Capítulo 6
Amigo el ratón del queso.
PADMÉ CRAFT.
¿Cómo era posible que me encontrara a Eliot justo ahora, cuando horas antes lo había visto en la escuela?
Me sentía nerviosa, como si él pudiera reconocerme, y si me reconocía de seguro que todo mi plan se iría a la mierda. Pagué sintiendo que me iba a desencajar alguna parte del cuerpo por temblar tanto y salí del supermercado, necesitaba ir al baño rápidamente para colocarme el tampón, estas emociones de que pudiera ser descubierta hacían que mi periodo bajar con más fluidez, al menos eso me daría un momento para ocultarme.
Qué ironía, esta mañana tenía celos de otras chicas porque él no me miraba como una mujer y ahora que era una mujer no quería que me mirara, en fin, la hipocresía.
Cuando salí del baño y comencé a caminar por el centro comercial hacia alguna tienda donde pudiera encontrar músculos falso de gomaespuma, escuché pasos efusivos y luego al voltear alcé las cejas sintiendo algo que me bajaba del estómago al mismo tiempo que mi corazón casi salió expulsado de mi pecho al ver a Eliot mostrarme esa deslumbrante sonrisa que dejaría embobada a cualquiera.
Maldición, ¿me había esperado?
Evidentemente, había esperado a que saliera del baño.
— ¿Sabes que este pueblo es bien pequeño? —Dijo— nunca te había visto, princesita de azúcar.
Apreté los labios evitando mirarlo otra vez al rostro en un intento de aparentar ser invisible.
Me viste esta mañana, de hecho.
—Uhm —me limité a murmurar, al ver que seguía caminando a mi lado, sintiendo que iba a descubrirme.
De seguro mi indiferencia era lo que le atraía como a cualquier chico que tuviera el ego por las nubes y le encantaban las chicas difíciles.
Mierda, ¡¿Por qué a mí?!
—Oye —se interpuso en mi camino con su cuerpo y tuve que detenerme antes de estrellarme contra él—, me pareces familiar.
Alcé la vista hacia su rostro, él no era tan alto como Chriss, pero era sin dudas más alto que yo, sus ojos grises me observaba con minuciosidad.
Mierda, me había reconocido, sentí mi pecho oprimirse de la impresión y la respiración descontrolarse al momento que percibí que la sangre se fue de mi rostro y palidecí hasta casi desmayarme.
¡Aborten, aborten!
Debía comenzar a correr.
—No, no creo —afiné más mi voz para de algún modo pasar desapercibida, y lo rodee para comenzar a caminar lejos de él o más bien huir, sin embargo, Eliot volvió a seguirme el paso hasta volver a interponerse en mi camino con su cuerpo, tuve que dar un paso hacia atrás al notar que habíamos quedado muy cerca.
—Ya sé por qué me pareces tan familiar —murmuró con una extraña expresión en el rostro que no podía leer, no podía identificar si estaba enojado o a punto de comenzar a exponerme.
No podía respirar.
—¿Por qué? —dije en un hilo de voz tragando pesadamente saliva.
No quería escuchar.
Toqué por inercia mi peluca, no quería que me la quitara y me expusiera ante todos aquí.
—Porque apareciste en mis sueños —dijo Eliot sonriendo débilmente—, te lo confieso he salido con chicas hermosas, pero tú rompes la liga, eres una reina de azúcar.
La sangre volvió a circular por mi sistema.
Falsa alarma amigos.
Solo quería coquetear conmigo, con ese raro apodo ridículo que casi me hacía querer girar los ojos.
¿Princesita de azúcar?, ¿reina de azúcar? Por favor...
Lo admitía, me gustaba que me coqueteara porque él era muy atractivo y me atrajo enseguida, pero no podía relacionarme con él siendo Padmé cuando se suponía que lo iba a ver el resto del año escolar siendo Aspen.
—¿Esa frase te funciona? —Dije girando los ojos empujándolo por el hombro—, quítate que me estorbas.
Creí que siendo odiosa él se iría, porque ¿quién en su sano juicio insistiría en una desconocida chica odiosa que no parecía tener interés? Por tentadora que fuera la idea, tenía que enfocarme, no vine aquí para jugar a ser novios.
Seguí caminando, pero Eliot me siguió el paso.
—Me gustan las rudas —comentó.
Bueno, al parecer Eliot no tenía un sano juicio, había olvidado que los hombres con egos enormes les encantaban complacer todos sus caprichos.
—Eliot, no me interesas, así que déjame en paz —murmuré.
Observé como su sonrisa flaqueó y su gesto sonriente se volvió incrédulo, no comprendí que había ocurrido hasta que él dijo:
—¿Cómo sabes mi nombre?
Me detuve sintiendo que el aire se había escapado de mis pulmones.
Mierda.
Mi. Er. Da.
¡¿Cómo carajos me sabía su nombre si se suponía que era Padmé y no Aspen?! Siempre metía la pata yo y mi gran bocota.
—Yo... —tragué pesadamente saliva, él amplió su sonrisa ocasionando que sus pómulos resaltaran, como si hiciera un comercial de pasta dental de perfecta dentadura, maldita sea aun haciéndome entrar en pánico era condenadamente hermoso.
¡Aborten, aborten!
¡Huye!
—Sé que me reconociste desde el primer momento, siempre me pasa —dijo dando un paso hacia mí—, y si lo que quieres es crear de algún modo un interés en mí siendo indiferente, entonces sí está funcionando.
¿Uh?
—¿Siempre te pasa? —fruncí débilmente el entrecejo, ¿de qué hablaba?
—Claro, mi cara en tantos videos parece grabársele a las personas —soltó una ligera carcajada.
¿Videos?
¿Acaso era actor porno?
Bueno, al parecer Eliot se creía famoso, así que solo tenía que seguirle la corriente. Intenté actuar como si me hubiera descubierto.
—Me atrapaste —mentí—, pero eso de que te alejaras lo decía en serio... yo, uhm, tengo... novio.
Perfecto.
Creí que con eso se alejaría, su semblante cayó un poco, sin embargo volvió a sonreír y dijo:
—Podemos ser amigos —me guiñó un ojo—, ¿me das tu número?
¡Par favar...!
Amigo el ratón del queso, y todos saben que el ratón solo le interesa comerse el queso.
—No tengo teléfono —mentí.
Y como si se tratara de una comedia dirigida por Dios, mi teléfono le dio la gana de comenzar a vibrar en el bolsillo de mi vestido en un zumbido fastidioso. Me tensé y observé como él alzó una ceja capturándome en mi obvia mentira.
¿Por qué me odias, Dios?
—Eso no es mío. —rasqué un costado de mi cuello, pero sentí que estaba siendo estúpida, así que tomando una profunda respiración dije: —Ya, como sea Eliot, no quiero que me llames, así que no voy a darte mi número, esfúmate.
¿Fuckboy Aspen? No, ¡qué va!, la Fuckgirl Padmé, señoras y señores.
Mis palabras tajantes por fin parecieron hacerle entender que yo realmente no tenía interés en él, pero maldición, en realidad sí tenía muchísimo interés en él y quería que me siguiera prestando atención.
—Ah, bueno —pareció incómodo—, ¿Al menos me dirás tu nombre?
Joder, ese hombre era bastante insistente en no darse por vencido, pero realmente me gustaba su insistencia y una parte de mí no quería que se diera por vencido, en fin, la hipotenusa.
Dudé por un momento, sin saber si debía darle mi nombre real, pero de igual manera, dudaba volver a ser Padmé por un largo tiempo otra vez, así que finalmente dije:
—Padmé.
Él sonrió, sus ojos grises pareciendo examinar mi rostro cuando afirmó con su cabeza complacido.
— ¿A tus padres le gustaba Star Wars, cierto? —Murmuró, yo me encogí de hombros como única respuesta—, espero volver a verte algún día, Padmé.
De hecho me verás mañana en la escuela siendo el papacito Aspen.
Me limité a apretar mis labios en una rara sonrisa y él se volteó por fin yéndose y dejándome en paz.
Solté el aire que estaba conteniendo y saqué el teléfono, los únicos que tenían mi número eran los señores Stevens y Dalton, como lo suponía era Dalton. Le devolví la llamada y no me atendió, me imaginaba que estaba ocupado, así que no insistí, él me llamaría después. Comencé a caminar hacia las tiendas donde pretendía encontrar la gomaespuma de mis músculos y un nuevo Jerry.
Esto de ser farsante definitivamente era muy difícil.
Por suerte logré comprar unas cuantas cosas que necesitaría para seguir con mi farsa, todavía no podía creer que existieran miembros de gomaespuma, ahora mi nuevo Jerry era más sofisticado, cómodo y no se haría papilla. Cuando ya me iba de regreso a casa, mis ojos se desviaron a una tienda de maquillaje porque a pesar de que no iba a maquillarme por un tiempo quería ver el maquillaje y posiblemente comprar algo que seguramente no iba a usar en este tiempo.
Lo sé, era una compradora compulsiva, pero ya que estaba siendo Padmé, lo tomaría como un día de libertad.
Entregué mis bolsas a la chica de recepción de la tienda y guardé el ticket en mi bolsillo para comenzar a observar el maquillaje, los quería todos pero mi maldita pobreza me estaba respirando en la nuca.
—Hola chica, ¿Cuánto cuesta el numero 8? —dije intentando llamar la atención de la muchacha del otro lado de la vidriera para que me dijera el precio, sin embargo ella siguió arreglando la mercancía y tuve que repetir: — Chica, disculpa...
De repente sucedió como en cámara lenta, su cabello era muy largo suelto, le caía como toda una cascada de color castaño y no había notado los tatuajes porque tenía un suéter que los cubría, los túneles de sus orejas apenas se asomaban pero aun así conservaba esa aura rebelde, oscura y peligrosa que parecía emitir, lo hacía lucir como un cantante de rock o una clase de demonio oscuro, no pude moverme ni respirar solo me quedé pasmada.
Era Chriss Engeles.