Juego de seducción- POV Henry McMana

1148 Words
Desde que tuve la reunión con ese estúpido de Jota no he podido dejar de pensar en la mujer que le acompañaba, de hecho, he perdido la cuenta de las veces que me he masturbado en la ducha pensando en ella. Esto comienza a afectar a mi relación con Rose, esta mañana, mientras desayunaba la he visto beber un té u tomar unas finas láminas de zanahoria y me han dado ganas de meterle el magnífico desayuno que Lola nos ha preparada a la fuerza. Daba pequeños sorbos al té con cara de asco mientras miraba en la tablet donde pasar el día con sus amigas pijas. Me ha dado por recordar cuando nos casamos y nos fuimos a vivir a una pequeña casa adosada de un mal barrio, donde siempre hacía frio o estaba lloviendo. Ella trabajaba planchando para familias ricas y yo me forjaba un nombre dentro del sindicato. Muchos días desayunábamos café recalentado, leche condensada, un huevo duro y pan de tres o cuatro días. Y como lo disfrutábamos. Hubo una época en la que era nuestra única comida, ninguno decía nada, pero fue duro. Y eramos mucho más felices que ahora que tenemos de todo. - Hoy estaré todo el día fuera. No me esperes a cenar.- Rose ni me mira cuando me anuncia sus planes. - Bien. - Siento que no puedo sufrirlo más y lo suelto. - ¿Por que no comes más? ¿No tienes hambre? - Prefiero pasar hambre a volver a tener kilos de más. - Lo dice como si eso fuera el mayor pecado del mundo. - ¿En serio Rose? ¿Como puedes decir eso tras haber vivido lo que hemos vivido? - intento que me preste atención, quizás si me devolviera la mirada podría ser distinto, pues noto que estoy ante un precipicio lleno de niebla en el que no veo más allá de mis narices. - Precisamente por eso, porque he vivido, porque he sufrido y porque quiero mantenerme lejos de tus negocios y estar con la gente de bien de la alta sociedad no voy a perder mi estupenda imagen. - Está orgullosa de lo que dice y a mi me hace sentir una mierda. Una mierda porque he hecho cosas horribles por ella y por nuestros hijos y ella se avergüenza de mi. Se levanta de la mesa sin mirar siquiera hacía mi y la veo marcharse, en la silla, con un estupendo desayuno que no puedo probar porque tengo un nudo en el estomago. Me levanto y me dirijo a la sala de aparatos de gimnasia que tenemos junto a la piscina. Más de dos horas he estado machacando un cuerpo que sólo quería pensar. La decisión se ha tomado. Delegaré todos mis negocios a Henry y a Fábrian, intentaré salvar mi matrimonio siendo uno más de esa sociedad que tanto le gusta a mi esposa. Casi un año llevo aguantando estas ganas de matar a cada uno de los personajes de los que se rodea mi “querida” esposa. He podido comprobar que se ha convertido en una persona vacía y sin empatía. Solo le interesa el dinero, las tiendas de lujo y las fiestas. Su amiga Carmen es la peor. No puedo creer que reniegue de su trabajo como planchadora. Las horas en pie, los dolores de espalda, las quemaduras en los dedos. Parece que se ha olvidado de todo eso. Y por supuesto también a olvidado como amar. Juro por Dios que estoy tratando de salvar este matrimonio, pero se me están escapando las fuerzas. Tanto que ayer fui a una reunión con Jota solo por ver a esa mujer. Escuché a Henry que tenía que dar un toque al suministrador de los licores y el cielo se iluminó con solo pensar en Carolina. El riesgo era grande, volver a los negocios, cuando le prometí a Rose que me alejaría de ellos y además volver a ver a la mujer que ha puesto patas arriba mi vida. Mi hijo Henry me avisó que pasaba a recogerme y, puntual, estaba a la hora que dijo en la puerta de la mansión. El chofer bajó y me abrió la puerta trasera. Monté con mi hijo y salimos en dirección a un barrio de las afueras de la ciudad. - Papa, los italianos están tratando de volver a controlar “las fiestas”. Enzo está comenzando a tocarme los huevos. ¿Que crees que puedo hacer para quitármelos de encima? - Mi hijo es listo, pero es cierto que al dejar el trabajo tan de repente no pude enseñarle todo lo que me hubiera gustado. - Ponle vigilancia. Es un chico que se ha criado en una familia mafiosa, como tú. La única forma en que puedes intentar quitarlo de en medio es conocer hasta la marca de calzoncillos que usa. - Entiendo. Gracias Papa. - Mi hijo vuelve la vista hacía la ventanilla y anuncia que ya llegamos. Estamos ante una nave con la puerta abierta, parece un polígono industrial normal. Miro dentro de la nave y parece que hay bebidas de todo tipo y algo de catering. Estoy totalmente distraído con el contenido de la nave que no me he dado cuenta que hay una mujer moviéndose entre los pasillos de mercancía. La mujer lleva un cuaderno y un bolígrafo y va apuntando. Es ágil a pesar de tener una figura redonda. Mis ojos no pueden evitar fijarse en su trasero y entonces me doy cuenta. Es Carolina. El hijo de puta de Jota la tiene trabajando en la nave de suministros. Un fuego interior comienza a llenar mis entrañas y siento unas irrefrenables ganas de matar a golpes a ese maldito niñato. Pero cuando Carolina se gira, puedo ver su cara, se ha cambiado el color de pelo y tiene un toque rojo que le da un encanto irlandés a la española. Mi corazón se va a salir de mi pecho. Henry me da un golpe en la pierna y me saca de mi nube. Tengo que recomponerme y estar sereno. - Oh, buenos días, señores McMana. - Carolina saluda con una gran sonrisa cuando se vuelve y se da cuenta de nuestra presencia. Saluda a mi hijo Henry con cariño y noto que el monstruo de ojos verdes se revuelve en mi interior contra mi propio hijo. A mi solo me tiende la mano, que tomo con fuerza, y aprieto, quiero que no se acerque a nadie más, que la toque nadie más. Carolina hace una mueca de dolor y me doy cuenta que me he pasado en el apriete. - Buenos días Carolina.- Digo, deslizando cada una de las letras de su nombre por mi lengua en forma de consulta, pero parece que no le ha gustado. Deja el cuaderno y el boli en un estante. - Acompáñenme, por favor, voy a avisar a Jota.
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