Al día siguiente, me levanté temprano. A pesar de lo mal que había dormido, decidí ducharme y peinarme con esmero. Me puse algo de mi ropa: un conjunto bonito de lino blanco con detalles dorados. Nada era sencillo, claro, toda mi ropa era de diseñador, pero al menos no parecía una muñeca de cristal como el día anterior.
Bajé las escaleras con paso ligero. Las cocineras ya estaban en marcha, preparando algo delicioso que olía a pan recién hecho, mantequilla y café. Me sentía fuera de lugar, así que quise hacer algo útil.
—¿Puedo ayudar? —pregunté, con una sonrisa.
Ellas me miraron con sorpresa. Una de ellas, amable, me dijo que no era necesario, pero insistí. Al final me dieron unos huevos y algo de jamón, y empecé a preparar algo que ni siquiera sabía cómo terminaría.
Fue justo en ese momento cuando entró Alekdrad.
Vestía de n***o, con el cabello aún húmedo, y traía esa expresión que ya me estaba empezando a resultar familiar: fría, dura, inexpresiva.
Se quedó mirándome en la cocina, luego frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con tono cortante.
—Intentando cocinar... solo quería sorprenderte —dije, sin dejar de remover los huevos. Sentí que temblaban mis manos.
—No necesito tus sorpresas. Deja eso, ni siquiera sabes lo que haces. ¿No tienes otra cosa que hacer? ¿Acaso crees que vas a ganar algo fingiendo ser una esposa devota? —dijo con desdén.
Me giré, con el corazón latiéndome en la garganta. Respiré hondo.
—¡Cálmate! —le dije, mirándole directamente a los ojos—. Yo no tengo la culpa de que te hayan obligado a casarte conmigo y si todavía amas a esa tal Amina, entonces dilo de una vez, ¡pero no me trates como basura!
Hubo un silencio.Un silencio espeso, como el humo antes de una explosión.Sus ojos, tan celestes y fríos, se encendieron de furia.
—¿Qué mierdas estás diciendo? —rugió—. ¿Qué nombre acabas de decir?
Tragué saliva.
—Amina... Dijeron que era divertida, que tú antes eras diferente... que... era tu novia —dije bajando un poco la voz.
Entonces golpeó la mesa con fuerza. Todo el comedor tembló.
—Amina era mi hermana. —Su voz sonó rota, aunque intentaba mantener la compostura—. Y murió. Murió hace dos años.
Me quedé helada. Sentí que se me salía el alma del cuerpo.
—Lo... lo siento —susurré.
—No la nombres nunca más,nunca. No sabes nada de ella, ni de mí. Así que no vengas a jugar a psicóloga de barrio alto —gruñó—. Y no quiero volver a escucharte decir su nombre.
Salió de la cocina como una tormenta, dejándome paralizada. Los huevos empezaron a quemarse en la sartén.
Una de las cocineras se acercó y apagó el fuego.
Yo solo me quedé allí, con los ojos nublados de lágrimas, temblando por dentro y sin saber si debía correr tras él o huir de esa casa maldita.
Pero por primera vez, entendí algo: ese hombre estaba roto por dentro, por la pérdida, por algo que aún lo perseguía cada día.
Y tal vez... solo tal vez... ese era el verdadero Alekdrad. No el monstruo, sino el alma rota que no sabía cómo seguir respirando.
Alekdrad se marchó dejando tras de sí el eco de sus pasos pesados. Yo no podía respirar del enojo, del miedo, de la confusión. Subí las escaleras a toda prisa, con Nana siguiéndome de cerca.
—No lo hagas, niña, no revises sus cosas —me decía, casi suplicante—. No hay nada bueno en eso…
Pero ya no podía parar.
Entré en su habitación, oscura y pulcra, tan ordenada que parecía que nadie dormía allí. Me acerqué a su escritorio, donde había un pequeño joyero de madera oscura. Lo abrí dentro había relojes, algunos gemelos de oro… y entonces lo vi.
Un anillo, oro blanco, diseño fino, una inscripción dentro, aunque no me dio tiempo a leerla.
Junto al anillo, una fotografía antigua. Era pequeña, doblada por las esquinas. La desdoblé con cuidado y casi se me cayó de las manos.
—¿Qué mierda es esto…? —susurré.
La mujer de la foto… era yo.Mis ojos. Mi nariz. Mi maldita sonrisa,pero su cabello era rubio claro.Vestía ropa anticuada un vestido parecía sacado de hace años.
—¿Quién es ella? —pregunté sin darme cuenta de que Nana estaba detrás de mí—. ¿¡Quién carajo es esta mujer!?
—Niña, cálmate —dijo Nana, y vi el miedo en sus ojos—. No saques conclusiones todavía…
—¡¿Todavía?! ¡Tiene el anillo de bodas de otra mujer en un cajón y es igual a mí! ¡Es su esposa, su amante, su… lo que sea! ¿¡Qué demonios está pasando!?
Me faltaba el aire.
Sentí que el piso se movía, que el mundo se me partía en dos. Todo el enojo de la noche anterior, toda la frialdad de Alekdrad, todo tenía sentido ahora. Yo era una copia. Una imitación.
—Nana… —susurré—, ¿y si… y si estoy aquí solo porque me parezco a ella?
Mis piernas me fallaron y me dejé caer en la alfombra, aún con la foto en la mano. Nana se arrodilló junto a mí, intentando calmarme, pero ya era tarde.
Estaba temblando. Estaba rota y estaba empezando a tener miedo de la verdad.