Capítulo 4

2653 Words
Algunos días después, Jimmy me informó que había conseguido una valiosa información sobre Ambrosio Figueroa, de la lucha interna contra los accionistas y la mujer que había presentado la denuncia por acoso s****l contra mi defendido. -No es la primera vez que los accionistas inician una demanda judicial-laboral contra Figueroa, me dijo Jimmy, tomando el café que nos alcanzó Yolanda, hace dos años, solicitaron al ministerio de trabajo una investigación en torno a una supuesta bofetada que le habría dado a un señor de limpieza porque no había hecho bien su trabajo- Moví el tobillo de la pierna que tenía cruzada. -¿Y verdaderamente lo golpeó?-, pregunté, revisando el file. -No, no hubo testigos y finalmente el trabajador se negó a declarar-, relató Jimmy. -Habla con él. Necesito su versión de los hechos. Me parece que aquí hay un complot, como me dice Ambrosio-, ordené. -El trabajador renunció a la empresa y vive en la sierra del país-, me informó desanimado. Sonreí. -Pues búscate una buena chompa y un chullo que te irás, de inmediato a los Andes-, sorbí el café. -¿Tú qué harás?-, me preguntó Jimmy dándole el último sorbo a su taza. -Quiero hablar bien con Ambrosio-, le anuncié. Él me esperaba con una bata que se había amarrado torpemente a la cintura, en su casa en una exclusiva zona residencial de Camacho. -Descansaba un poco, señorita, sin embargo pase usted-, me dijo. Su salita era pequeña pero acogedora. Habían cuadros enormes y una mesita de centro con botellas de whisky y vasos de cabeza. Más allá estaba el comedor, una mesa pequeña pero de patas gruesas y cuatro sillas cuidadas con forros. Vi esquineros y una vitrina antigua con muchos vasos. Un pasadizo, imaginé, llevaba a la cocina y al baño y unas escaleras cortas a los dormitorios. Ladraban su decena de perros en el jardín y su seguridad no dejaba de mirar por las ventanas. Escuchaba, incluso hablar en forma constante por sus walkies talkies. Todo estaba rodeado de alambradas eléctricas y habían parlantes en todas los rincones de la casa. -¿Tiene hijos?-, pregunté sentándome en el sillón. -No, no tengo. ¿Y usted? ¿Es casada?-, devolvió mi indiscreción. -No, aún no hay algún hombre que me aguante-, repetí y eché a reír, mordiendo mis labios. -Es raro, porque usted es muy hermosa-, me piropeó. Jugué con mis ojos. -Eso dicen todos los hombres-, me mostré pícara. Figueroa me miraba las piernas. -Si yo fuera más joven no dudaría en invitarla a salir-, se insinuó. Creo que mis mejillas se colorearon porque él empezó a mirarme con embeleso. Abrí mi maletín. -Presenté un recurso ante el juez que nos ha permitido detener la acusación de chantaje y acoso s****l. Todo está, de momento, en suspensión por dos meses mientras el magistrado resuelve la apelación. La demanda ha hecho, también, una apelación a nuestro recurso y eso nos dará más tiempo y ventaja. Usted seguirá trabajando en forma normal-, le anuncié. Figueroa seguía mirando mis piernas. Pasé la lengua por mis dientes. Era obvio que a mi cliente le gustaba el fruto prohibido. -Tengo algunas preguntas sobre su vida sentimental, Ambrosio, le pedí, ¿se casó? ¿tuvo novia? ¿cuántas enamoradas? ¿ha estado involucrado en otros casos de acoso? ¿tuvo problemas con mujeres en la empresa, quizás en el barrio, la universidad, el mercado?- Figueroa encendió un cigarrillo. No me pidió permiso. Echó largas bocanadas de humo y le importó un bledo que yo raspara la garganta, sofocada. -A ver, a ver, son muchas preguntas. No me casé, pero tengo una hija que es mi mayor tesoro, tuve algo así como cuatro novias pero en ningún caso hubo química, jamás acosé a ninguna mujer, siempre he sido de esperar a que las féminas vengan a mí, en la empresa jamás tuve problemas con mujer alguna, tampoco en el mercado y no estudié en la universidad. En el colegio me enamoré de mi profesora de inglés, pero fue enteramente platónico. Estoy seguro que Judith, así se llamaba, nunca imaginó, ni remotamente, que estaba muy enamorado, terriblemente enamorado de ella-, respondió. Me hizo recordar que en la universidad me enamoré de mi profesor de Bases del derecho penal, un hombre alto, buenmozo, de mirada divertida y dueño de una personalidad arrebatadora. Me moría de deseos de besarlo, saborear su boca grande. Y recordé el mentón que tenía. Qué varonil era, qué masculino, me arrebataba por completo. -Señorita...-, me hizo volver a la realidad, Ambrosio. -¿Desde cuándo tiene problemas con los otros accionistas?-, pasé al ataque. -Desde que compré las acciones a unos sujetos y me convertí en mayoritario, hace tres años, más o menos. Nadie lo esperaba. Fue una jugada maestra. Mi secretaria se enteró que ambos fulanos estaban enfermos y que querían irse del país. Yo tenía que hacer las cosas en secreto, sin despertar sospechas, porque podía ganarme el vivo el principal accionista, mi socio mayor, y entonces consolidaría su poder y por tanto, jamás podría sacarlo del trono ¿me entiende? Así conversé por separado con cada uno, les compré las acciones, y de repente, en un santiamén, ya era el dueño de todo-, exhaló triunfante. -¿De todo?- -El Grupo Zodiaco, señorita, acumula una decena de diferentes negocios, inmobiliarias, textilería, importaciones, navieras, grifos, súper mercados, incluso un equipo de fútbol-, me dijo. Pensé en Johan. Volví a imaginarlo con su pecho lleno de vellos, besable y acariciable. -Señorita...-, otra vez me despertaron de mi letargo. -¿Los accionistas son sus socios?-, intenté mostrarme acuciosa. -Sí, esto lo empezamos hace como veinte años, más o menos, con un pequeño grifo en La Victoria. Nos juntamos cinco amigos de trago y decidimos invertir una plata en eso. Hicimos una sociedad. El negocio nos fue bien, invertimos luego en una flota de bolicheras, de allí, nos metimos a los terrenos y de repente ya habíamos amasado tal fortuna. Al formalizarnos, Marlon Agüero compró la mayoría de acciones, luego estaban Esteban, Juan Carlos, yo y Manfredi. Esteban, el segundo accionista, enfermó al igual que Manfredi y al comprarle sus acciones, me convertí en el número uno. Esa es toda la historia-, me relató. Era un caso de ambiciones, obvio, de intereses, celos y afanes de dominio del Grupo Zodiaco. El tal Marlon, sin duda, estaba confabulando para tumbarse a Ambrosio y sería fácil demostrarlo. Debía obtener las declaraciones de la chica supuestamente acosada y del empleado que lo acusó de golpearlo. Sin embargo, la forma que Figueroa me desnudaba provocaba mis dudas. Me puse pie, jalé mi falda y vi la desilusión en los ojos de Ambrosio porque lo dejaba. -Recuerde de no pisar el palito. Haga su trabajo, no discuta con nadie, manténganse alejado de discusiones, incluso en sus reuniones de directorio. Buscarán cualquier pretexto en su contra-, le aclaré. Figueroa quiso besar mi mejilla pero no le dejé. Le estiré la mano y me fui. En el espejo de la sala lo vi mirando mis caderas. Me azoré. No esperé que me abriera la puerta y salí. La mirada hambrienta de Figueroa me abrió el apetito. Y qué mejor que Luiggi para aplacar la calentura que empezaba a calcinar mis entrañas. Pero Luiggi no aplacó mis fuegos, por el contrario los encendió más y me volvió una antorcha con sus besos y caricias, con su vehemencia y su furia, disfrutando de mi piel lozana, tersa, suave y sensual. Empecé a gemir desesperada mientras él besaba con insistencia mi cuello y sus manos iban y venían por mis curvas, tan profusas y sexys. Eso lo enardecían y lo volvían aún más vehemente a él, con el máximo deseo de hacerme suya. Sus dedos recorrían afanosos por mis piernas y saboreaba, encantado de mis pechos, duritos, convertidos en montañas empinadas al que escalaba encantado, lleno de gozo, y muy febril, sin detenerse. Yo también disfrutaba de sus brazos, su enorme pecho, sus piernas poderosas y la espalda maciza como una meseta. Lo sentía como un bloque de cemento que prendía aún más mis fuegos, que me hacía arder en llamas, me volvía felina y me hacía clavar mis uñas, desesperada, en la piel de Luiggi cuando inició, una y otra vez, a llegar a mis profundidades, igual a un río caudaloso de ímpetu y fuego. Luiggi, en realidad, lo conquistó todo. Llegó a mis recónditos y sabrosos rincones, a mis profundos límites íntimos, saboreándolos y disfrutándolos con encono y maravilla, porque, modestia aparte, tengo demasiados encantos, en mis curvas, en mis valles, en mis desiertos, en mis cerros altos y elevados y en la majestuosidad de mi cuerpo, pletórico de belleza y sensualidad. -Hazme tuya-, le rogaba cuando llegó a mi clímax de la pasión y la efervescencia. En realidad, me encantaba gemir, porque me hacía sentir más sensual que nunca, mucho más sexy y sobretodo encendía aún más y más mi feminidad que me llevaba al eclipse, a viajar hacia el espacio, a sentirme entre nubes y estrellas, a convertirme en un lucero candente, destellando fuego e inmensas llamas. Luiggi quedó agotado , satisfecho de haber llegado hasta mis más profundos abismos, hasta mis entrañas, y se divirtió viendo mis ojos eclipsados, obnubilados, perdidos en la pasión y el frenesí del sexo puro y genuino y el fuego que brotaba en nuestros cuerpos desnudos, estrellados en el ímpetu, bajo las frazadas. Me sentí demasiado sensual, en los brazos de Luiggi. Me provocó pasión, satisfacción y vehemencia a la vez y no podía controlar mis gemidos y suspiros. Parpadeaba y exhalaba fuego en mis narices y de la boca, porque era, en realidad, puras llamas. Luiggi se quedó dormido, recostado en la cama, con los brazos abiertos, agotado pero agradecido, cansado pero feliz, dichoso de haber disfrutado tanto en esa divina y mágica noche. -Qué bravo-, dije. Suspirando. Fue que timbró su móvil. Era un mensaje de texto. Me incliné y leí indiferente el mensaje. -Quispe, eliminado, también Cáceres. Falta Pinedo. Envío a Miami asegurado- Dejé el móvil en el velador y pensaba en lo maravilloso que la había pasado en sus brazos, cuando tintineó en mi cabeza, "eliminado..." ***** El poblado en la sierra donde se suponía el agua estaba contaminada, se encontraba en una zona muy alta, escondida entre muchos escarpados y se llegaba a pie. No había otra forma. Dejé la camioneta en un poblado contiguo. Allí me esperaba Petrozzi sentado en una banca, tomando cerveza. Se puso de pie, limpió sus manos con el pantalón y me saludó sonriente. -Un gusto conocerla, señorita Mercado-, me dijo. Era alto, bien parecido, rubio, de pelos rulos y la mirada celeste. Me presentó a sus empleados y me aclaró que para llegar a Villa Flores había que subir los cerros. Miré entumecida el escarpado empinado delante mío como un gigante y pasé mi saliva, raspando mi garganta. -¿Hasta arriba?-, parpadeé entumecida. -No, tanto. Más arriba está la minera que demandamos, extraen mercurio y plomo-, me contó. -El plomo ha contaminado el agua, también el aire-, me reveló un señor de edad, con bigotes y patillas. Me alcanzó un sombrero de jipijapa. -Arriba hay mucho sol-, me dijo otro señor, bajito, delgado, sonriente y mirada vivaracha. Por suerte estaba con jean y zapatillas. El señor de bigotes se encargó de mi maletín y Petrozzi me ayudó a subir por los escarpados, entre las rocas grandes y puntiagudas. -¿Cómo hace la gente para subir y bajar todos los días?-, me interesé. Apenas había subido un par de metros y ya sudaba copiosamente y tenía los muslos endurecidos como pared. -Están acostumbrados. Aquí está el colegio, incluso. Desde pequeños, los pobladores han aprendido a dominar el encrespado-, me dijo Petrozzi. En efecto, en nuestro trayecto por un afirmado, serpenteando el cerro, iban y venían los pobladores, cargando canastas, sacos, bolsas, arrastrando carretillas o bicicletas o apurando a sus burros, hacia el poblado que ahora se veía diminuto, como un dibujito, con sus casuchas de adobe alineados en apenas unas cuantas hileras. Llegamos a Villa Flores en diez minutos. A mí me pareció una eternidad. Mi corazón rebotaba en las paredes de mi pecho y tenía la cara duchada por el sudor. Exhalaba fuego por mis narices y tenía la garganta seca. Una señora me alcanzó una gaseosa helada y otra mujer empezó a abanicarme con unas hojas enormes. Me invitaron a pasar a la oficina de Petrozzi. Tenía cuatro ventiladores encendidos. Su secretaria me acomodó una silla bastante cómoda y me entregaron el maletín. -La minera está más arriba, a una hora de subida. Allí extraen mercurio y plomo-, me reiteró Petrozzi, arremolinándose en su asiento. Abrió una lata de cerveza. -¿A qué se dedica usted?-, abrí mi libreta de apuntes. -Conejos, peletería, pelos textiles, también cuyes y truchas, aunque eso recién está creciendo-, me enumeró entusiasmado. De su cajón sacó un álbum, con conejos de todas las especies. Sorbió de su cerveza . -Los tengo silvestres, de r**a, de colección, de crianza-, me dijo. -¿Dónde están sus conejos?-, me interesé. Petrozzi dejó su cerveza, se puso de pie, se puso un sombrero, también, de jipijapa, tomó su móvil y le dijo a su secretaria que iba al criadero. Tomó mi mano y junto a sus empleados fuimos hasta detrás de la oficina, allí había un corral enorme, rodeado de tapias, y más allá piscinas gigantes. Un hombre grandote nos abrió la puerta y allí estaban cientos de jaulas con los conejos. También criaderos de cuyes revoloteando y comiendo lechuga. -Villa Flores es pequeño, no me va a creer pero el 99 por ciento de la comunidad trabaja conmigo-, sonrió acariciando a un flandes, un conejo enorme, marrón y muy vivaracho. -Este es José, es el jefe de todos los conejos-, echó a reír besando al orejón. -¿Cuántas personas viven en Villa Flores?-, seguí apuntando. -Trescientos ¿no Guadulfo?-, preguntó al señor de bigotes- -Trescientos once, don Florencio-, subrayó el hombre. -¿Y el restante uno por ciento de la comunidad en qué trabaja?- mordí mi lápiz. -Hay tres profesoras del colegio, dos policías, Eleuterio que vende periódicos y revistas y el doctor Quispe. Todos ellos trabajan en el pueblo. Ahhh la doctora Carmen ya terminó sus estudios, se recibió de veterinaria y ahora está conmigo. Su aporte es importante-, dijo entusiasmado. -¿La doctora Carmen?-, me extrañó su entusiasmo. -Sí, mi hija je je je je-, volvió a reír Petrozzi. Me empiné para ver las piscinas. Allí se culebreaban las truchas. -Tengo veinte. Las compré en Canta. Quiero dedicarme a la piscicultura-, sonrió Florencio. Agua. Truchas. Minería. Plomo. Cobre. Contaminación. Mis apuntes apuntaban al mismo Petrozzi. -Dígame la verdad, me puse seria, su denuncia es porque el agua contamina a las truchas y a sus conejos-, le disparé. Todos me miraron absortos. Petrozzi levantó su sombrero. Arrugó la boca. -Sígame por favor, señorita Mercado-, me pidió. Fuimos a una casa de adobe y palos. Ladraba un perro furioso y rebuznó un mulo atado del cuello a un parante. Un pequeñín me mostró su Spiderman de plástico y cantó un gallo , atronando igual a un bufido. Petrozzi abrió la puerta y saludó a una mujer que cocinaba algo, revolviendo afanosa las ollas. -Ella es doña Luisa, madre de Pedro-, me anunció. Saludé con una venia. Petrozzi me hizo pasar a un dormitorio contiguo. Allí estaba Pedro, un adolescente en cama, tosiendo mucho, pálido y sus ojitos achinados. Florencio cogió un papel que estaba en la cómoda pegadita a la cama. -Esto es lo que escribió el doctor Quispe: presencia de plomo y mercurio provoca un severo cuadro de anemia y tos frecuente. Habría sido provocado por la exposición directa al mercurio gaseoso y vertido al agua-, me dijo. No supe qué responder. Petrozzi me miró. -Nuestros niños están muriendo, señorita Mercado, eso es lo que pasa-, me resondró.
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