Stefano
Una vez que hemos acabado con casi todos esos malditos la gatita intenta emprender la huida algo que no le funcionará esta vez, debido a que me anticipé a sus movimientos y pedí que mis hombres rodearan todas las salidas, la alcanzo cuando está por llegar a la puerta trasera, por lo que no dudo en enredar mis brazos en su cuerpo, el cual se amolda a la perfección al mío aun con ropa de por medio, por lo que intento contenerme para no arrinconarla contra la pared y hacerla mía aquí mismo.
—No te va a servir de nada gatita, esta vez no vas a escapar, mis hombres han rodeado el lugar. —Le susurro al oído y después le doy una mordida en el cuello provocándole un sonoro gemido—. Por Dios si solo fue una mordida no quiero imaginar cómo vas a gemir cuando te haga mía esta noche. —La cargo fácilmente sobre mi hombro y sin pensarlo dos veces comienzo a acariciar su trasero al ya imaginarme su cuerpo desnudo debajo del mío convulsionando del placer en unos minutos, salgo donde ya me esperan mis hombres, una vez que la meto a la camioneta subo a su lado sin perder tiempo.
—¡Suéltame, imbécil! —Comienza a manotear, al parecer la gatita es bastante arisca justo como me gustan, se levanta del asiento e intenta ahorcar a mi chofer.
—¡Suéltalo! Si sabes lo que te conviene. —Le comento, mientras apunto a su cabeza con mi arma, en cuanto lo suelta y toma asiento, la pego a mí tanto como puedo y comienzo a besarla nuevamente como ayer, aunque intente negarlo me doy cuenta de que responde gustosa a mi beso, por lo que lo profundizo un poco más hasta quedarnos sin aliento.
—¿Cómo te llamas gatita?
—Trina Vólkova. —La miro unos instantes y me molesta que me mienta, lo cual me lleva a pensar que ha sido contratada por alguien para intentar asesinarme, el problema es saber quién es el infeliz detrás de todo esto, debido a que tengo innumerables enemigos y nunca acabaría de contarlos con las manos.
Cuando llegamos a la mansión la llevo hasta mi despacho sin perder tiempo, pero como está tan interesada en observar todo por si puede huir no se da cuenta hasta que ambos nos hemos quedado a solas.
—Vaya gatita sí que eres difícil de atrapar, pero nada que Stefano no pueda lograr cuando se propone algo, antes de que comencemos con la diversión quiero que me expliques algo.
—¿Qué es lo que quieres saber?
—¿Por qué quieres matarme? —Pregunto mientras observo cada uno de sus gestos.
—Yo no quiero matarte, simplemente te he defendido de esos matones que es diferente.
—No me mientas. —Respondo, nunca nadie había tenido el cinismo de mentirme de frente, sin embargo, esta mujer parece no tener miedo de mi ira.
—Puedes creer lo que quieras, yo solo te he ayudado que es diferente, no entiendo porque no me crees. —Se defiende con vehemencia.
—¿Qué te hace creer que puedo confiar en ti, cuando has intentado asesinarme en dos ocasiones? —Me acerco lentamente hasta ella y me doy cuenta de que tiembla un poco, aunque no lo demuestre—. ¿No piensas contestar Ekatherina? —Susurro en su oído, siento como se tensa al darse cuenta de que sé su pequeño secreto y sonrío victorioso.
—¿Cómo sabes mi verdadero nombre?
—Te investigue, así como tú sabes todo de mí, yo sé todo de ti Ekatherina, ahora te vuelvo a preguntar ¿cómo puedo confiar en ti si me mentiste sobre tu nombre y sobre que has intentado asesinarme? —Vuelvo a observarla, mientras bajo mi mano y levanto un poco su vestido hasta llegar a sus bragas, las cuales ya están bastante húmedas, comienzo a masajear su centro con lo cual vuelve a gemir más fuerte que en el bar y agradezco enormemente estar solo nosotros dos, sin nadie que escuché los excitantes gemidos de la gatita, quien en este momento se muerde el labio para no gritar más fuerte—. Tenías razón sobre algo. Este vestido se te ve mejor a ti. —Le comento al recordar que por este vestido tuve un drama con Millie.
—Yo… yo… tú…
—¿Yo, tú? ¿no vas a darme una mejor explicación Ekatherina? —Pregunto con mi voz más ronca al ya imaginarme haciéndola mía sobre ese sofá o bien sobre mi escritorio, aunque también no tengo reparo en hacerlo en todos los rincones de mi despacho y menos con ella.
—Solo cállate y fóllame aquí, Stefano. —Cuando la escucho decir esto que tanto había esperado, tomo uno de sus senos con mi mano y comienzo a apretarlo suavemente, el cual reacciona a mi toque y su pezón se endurece al momento, sin más invitación ella enreda su pierna en mi cintura y comienza a besarme, la llevo hasta el sillón donde sin perder tiempo la desnudo, poso mis labios sobre uno de sus senos volviéndola loca de placer, mientras con mi mano libre continúo masajeando su otro seno, cuando al fin esta lista me hundo por completo en su frágil cuerpo, donde sus estrechas paredes me dan la bienvenida acoplándose a la perfección a mi virilidad.
Durante un buen rato solo se escuchan nuestros gemidos, así como el roce de nuestros cuerpos desnudos y los murmullos de nuestros nombres de la boca del otro.
—Por Dios sí que eres bueno en esto. —Exclama, mientras la embisto una y otra vez.
—No te quedas atrás. —Respondo ante la magnífica vista que me ofrece de ella dándome la espalda, cuando su cuerpo comienza a convulsionar de placer, me apresuro hasta correrme dentro de ella, dándome cuenta del maldito error que cometí al no protegerme, pero que en cuanto tenga oportunidad le haré saber, no quiero que después me salga con una sorpresita, ninguna mujer va a amarrar a Stefano Belucci con un supuesto embarazo.
Una vez que nos recuperamos, se levanta y comienza a asearse, la observo fijamente deleitándome en cada parte de su cuerpo, el cual grita sensualidad y peligro por cada poro de su piel, si bien es cierto que he estado con muchas mujeres, ninguna se compara con está gatita de garras afiladas, de la cual no puedo fiarme por completo, pero que aun así me atrae de tal forma que nunca llegue a imaginar.
—No te preocupes querido, por hoy te has salvado, después del magnífico sexo que tuve contigo no podría deshacerme de ti, créeme que eres el mejor amante que he tenido en muchos años. —Se acerca a mí y me da un beso el cual deseo prolongar, sin embargo, cuando siento el metal en mi muñeca me doy cuenta de que he caído en su trampa y me ha esposado a la ventana para poder escapar fácilmente—. La próxima vez no tendrás tanta suerte. —Comenta con una amplia sonrisa la cual llega hasta sus hermosos ojos verdes, antes de encerrarme en mi propio despacho, en lugar de enfurecerme como lo haría ante la osadía de cualquier otra mujer simplemente comienzo a reír.
—Ya verás Ekatherina esta no será la única vez que te tenga en mi cama, la siguiente me suplicaras que te haga mía. —Susurro a la nada—. ¡Plutarch! ¡Plutarch! —Comienzo a gritarle a mi mano derecha.
—¿En qué te puedo ayudar Stefano? —Responde la voz del otro lado de la puerta después de algunos minutos.
—Abre esa maldita puerta y quiero que des la orden de que no dejen escapar a la gatita, rápido. —Grito furioso ante la idea de dejarla ir tan fácilmente aun no nos hemos divertido lo suficiente, escucho como comienza a gritar instrucciones a todos mis hombres, cuando al fin abre la puerta se me queda viendo con una expresión de incredulidad en su rostro.
—Pero Stefano, ¿Cómo es posible que esa mujer te haya sometido? —Pregunta con un rastro de sonrisa, el cual se borra de inmediato al ver mi expresión.
—No digas nada, rápido dame la llave para abrir estas malditas esposas. —Las había dejado en mi escritorio justamente para usarlas con ella y al final resulta que la muy lista se dio cuenta de mis planes y las uso conmigo.
Cuando me termino de cambiar entran corriendo varios de mis hombres, los observo detenidamente y sin que digan nada aun ya sé que se les escapo.
—Lo siento jefe, pero tomo su moto. —Mis ojos arden en furia al escuchar esto.
—¿Cuál moto?
—La Harley Davidson Fat Boy y huyo, no pudimos detenerla y como la última vez dio órdenes de no disparar contra ella…
—Largo de aquí, son una bola de inútiles, precisamente tenía que llevarse esa moto, quiero que la localicen a como dé lugar, seguramente la dejará en donde sea que se esté hospedando. —Grito furioso al saber que está mujer ha robado algo muy preciado para mí, puedo tolerarle que me haya esposado en mi propia casa, que haya huido sin haber disfrutado tanto como quisiera de su cuerpo, pero nunca que me haya robado esa moto que perteneció a mi padre y que es el único recuerdo que tengo de él.
—¿Por qué estas tan obsesionado con esa mujer Stefano? —Pregunta Plutarch cuando nos quedamos solos.
—No estoy obsesionado con esa mujer…
—¿Qué no lo estás? No dejas que nadie le ponga una mano encima, te aseguro que, si alguna otra de tus amantes te hubiese hecho lo que ella, ya no estaría respirando, pero con esa mujer no piensas con la cabeza, al menos no con la de arriba.
—Avísenme si tienen noticias de ella. —Respondo ignorando su comentario, salgo y subo hasta mi habitación para darme una ducha, me meto a la tina y comienzo a recordar la forma en que su cuerpo se estremecía cada que la besaba, por lo que estoy seguro de que al igual que yo, ella también moría por estar entre mis brazos. Al mismo tiempo recuerdo las palabras de Plutarch y aunque intente negarlo sé que tiene razón, esa maldita mujer me tiene comiendo de su mano, pero eso se acabó, cuando la encuentre le haré pagar muy caro lo que me hizo, nadie se burla de Stefano Belucci sin recibir un castigo y ya se cuál será el de ella.