Lucrecia Miller Esperé toda la maldita noche. Con el anillo en una mano y la fotografía arrugada en la otra. El corazón me latía en las sienes, sentía el estómago revuelto y no sabía si tenía ganas de vomitar, gritar o romper algo. ¿Qué clase de juego macabro era este? El reloj marcó las tres de la madrugada cuando escuché la puerta abrirse. Los pasos firmes. Su chaqueta cayendo al perchero y entonces apareció Alekdrad, tan frío, tan él. —¿Qué haces despierta? —preguntó sin inmutarse. Me puse de pie de golpe, con los ojos ardiendo. —¿Quién es esta mujer? —le dije levantando la foto. Él frunció el ceño, su expresión cambió al instante. —Lucrecia… —¡¿Quién es ella?! —grité, con la voz quebrada—. ¿Por qué tienes su anillo escondido? ¿Por qué es igual a mí? Él cruzó la habitación

