Humillada.

827 Words
Llegué a la casa y tal como me había dicho Vicenta, estaba a solo unos minutos de la mansión familiar. Pero este lugar… este lugar no tenía nada de cálido. Nana iba conmigo en el coche, dándome ánimos en silencio como solía hacer cuando me hacían rabietas de niña. Su sola presencia era un alivio. Cuando bajamos, un sirviente vestido de n***o nos recibió con una leve inclinación de cabeza. Era tan serio que daba escalofríos. —Señora Santoro, por aquí. —Su voz era hueca, como si recitara algo que no sentía. Me condujo por un pasillo largo y oscuro, con alfombras lujosas pero frías, sin fotos, sin vida. Las cortinas estaban todas cerradas y el aire olía a madera antigua y perfume masculino. —Qué lugar tan… sombrío —susurré, y Nana me apretó el brazo con suavidad. —No te preocupes, niña. Lo arreglaremos. Pondremos flores, abriremos las ventanas, ya verás. Un toque nuestro y esto cambia. El sirviente se detuvo frente a una puerta doble de roble. —Esta será su habitación. El señor Santoro indicó que todo estaba preparado. Asentí con la cabeza. Cuando abrí la puerta, entré lentamente y me encontré con una habitación inmensa, de techos altos y muebles oscuros. La cama era tan grande que parecía tragarse el espacio. Las sábanas eran de satén n***o. No pude evitar fruncir el ceño. —¿Esto es una habitación o una cueva de vampiros? —murmuré. Nana soltó una risa baja. —Bueno, tiene buen gusto para el lujo… pero no para la calidez. Fui hasta la ventana y abrí las cortinas. La luz del atardecer entró de golpe, bañando todo en tonos dorados. Me apoyé contra el marco y suspiré. Sentía una mezcla de rabia, decepción y nervios. —Nana… ¿y si me equivoqué? —Lucrecia, estás casada con un Santoro. No tienes que amarlo, pero sí aprender a moverte entre ellos. Y si él no te da tu lugar, te lo haces tú sola. Me giré para mirarla. Sus ojos pequeños y redondos brillaban con determinación. —Ahora siéntate. Vamos a peinar ese pelo tuyo como se debe. Que cuando ese gruñón cruce esa puerta, sepa que no se ha casado con una niña rica malcriada... sino con una reina. Sonreí por primera vez en horas. —Te amo, Nana. —Y yo a ti, mi niña. Esa noche me arreglé con esmero. Me puse una bata de seda fina, blanca con encaje en los bordes. El pijama corto debajo dejaba ver mis piernas bronceadas. Quería que al menos me viera bonita, que pensara que no todo estaba mal en este matrimonio absurdo. Cené con Nana, las dos solas en el comedor enorme. Ella intentaba animarme con bromas sobre cómo íbamos a redecorar la casa y convertirla en “un palacio digno de una princesa europea”. Pero Alekdrad no aparecía. Las horas pasaban. Subí al piso superior, apoyada en la baranda del pasillo, mirando hacia la entrada. Cuando escuché la puerta, el corazón me dio un salto. Allí estaba con su traje medio arrugado, la barba más crecida, y ese aire de hombre agotado pero peligroso. Se detuvo al verme. —¿Qué haces ahí vestida así? —dijo, frunciendo el ceño. —Estaba esperándote... solo quería cenar contigo —contesté con voz suave. Me miró de arriba abajo y soltó una risa burlona. —Si piensas que esta noche va a haber sexo, estás completamente loca —espetó con desdén—. ¿Y esa ropa? ¿Crees que pareces seductora? Pareces una puta barata. Sentí cómo la sangre se me helaba en las venas. Las palabras me cortaron como cuchillas. Me cubrí instintivamente con la bata y retrocedí un paso. —¿Qué te pasa...? ¿Por qué me hablas así? —pregunté con la voz quebrada. —Porque no vine aquí a jugar al matrimonio. Esto es un acuerdo. Así que baja de tu nube, niña rica —gruñó mientras subía las escaleras. Lloré,no pude evitarlo. Las lágrimas me rodaron por las mejillas. Me giré para no verlo y me sequé con la mano temblorosa. Cuando pasaba a mi lado, se detuvo por un segundo. Pareció dudar, como si se diera cuenta de que había ido demasiado lejos. Su mirada se suavizó apenas, pero no dijo nada. —¿Eso es todo? —murmuré. Él suspiró, miró al techo como si necesitara paciencia, pero luego dio media vuelta y desapareció en el pasillo. Cerró la puerta de su habitación con fuerza. Me quedé sola en medio del pasillo, rota en mil pedazos, con el corazón encogido y la garganta ardiendo. Nana salió a buscarme y me abrazó fuerte. —No llores por él, mi niña. Ese hombre está más herido que tú,pero si te quiere destruir, no se lo permitas. Asentí. Me sentía humillada, pero también empezaba a despertar. No sabía quién era Alekdrad Santoro, pero no iba a dejar que me aplastara.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD