Capítulo 12

860 Words
Presenté la denuncia contra la minera Azuleja el martes por la mañana, adjuntando los informes técnicos, los resultados de las pesquisas de los laboratorios que contratamos, confirmando la presencia de cobre, zinc y plomo entre otros cuerpos nocivos encontrados en el agua corriente y además la corroboración que el plomo provocaba enfermedades respiratorias, sobre todo en los niños. Fue un legajo de 500 páginas. Solicité una reparación civil de 20 millones de dólares. Estaba contenta y satisfecha, probando un café en mi oficina cuando Yolanda dijo que me llamaban de la minera Azuleja. -¿Aló?-, pregunté poniéndole música a mis palabras. -Mi bella y hermosa Deborah-, me saludó una voz conocida, también musical, con tilde varonil en sus vocales. -Hola Ricardo-, mordí mis labios. Ricardo Marroquín egresó conmigo en la universidad, incluso hicimos sociedad en un estudio que , sin embargo duró poco. No nos fue bien, pero la pasmos de maravillas, pagando derecho de piso en el fascinante mundo de la abogacía. Resolvíamos casos pequeños como juicios de alimentos, divorcios, reconocimiento de paternidad y denuncias de mascotas que se orinaban en el jardín el vecino. Eso nos permitió tener un buen kilometraje para desafíos mayores. Lo malo fue que él se enamoró de mí. Es el problema de ser tan bella. Yo creo que él estaba prendado de mí, de antes, desde la universidad. Siempre me invitaba al cine, al teatro, a fiestas patronales (le encantan sobre todo las yunzas) y hasta viajamos junto a Puno, a la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Esa vez me vestí de danzarina de saya y quedó maravillado lo regia que se me veía con la faldita, meneando las caderas, bailando cadenciosa, con mucho salero y picardía, mostrando el calzón rojo. Ya se imagina. Se emocionó tanto que hicimos el amor, como locos, a unos metros del lago Titicaca. Me besó apasionadamente deleitándose con mi boca, sabrosa, deífica, deliciosa y súper sensual. Saboreó encantado mis labios y se embriagó con mis besos con furia, golpeando, con ansiedad, su lengua en la mía, haciéndome hervir en llamas. Me encantó sentir la virilidad de Ricardo, saboreando mis besos. Me desarmó por completo con sus fuegos haciendo cenizas mis entrañas. Él se aprovechó de eso, de que estaba estremecida y eclipsada, y sus manos fueron por todas mis curvas, comprobando mis bondades, mi sensualidad, llegando incluso a mis fronteras más lejanas, disfrutando de mis miles de encantos. Me hizo suya con fuerza, con ira, con pasión y vehemencia. Ricardo fue un jinete despavorido corriendo en mis campos, conquistando hasta el último de mis rincones, hasta el último pedacito de mi ser, dejando las huellas de su virilidad en mi cuerpo. Yo, encantada, por supuesto, me dejé galopar en mis vastos campos, en mis cumbres empinadas, en mis valles remojados de pasión y saboreó con desmedido afán mis cristalinos jugos, convertidos en manantiales de emoción. Los dos ardimos en llamas, fuimos una tea inmensa de gozo y entrega, mucha emoción. Grité cuando Marroquín llegó a los más inhóspitos abismos, como un tornado arrasando con mis defensas, entrando igual a un río desbocado a mis entrañas. Recuerdo que le pedía más y más porque estaba encantada de la máximo virilidad de Ricardo, reconfortada de ser invadida en sus profundidades y le pedía que lo hiciera cada vez más y más fuerte porque quería quedar obnubilada en los brazos de él, eclipsada, totalmente, por la pasión de Marroquín y volverme cenizas por mis propios fuegos que me quemaban completamente. Él descubrió, además, que yo era una fiera en la cama, una tigresa hambrienta de placer pues no dudé en morder y arañar la piel de él, cuando sentí su virilidad desbordándose en todos mis vacíos. Quedé extenuada, rendida, complacida y hecha cenizas en la cama. Es la verdad. Ardí por completo en los brazos de Ricardo y me sentí volar en las nubes, flotando entre luces, de tanto placer. Pero lo nuestro no funcionó. Él es celoso, en extremo, no quería que nadie, ni siquiera, me hablara o mirara y yo no soy objeto de nadie. Disolvimos la sociedad y cada uno cogió su rumbo. Sabía que le iba bien representando a empresas dedicadas a la minería. Por eso no me sorprendió que ahora representara a Azuleja. -Cómo estás, Ricky-, le dije cortés. -Extrañándote a gritos-, echó a reír. -¿Quieres arreglar?-, fui de frente al grano. -La minera está dispuesta a dar a Villa Flores un millón de dólares-, sonrió a través de la línea. -Veinte millones y dejan de escarbar en los cerros de Villa Flores-, le dije tamborileando mi lapicero en el escritorio. -Tres millones y mudamos el pueblo hacia un valle cercano-, ofreció. -No hablamos de mercancía, Ricky, son gente de carne y hueso, ellos son felices en su pueblo. La minera los está matando de a pocos. Es un crimen. Azuleja tiene que irse de los cerros-, le dije, poniéndome seria. -Como quieras-, se molestó él (como siempre cuando tengo la razón), y me colgó. Recordé el fuego de sus besos y caricias. Mordí mis labios y golpeé mis rodillas. -Para mí también será agradable volver a verte-, dije riéndome.
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