POSEÍDO

1702 Words
Stefano —¿Ya saben dónde se está quedando Ekatherina? —Pregunto a Plutarch en cuanto este entra a mi despacho, sin dignarme a mirarlo a la cara. —No. —Responde secamente después de unos segundos, sin embargo, cuando levanto la mirada de mi trabajo me doy cuenta de que me está mintiendo. —Sabes perfectamente que odio cuando alguien me miente Plutarch, no tolero la deslealtad, ¿Dónde se está quedando? —Pregunto perdiendo la paciencia con cada segundo que pasa. —¡Con un demonio Stefano! Tu nunca has actuado así por ninguna mujer, hasta que la conociste a ella, la cual será tu desgracia, espero que la maten para que te concentres en lo que es verdaderamente importante… —No eres nadie para decirme con quien, si puedo meterme y con quien no, y por tu propio bien espero que no le pase nada malo, yo decidiré cuando dejaré de verla, ¿Qué averiguaste? —Veo como se contiene de volver a hablar mal de la gatita y me tiende una pequeña carpeta. —Eres buena en esto Ekatherina, pero no tanto como yo, nunca imagine que sería tan lista como para hospedarse en un hotel de ese calibre. ¿Qué sabes de mi moto? ¿Dónde la dejo? —No la guardo en el estacionamiento del hotel hemos revisado, al parecer se traslada en taxi, antes de que lo preguntes sí, mande a alguien a que la vigile lo último que me dijeron es que se dirige al puerto de Vernazza. —¿Qué hace allí…? —Me interrumpo en cuanto Plutarch recibe una llamada y me indica que aguarde un momento, por la forma en que sus ojos se achican sé que no son buenas noticias las que está escuchando, por lo que espero impaciente a que termine su llamada. —Sigue haciendo tu trabajo y que no se dé cuenta de tu presencia. —Sentencia con voz firme. —¿Quién era? —Inquiero en cuanto termina su llamada. —Mich, el chico que dio la primera vez con su paradero, al parecer no somos los únicos que la están siguiendo, hay al menos tres tipos siguiéndola y lo que te diré a continuación no será de tu agrado. —Responde bastante satisfecho de sí mismo. —¿Qué cosa no me agradará? —Se quedo de ver con un hombre fuera del puerto, en este momento debe de estar con él, Mich los vio cuando se… Me levanto de mi asiento furioso ante la idea de que mi gatita se meta a la cama de alguien más que no sea yo, tomó mi arma y salgo como alma que lleva el diablo para localizarla, más le vale que por su bien no se entregue a ese hombre porque soy capaz de matarlo sin tentarme el corazón y a ella encerrarla en mi casa hasta que se saque de la cabeza a cualquier otro hombre. —¿Lo ves? Estás como poseído por esa mujer, en cuanto te enteraste de que se está revolcando con otro hombre corres a buscarla. —¡Cállate Plutarch! Tú te quedas aquí, ya bastante me has jodido como para soportar tu presencia un rato más. Subo a la camioneta y le ordenó a mi chofer que me lleve hasta Vernazza, después le llamo al tal Mich para preguntarle sobre mi gatita. Al menos media hora después de viaje llegamos donde ya está esperando Mich. —¿Qué es lo que viste? —La señorita Ekatherina entró después de seguir a un hombre y justo hace unos instantes entraron otros tres hombres, todos armados… —Se interrumpe bruscamente cuando escuchamos una detonación dentro del lugar, sin pararme a pensar entró tan rápido como puedo seguido de mis hombres, estoy por dispararles a esos infelices por la espalda cuando escucho un fuerte golpe seguido de una voz. —Sabía que eras una presa fácil maldita. —Veo como la gatita cae al piso y uno de esos hombres comienza a patearla, disparó mi arma y le doy en la espalda a uno de ellos mientras que mis hombres se encargan del otro tipo. —Nunca debes meterte con lo que es de Stefano Belucci maldito infeliz. —Comento al tipo tendido a mis pies antes de darle el tiro de gracia. Me agacho y cargo a Ekatherina quien en este momento parece tan inofensiva que me cuesta creer que sea la misma mujer que se atrevió a esposarme a mi ventana ayer por la noche, una vez que la subo a la camioneta llamo a mi médico para que la revisé. […] —¿Cómo está? —Le pregunto a Valentino cuando termina de revisarla una vez que estamos en mi casa y donde ella permanece inconsciente en mi cama. —No es nada grave, la costilla está bien, el golpe que le dieron no fue muy fuerte por lo que no hay temor de que este fracturada, en cuanto a la cara limpiaste bien la herida, la golpearon con bastante saña y por lo mismo se abrió un poco parte de su pómulo, pero con el medicamento que te dejaré y la pomada la inflamación debe de ceder. Bajo a despedirlo y cuando subo nuevamente veo que la gatita ha despertado. Después de una breve charla sé que no me miente cuando me dice que no conocía a los hombres que intentaron asesinarla y como ha llegado el momento de cobrarme lo que me hizo la esposo a mi cama, saboreando el momento de volver a hacerla mía. —¿Estás loco? ¿Qué te sucede? ¡Suéltame, Stefano! —Veo como se retuerce y el deseo de volver a fundirme en su cálido cuerpo me enloquece por completo. —Eso no será posible gatita, tú y yo vamos a disfrutar lo que resta de la noche, además de que tenemos una cuenta pendiente por saldar. —Comienzo a besarla nuevamente bajando lentamente por su cuello hasta llegar a su clavícula y aunque sigue retorciéndose su respiración se ha vuelto algo irregular, cuando llegó a la altura de sus senos los muerdo ligeramente sobre la tela. —Bas… basta Stefano, debo… debo irme —Suprime un gemido cuando sigo recorriendo cada parte de su cuerpo. —Me pides que me detenga, pero tú cuerpo no miente al querer entregarse a mí nuevamente Ekatherina o ¿Cómo te explicas esto? —Respondo cuando de un tirón me deshago de su pantalón, beso sus piernas desnudas subiendo lentamente hasta llegar a sus muslos sin dejar de acariciar uno de sus senos. La miro desde mi posición y veo que se muerde los labios en espera de llegar a ese lugar que he descuidado apropósito, sin decir una sola palabra abre ligeramente sus piernas y ahora si le doy toda mi atención a su dulce intimidad, sólo unos cuantos minutos bastaron para enloquecerla por completo cuando la escucho gritar de satisfacción. —Y decías que deseabas irte Ekatherina, te imaginas todo lo que te hubieses perdido de haber cedido ante tu petición. —Susurro una vez que me aparto para que se recupere de los temblores de los que aún es presa su cuerpo. Tomó unas tijeras de la mesita de noche y rompo su blusa ante la mirada atónita de esta. —¿Qué diantres te sucede Stefano? Has roto mi blusa, ahora no tendré nada que… —La beso para acallar sus reclamos y sin que está se dé cuenta liberó por fin sus manos, las cuales se han lastimado un poco al intentar aferrarse a algo cuando esos espasmos cruzaron su cuerpo hace unos segundos. Terminó de quitar las pocas prendas que aún conserva mientras ella hace lo mismo conmigo, mordiendo todo a su paso como si tratase de marcar lo que le pertenece y a decir verdad es la primera mujer a la que le permito hacer esto, tanto así que es la única que ha pisado mi habitación, ninguna pasa más allá de mi despacho. —Por favor, Stefano. —Suplica cuando durante todo este rato he evitado fundirme dentro de su cuerpo, con la firme intención de verla suplicarme. —¿Por favor qué? —Inquiero con maldad. —Hazme tuya. —Susurra, restregando su pelvis contra la mía. —Te dije que la siguiente vez me suplicarías hacerte mía gatita y lo logré. —Respondo antes de embestirla de un golpe, provocando que entierre sus uñas en mi espalda y lance un chillido, pero en cuanto su pequeño cuerpo se acostumbra a mi invasión sus caderas comienzan a moverse en busca de su propio placer. —¡Ah! ¡Ah, sí por favor! ¡No te detengas! —Es lo único que se escucha en esta habitación mientras nuestros cuerpos son uno solo, sus manos recorren mi espalda desnuda hasta bajarlas a mi trasero y apretarlo a su antojo, por mi parte mis manos intentan recordar cada detalle del suyo, bajo mis labios hasta sus pechos tratándolos con tanta veneración que cuando al fin veo como su cuerpo se estremece y con un último gemido ahogado por sus labios sobre los míos, me liberó por completo quedando al fin agotado. Después de un rato, Ekatherina hace el intento de levantarse de la cama, pero antes de que lo logré enredo mis brazos alrededor de su cuerpo. —Debo irme Stefano. —Suspira mientras se gira y me observa con el entrecejo fruncido. —¿Por qué siempre tienes que arruinar las cosas Ekatherina?, quédate esta noche, podemos seguir pasándola bien o simplemente dormir. —Ella me mira mordiendo su labio, pero sin darle más tiempo a reaccionar comienzo a besarla, después me separo de ella y solo tomo el cobertor para cubrirnos a los dos, no han pasado ni diez minutos cuando la gatita al fin se duerme acurrucada en mi pecho, parece que ha relajado un poco su estado de alerta que mantiene encendido todo el tiempo. —Por Dios Ekatherina me vuelves loco, en todas las formas posibles y eso no me gusta. —Le confieso acariciando delicadamente su rostro y después me relajo hasta dormirme pegado a ella, embriagándome de su cálido aroma. 
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