Anoche solo cené con Vicenta. Es encantadora, mucho más de lo que esperaba. Tiene clase, pero también calidez. Me habló con dulzura, me preguntó por mi infancia, me dijo que lamentaba que mis padres no pudieran venir... No le conté que en realidad ellos ni siquiera intentaron venir.
También me presentó a una adolescente preciosa, su hija menor: Alma. Una muñeca tiene los mismos ojos que ella y una sonrisa de ángel. Es tan mona que podría ser modelo. Fue el momento más dulce del día.
Dormí sola. Nana roncaba en la habitación contigua y yo no pegué un ojo.
Al amanecer, me hice un baño de crema, me arreglé el cabello como pude —definitivamente necesito un estilista urgente en esta ciudad— y me maquillé con delicadeza. Nada de estridencias hoy.
La boda sería en la mansión Santoro, en el salón principal. Cuando bajé, había muy pocos invitados. Una boda casi secreta, casi clandestina. Mafiosa. No sé qué esperaba… ¿un carruaje? ¿Flores blancas cayendo del cielo?
Él ya estaba allí.
Alekdrad.
Traje oscuro, impecable. Cabello rubio peinado con perfección. Barba corta, de ese tipo que parece planeada al milímetro y esos malditos ojos celestes que me miraron como si yo fuera una sombra en su camino.
A su lado, un hombre atractivo de cabello oscuro y gesto serio. Debe ser su padre. Parecen tallados por el mismo escultor: la misma presencia autoritaria, la misma mirada que congela.
Había diez personas más. Ninguna conocida. Nadie sonrió. Nadie aplaudió. Nadie dijo "qué linda estás".
El juez llegó. Traje gris, expresión de piedra.
Cuando comenzó la ceremonia civil, todo fue aún más frío de lo que imaginaba. Él no me miró a los ojos. Repitió sus votos como si fueran órdenes. Yo hice lo mismo, tragándome la vergüenza, el orgullo y las lágrimas que no pienso dejar salir.
Al final, se acercó lentamente y, en vez de besarme como hacen los esposos, me besó la frente.
La frente como si fuera una niña enferma como si no valiera ni el esfuerzo.
—Felicidades a los esposos —dijo el juez sin emoción.
Nadie aplaudió. Nadie lanzó arroz. Nadie gritó "¡Vivan los novios!".
Fue oficial: me había convertido en la señora de Alekdrad Santoro Aguilar y sin embargo… me sentía como la señora de nadie.
No fue ni siquiera una boda... Me quejé, dejando caer el tenedor con un suspiro. El almuerzo era exquisito, Vicenta se había esmerado, pero yo apenas podía tragar.
Ella me miró con esa dulzura que empieza a doler cuando una está sola. Se acercó un poco más en la mesa del jardín y apoyó su mano sobre la mía.
—Lo sé, Lucrecia. No fue lo que soñabas... pero así lo quiso Alekdrad —dijo con voz suave—. Disculpa su frialdad, ha pasado por muchas cosas. Es un hombre serio... muy serio.
Asentí sin mirarla. No quería parecer una cría caprichosa, pero dentro de mí el enojo burbujeaba como champán barato.
—Es un gruñón —interrumpió Alma rodeando los ojos.
Alma estaba sentada a mi lado, comiendo como si nada.
—¿Gruñón? —pregunté, sonriendo por primera vez desde que llegué.
—Sí. Alek es un gruñón... pero Amina lo hace reír. Oh lo siento no debí hablar de ella.
El silencio que cayó fue instantáneo. Vicenta se tensó al instante. Su expresión dulce cambió en una fracción de segundo. No agresiva… pero sí incomoda, helada, firme.
—Alma... —susurró con advertencia—. Ya hemos hablado de eso.
—¿Quién es Amina? —pregunté, ladeando la cabeza. El nombre me sonó... peligroso. ¿Una exnovia? ¿Una amante? ¿Una hija?
Vicenta se puso de pie con elegancia. Dio unos pasos hacia las flores, como si necesitara espacio para ordenar algo dentro de sí. Luego, se giró lentamente hacia mí.
—Lucrecia... —dijo con tono suave pero firme—. Te lo pido con todo el cariño: no vuelvas a mencionar a Amina y mucho menos junto a Alekdrad.
El aire se volvió denso. Alma bajó la mirada, y yo me sentí como si hubiera tocado sin querer una herida que todavía sangraba.
—Claro —susurré, fingiendo indiferencia, pero por dentro una espina se me clavó entre las costillas.
¿Quién demonios era Amina?
Y por qué, por qué su nombre sonaba como dinamita en esta familia.
Antes de que cayera el sol, estábamos en el jardín trasero de la mansión Santoro. El aire olía a rosas frescas y pólvora vieja, como si la tierra misma estuviese cargada de secretos.
Alekdrad estaba hablando con otro hombre, uno muy guapo, más joven quizás, con una sonrisa arrogante y un ojo verde y otro café. Me llamó la atención enseguida. Tenía ese aire peligroso que parece hecho para romper corazones... o disparar balas.
Ambos hablaban en voz baja, en ese tono que usan los mafiosos cuando discuten cosas ilegales con pinta de cotidianas. Reían de vez en cuando, pero sus expresiones eran duras. Me ignoraban por completo.
Me crucé de brazos, harta.
—Alek, quiero ir a nuestra casa —dije con firmeza, acercándome.
Nada, ni una mirada.Se limitó a murmurar algo al del ojo bicolor, como si no me hubiese escuchado.
—¿Perdona? —insistí, más fuerte—. Soy tu esposa, ¿o lo has olvidado?
Fue entonces cuando el otro tipo se giró lentamente hacia mí. Me miró de arriba abajo con una ceja alzada, divertido y un poco molesto. Se metió las manos en los bolsillos y se dirigió a Alekdrad con voz seca:
—¿En serio la vas a ignorar así? Es tu esposa, no tu sirvienta, idiota.
Alekdrad giró la cabeza, muy despacio, como si cada músculo le pesara.
—No te metas, Klaus —dijo con frialdad.
¿Klaus?
—No me meto —replicó el tal Klaus, encogiéndose de hombros—. Solo digo que si yo tuviera una mujer así de guapa me la llevaría a casa ya mismo.
Me ruboricé sin querer, pero Alekdrad ni se inmutó. Solo me miró como si fuera una piedra en su camino.
—Sube al coche si quieres. Yo tengo que terminar esto —dijo, con una indiferencia que me aplastó como un ladrillo.
Me quedé helada. Klaus me lanzó una mirada de disculpa... y algo más. Algo que no supe leer en ese momento, pero que me dejó una sensación rara en el pecho.
Me di la vuelta sin decir una palabra. El vestido de boda me pesaba. Los zapatos me apretaban. Y el corazón… el corazón ni te cuento.