Capítulo 14

1153 Words
Fui con Jimmy, en secreto, vestidos de paisanos, a la sierra, en busca del obrero al que, supuestamente, Figueroa había golpeado. Tomamos un bus en Yerbateros y tardamos casi dos horas en llegar al poblado. Llevamos un saco donde había ropa sucia, para esquivar a los fisgones. Yo me había puesto un sombrero grandote de paja, una pollera multicolor, una correa roja, colorida, también, una blusa blanca y me hice trenzas con mis pelos. Me puse zapatos sin lustrar, además. A Jimmy le gustó y me tomó muchos selfies. -Estás hermosa-, me decía embelesado. Yo miraba al cielo y movía mi cara coqueta. Él, en cambio, llevaba un sombrero también de paja, camisa y bermudas. Además calzó chancletas. Fuimos a la plaza de armas, un agradable rinconcito, con palmeras, mucha sombra, pequeño, pero agradable. Nos tumbamos a una banca a recuperar el aliento. El soroche nos afectó, más a mí. Me ahogaba y no podía respirar. Soplaba con angustia. Jimmy se sentó al respaldar de la banca. -¿Nos habrán seguido?-, se preguntó. Me abanicaba con el sombrero. -No creo-, suspiré. Todo lo hicimos en secreto. Salimos en diferentes direcciones de la oficina, y nos juntamos en un mall. Allí, en los baños, nos cambiamos y metimos nuestras ropas, en el saco que además contenía más vestidos y camisas sucias. Luego tomamos un taxi y nos fuimos hasta el terminal de Yerbateros. Nos confundimos con la gente que sacaba boletos a Huancayo, Huánuco y Pucallpa. Compramos los tickets y nos metimos hasta el fondo, con el saco de ropa cubriéndonos. Nadie nos miraba ni siquiera nos prestaron atención. Ahora, en el pueblo, sentíamos angustia, miedo. Desconfiábamos de todo. Ya nos habían querido matar la otra vez. -¿Por qué tanto afán por esa empresa?-, me preguntó Jimmy. Me quemaba de calor. La pollera me asfixiaba. Pedía a gritos una minifalda. -El grupo Zodiaco es el más poderoso del país y quizás el segundo o tercero de Sudamérica-, le recordé. -Pero ¿matar?-, se extrañó Jimmy. Él estaba cómodo con su camisa abierta y las mangas recogidas y sus bermudas. -La ambición y el poder hacen cometer locuras, mi estimado Jimmy-, seguí abanicándome con el sombrero. Luego de un rato que recuperamos el aliento, fuimos donde salían las minivan hacia el anexo donde estaba nuestro hombre. Cargamos el saco, cubriendo nuestras caras, mirando a todos lados. Pagamos y nos metimos, otra vez, al fondo. Habían siete pasajeros, además de nosotros, acomodados en los asientos. Retumban huainos en la radio del minivan. Fuimos por un camino angosto, serpenteando los cerros, esquivando rocas grandes e ichus pelados, disfrutando de la música. Sin embargo, a mitad de la ruta, subieron dos sujetos altos, fornidos. No eran de la zona. Nos miramos con Jimmy. Yo bajé el sombrero y Jimmy la cabeza, haciendo que jugaba con su móvil. Los tipos nos miraron y se acomodaron en el asiento reservado para discapacitados. -Me dan mala espina esos tipos-, le dije a Jimmy. Él no dijo nada. Cerca del anexo, bajaron cuatro pasajeros. Quedaron otros tres, esos tipos, nosotros y el chofer. Uno de los sujetos se puso de pie y lo vi sacar un revólver. -¡Rayos!-, dije fuerte y antes que él reaccionara, le tiré la bolsa y le pateé los testículos. El otro tipo sacó su arma y apuntó a Jimmy, pero logré darle un manazo, arrojándole la pistola. El piloto frenó de repente y nos fuimos de bruces al suelo. Aprovechamos para salir corriendo. -¿Y el saco?-, se le ocurrió preguntar a Jimmy. -¡¡¡Se las regalo!!!-, le dije corriendo de prisa, hacia una covacha donde habían muchos pollos picoteando. Tumbamos una mesa y nos parapetamos. -¡Vas a morir Mercado! ¡No la hagas difícil!-, gritó uno. Me puse pálida. Miré a Jimmy. -¿Tienes arma?-, pregunté aterrada. -La dejé en el estudio-, puso la cara de tonto. -Ay, hombres-, renegué. Entonces nos dispararon. Fueron tres balazos que espantaron a las gallinas, hicieron ladrar a los perros y causó alboroto en el anexo. -Tomen-, dijo alguien atrás. Me volví asustada, era un anciano agachado, con una escopeta en sus manos. -Está cargada-, nos dijo. -¿Conoce a esos tipos?-, pregunté. -Gente mala. Trabaja para Zodiaco. Nos cobran cupos-, contó. Miré a Jimmy. -Je, otra prueba-, reí pero a él no le hizo gracia. -No nos servirá de nada si no salimos vivos-, restregó los dientes. -Yo los distraigo y tú disparas-, le dije. -¿Estás loca? Te van a matar-, protestó él. -Ay, yerba mala no muere-, le aclaré. Así, a rastras, salí por la otra puerta, y en cuclillas me dirigí a una esquina. Allí, tiré mi sombrero. Los tipos lo vieron y lo llenaron de balazos, dejándolo lleno de huecos. Jimmy disparó la escopeta y la fuerza lo lanzó por los aires, cayendo aparatosamente. -¿Qué fue eso?-, parpadeó asustado. El estampido, sin embargo, espantó a los sujetos. Reí. -Volaste por los aires. Parecías astronauta-, lo ayudé a levantarse. Presentamos la denuncia en la comisaría del pueblo, dejamos incluso las descripciones de los tipos y presentamos testigos, incluso del anciano que nos dio la escopeta que volvió a reiterar que eran gente del Grupo Zodiaco. Nos fuimos contentos, pero con el rabillo del ojo vi al comisario que rompía en mil pedazos nuestra denuncia... ***** El ex trabajador se llamaba Pedro Flores. Estaba escondido detrás de las cortinas de su ventana y nos vio llegar a su casa. Luego volvió a esconderse. -¡Pedro!, ¡soy Jimmy!-, se anunció mi asistente, pero nadie abrió la puerta. Ladraban los perros, no había nada de aire y el calor era asfixiante y sofocante. Me quité la chompa y me recogí las mangas de la blusa. Empecé a abanicarme, desesperada, con el sombrero. Pasaron los minutos y nadie abrió. Vi un auto acercándose hacia nosotros. Blanco, de lunas polarizadas, se detuvo a algunos metros. Mi corazón empezó a tamborilear en el pecho. Sentí un horripilante friecito subiendo por mi espalda. Tragué saliva. -Esto se pone feo, Jimmy, mejor nos vamos-, le dije asustada. -Para la próxima traigo mi revólver-, dijo él resoluto. Alcé la mirada al cielo. -Ay, eso debiste pensar antes-, me quejé. Salimos corriendo a toda prisa hacia el paradero informal de los minivan en la Plaza de Armas. Justo salía un vehículo y nos trepamos a la carrera, incluso casi me caigo y el cobrador logró asirme del brazo. Jimmy también subió con las justas. -¿Nos siguen?-, preguntó Jimmy. Me alcé para ver por los vidrios polvorientos. -No, nada-, dije. Me tumbé al asiento, suspiré y luego exhalé todo mi miedo. -Ese sujeto es una trampa. Quieren sacarnos del camino-, dije fastidiada. Jimmy metió un caramelo en su boca. -Te tienen miedo, pues-, echó a reír. Contagiada por sus risas, le di un sombrerazo en la nariz.
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