Lucrecia Apenas recuerdo con claridad la reunión de ayer domingo… solo la imagen de esa serpiente de Danica, rondando demasiado cerca de mi marido, como si pudiera reclamar lo que es mío. No. No voy a permitir que nadie me gane el territorio de Lucrecia Miller. Esta tarde, con la calma calculada de una guerra silenciosa, decidí visitar a Alekdrad en su oficina. No iba a esperar a que las intrusas siguieran marcando su terreno. Le pedí al chófer que me llevara y, al llegar, entré sin anunciarme. Pero lo que vi… me mató Alekdrad estaba sin camisa, y su insoportable asistente —esa mujer que siempre me ha mirado con una mezcla de envidia y desafío— estaba sentada sobre su escritorio, las piernas abiertas, demasiado cerca de él. —¿Qué mierda es esto? —grité, con una furia que me quemaba po

