mí, desvaneciéndose aquel rastro de sentimiento que tenía hace unos segundos atrás —. Por fin, alguien te ha negado la entrada a sus bragas —le dijo y él sonrió con atrevimiento. Si tan sólo supiera que anoche mis bragas y todo de mí le estaban dando la bienvenida con flores y fuegos artificiales... —Supongo que con ella me tomará más tiempo —le respondió él y cogió una fresa de la bandeja de su hermana, dándole un sabroso mordisco. j***r, Val, contrólate. Sage volteó a verme y me dio una sonrisa vergonzosa. —Él no lo dice en serio —alegó ella y la acribilló con la mirada. —Claro que sí lo hago. —Ella torció sus ojos y Cailan se acercó a mí, cogiendo mi brazo y forzándome a ponerme de pie —. Ven conmigo —me dijo y me salí de su agarre con brusquedad. ¿Qué parte de "ya no soy tu mascota" no comprendía? De hecho, estaba segura que a su mascota la trataría mil veces mejor que a mí. Le hice frente y me lanzó una mirada de advertencia. Lo peor que podía hacerme estaba muy claro, pero me negaba a permitir que me pasara por encima. —¿Están seguros que aún no han follado? —preguntó Sage y Cailan apartó su mirada. Val: 1; Cailan: 0. —En fin, supongo que no es de mi incumbencia —se puso de pie y recogió su bandeja —. Ha sido un gusto conocerte, Val. —Le di una sonrisa un tanto incómoda y palmeó el pecho de su hermano —. Y tú compórtate, ¿quieres? —lo regañó antes de marcharse. Sage y Florence parecían dos gotas de agua. Aún me quedaba conocer a Frederick para saber de quién había sacado Cailan un carácter tan odioso. —¿Por qué eres tan testaruda? —me preguntó y largué una risa sarcástica. ¿Encima se atrevía a preguntarlo? —Ya te he dicho que no me gusta que me obliguen a hacer cosas, ni que me lleven de aquí para allá como si fuera tu perro —espeté y frotó su nuca algo exasperado —. Si quieres que vaya a algún lugar o haga algo, me lo pides y ya. —Él se acercó a mí con el d***o presente en sus ojos. —Ayer te pedí que fueras silenciosa y te negaste. —Sonreí. De seguro, hoy se había despertado aún con la erección latente en su pantalón. Adoro los finales felices. —Ya, pero para la vez que te dignaste a pedirme algo, no quise. —llenó sus pulmones de aire y su mandíbula se tensó —. ¿Para qué me buscabas? No deseaba pasar ni un segundo más frente a su flamante atractivo. —Ya no importa —respondió irritado. Su plan conmigo se le había arruinado. —Veamos... —suspiré — ¿Me llevarías a la habitación de los espejos, a un nuevo lugar secreto, mi habitación o... tal vez, la tuya? —Me fulminó con la mirada. —Me encantará follarte frente a tu ex-novio. —Mi sonrisa desapareció y él comenzó a caminar para marcharse de allí. Cogí su brazo con fuerza y lo obligué a voltear para que me viera. ¿Qué m****a tenía que ver Jayce en todo esto? ¿Lo habrían secuestrado y estaría aquí? —¿Qué has dicho? —mi voz casi no se oyó a causa de la sorpresa. ¿Qué planes tenía en su asquerosa cabeza? Ahora una sonrisa provocativa se formó en su rostro y volvió a acercarse a mí. —Tranquila, tú también lo disfrutarás —quitó su brazo de mi agarre con cuidado y comenzó a andar —. ¡Te veo en tu habitación para la inyección luego de la cena! —gritó, ya que ahora se encontraba más lejos, provocando que quienes se encontraban en la cafetería voltearan a verme. Val: 1; Cailan: 10. No me quedaba más por hacer aquí, por lo que me encaminé hacia mi habitación. ¿Y si mi pregunta no estaba errada? ¿Y si Jayce realmente estaba secuestrado? No, Mitch me lo hubiese contado. De ser así, podría mostrarle las pruebas que tenía contra Irene para que él se nos sumara también. Suspiré, descomprimiendo mis pulmones. Deseaba que todos se encontraran bien tras mi partida. Deseaba que todo siguiera normal y que me esperaran. Algún día, regresaría para rescatarlos y traerlos conmigo. Jayce, Yuna, Anya, e incluso Broc; debía indagar sobre lo del micrófono en mi móvil. Debió de haber estado bajo amenaza para hacer algo como eso, ya que me negaba a creer que todos nuestros años de amistad hubiesen sido sólo una mentira para él. —Val —por estar hundida en mis pensamientos, choqué contra Mitch. Alcé mi rostro y llevaba tanto una sonrisa en su rostro como una gran caja en sus manos —, esto es tuyo —me la entregó y lo observé extrañada. ¿Una caja? Con suerte tenía un cepillo de dientes propio. —¿Qué es esto? —pregunté y posó unas llaves sobre la caja. —¿Recuerdas que tu padre me dejó todas sus pertenencias? —Asentí —. Pues, he enviado a alguien para que recoja algunas cosas —la intriga y la emoción comenzaron a invadirme —. Sé que muchas de tus pertenencias quedaron en tu habitación en KEK, pero espero que esto sea de ayuda para que te sientas más a gusto aquí. Quería lanzarme a sus brazos y abrazarlo, pero no podía porque estaban ocupados sosteniendo aquella caja. Le di una gran sonrisa y no encontraba las palabras para agradecerle. —Tú... No deberías de haberlo hecho, pero lo agradezco muchísimo. —Él imitó mi gesto. —La llave es una copia de la cerradura de tu casa —sus palabras impactaron con fuerza, dejándome sin aire —. No es buena idea que vayas ahora, y tampoco lo es para mí. —Volví a asentir. —Ya que se supone que estás muerto —comencé a decir —, ¿has falsificado tu identidad? —comenzamos a encaminarnos hacia mi habitación. —No tuve otra opción —respondió —. Fuera de aquí, mi nombre es Bastian Seamus. ¿Crees que me sienta bien? —Mitch Bay te sienta mejor. —Sonrió. —Te dejo con tus asuntos, ya debo seguir trabajando —se marchó sin más y me adentré. Desde ayer, los dos hombres robustos a los lados de mi puerta ya no se encontraban presentes. Posé la caja sobre mi cama y la abrí como una niña pequeña, ansiosa por encontrar muchos juguetes. El jersey de mi padre fue lo primero que divisé. Tenía el logo de la preparatoria a la que había asistido él y lo acerqué a mi nariz. Olía exactamente igual a él. Aquel tenía más años que yo y aún seguía intacto. Lo dejé a un lado sobre mi cama con cuidado y cogí el álbum de fotografía de mi niñez. Una sensación de vacío y angustia me invadió, dejándome en claro que aún no estaba preparada para enfrentarme a eso. Lo siguiente que cogí fue mi diario de la adolescencia. Pasé mi mano por el felpudo lila que lo cubría y reí al recordar las tonterías que había escrito en él. Sí que tendría para divertirme cuando me aburriera de estar encerrada aquí. Luego había ropa mía y algunas otras cosas más sin demasiada importancia. Guardé el jersey de mi padre y la ropa en el armario, y el diario en el cajón de mi mesa de noche. Dejé la caja sobre el suelo y el álbum de fotos era lo único que quedaba por guardar. En las esquinas aún conservaba las pegatinas de ponis que le había aplicado de pequeña. Una sonrisa triste apareció en mi rostro al saber que todos los que se encontraban en las fotografías -o casi todos, ya que desconocía el paradero de algunos- ya habían partido de este mundo. Cogí el álbum entre dedos temblorosos y lo posé sobre mi falda al tomar asiento sobre mi cama. Sabía que no estaba preparada, pero hace muchos años que no veía aquellas fotografías. Al abrirlo, la primera imagen que me encontré fue una de mis padres. Al parecer, yo aún no había nacido. Ambos se veían muy jóvenes y sonrientes. Mi vista no tardó en volverse borrosa ante las lágrimas que amenazaban con salir. ¿Cómo había podido olvidar esta preciosa fotografía? La vida podía ser tan preciosa como corta, y eso era muy doloroso. Reí. Cailan era el único que vivía su día a día y podía decir que comenzaba a admirarlo. ¿Quién hubiese dicho? Si algo llegaba a sucederme mañana en la misión o en cualquier otro momento, ¿me arrepentiría de no haber hecho alguna cosa? Pues, sí. Demasiadas, para ser honesta. Pasé a la siguiente y era un bebé con su rostro repleto de restos de pastel y una gigante sonrisa en su rostro. Esa era yo. Había sido mi cumpleaños de cuando había cumplido un año. Llevaba dos diminutas coletas en mi cabeza y una de mis manos tenía un pedazo de pastel. La siguiente fotografía era la ausente familia de mi padre. Allí también era aún una bebé. Mi padre me tenía en brazos y mi madre se encontraba a su lado. El hermano de mi padre se encontraba a un lado de él y mis abuelos se encon... Clavé mi mirada sobre la persona adicional. Parpadeé varias veces para asegurarme de estar viendo bien y sí lo estaba haciendo. ¿Qué hacía el padre de Cailan en la fotografía?
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