Capítulo 3

1602 Words
Killian Llevo un mes observando a mi profe. El tiempo está cambiando y puedo ver mi aliento empañando el aire desde mi posición en la azotea. Consideré instalar cámaras en su apartamento, pero hay algo muy íntimo en verla sin una pantalla entre nosotros. Así que vengo aquí cuando no estoy trabajando o siguiéndola por la ciudad, observándola moverse por su casa. Tiene las cortinas abiertas por completo y me permite verla con claridad. Porque ella sabe que estoy aquí. Después de cuidar de Chris y luego de Evan —aunque no creo que ella lo sepa—, no pude resistirme a contarle por qué murieron. Le envié un mensaje simple: «Eres mía. Nadie te toca». La vi leerlo, vi cómo palidecía, cómo sus ojos se agrandaban de miedo. Estaba sentada en un banco del parque durante su hora de almuerzo, y estaba lo suficientemente cerca como para ver cómo le temblaban las manos. Durante las semanas siguientes, me acerqué aún más, lo suficiente como para percibir su aroma a vainilla y fresas, un aroma tan inocente como ella. Bueno, como parece. Porque nunca denunció mis mensajes a la policía, y sí le envié más. Después de ese primero, fue como si se rompiera un dique. La elogié. Gracias por el espectáculo. Me corrí muy fuerte viéndote tocarte el coño en la encimera de la cocina. Le envié órdenes. Ponte ese vestido rojo hoy. Me encanta cómo te quedan las tetas. Le envié advertencias. Borra las apps de citas. Si no lo haces, me avisarás. Ella obedeció. Así que, esta noche, quiero enviarle algo más. A mí. Mi máscara de calavera me cubre la mitad inferior de la cara y llevo una sudadera con capucha, así que no me da miedo que me reconozca, aunque haya sacado unos binoculares. Mientras hace girar el tenedor en su plato de espaguetis, dejo los míos y abro el hilo de mensajes de un solo lado. Aún no me ha respondido, pero tampoco me ha bloqueado. Aunque no lo permitiría. Tengo celos del tenedor, cariño. Quiero esa boca en mí. Observo cómo se entrega el mensaje... y luego lo leo. Me subo a la repisa frente a la ventana de su cocina, con la luna brillando detrás de mí. Su figura se hace más nítida al acercarse al cristal que nos separa, y sé en qué momento me ve. Se lleva la mano a la boca, y aunque no puedo ver su expresión sin la lupa, solo puedo imaginar sus ojos redondos. Gris. Son de un gris pálido, ceniciento, y algo en lo que pienso a menudo cuando me masturbo en la ducha. Cuanto más me mira, más se me pone la polla dura. La anticipación es eléctrica. ¿Qué hará? ¿Responderá por fin? ¿Cerrará las cortinas y se esconderá? Cada instante que se queda se siente como una victoria. No puede negar mi existencia cuando estoy justo delante de ella, en cierto modo. La calle nos separa, pero se me está acabando la paciencia para que siga así mucho más tiempo. Emily se queda junto a su ventana durante largos minutos, como si me estuviera observando. Me pregunto si ve al depredador que la tiene en la mira. El exfrancotirador Scout. El mercenario. El animal que saliva por hincarle el diente. Inconscientemente, me agarro la entrepierna por debajo de los pantalones cargo y me aprieto la polla. Mis pensamientos y su mirada me hacen echar espuma por la boca. Cuando su mano sigue mi ejemplo, bajando hasta su pecho, sonrío para protegerme de la máscara. Esa es mi buena niña. Como si despertara de un trance, Emily suelta la mano y retrocede un paso apresuradamente. Luego dos. Luego desaparece de la vista. Pero deja las cortinas abiertas. ∞∞∞ Miro mi teléfono, monitoreando la ubicación de Emily. Está en casa de su amiga, Barbara, bebiendo y chismeando. Han pasado semanas desde que me di a conocer, y todavía no le ha contado a su supuesta mejor amiga sobre mí. Cualquier mujer en su sano juicio lo haría. Denuncia. Cambia sus cerraduras. Pero mi Emily no. Ella me guarda para ella sola. Está intrigada. Tentada. Quizás asustada, pero no lo suficiente como para huir. Eso me dice todo lo que necesito saber. Después de todo, no le he hecho daño; evité que la escoria con la que salía le hiciera daño. Y seguiré protegiéndola, incluso de sí misma. Por eso estoy cerca, asegurándome de que no vuelva sola a casa. —¿Vas a seguir mirando ese teléfono? —refunfuña Damien, y su voz se oye con facilidad por encima del bullicio del bar. Miro al paramédico rubio. Nos curó a Ethan y a mí más veces de las que puedo contar en el arenero. Y aunque no forma parte de nuestro trabajo de mercenarios, no hay nada que ocultarle. Me ha visto demasiado como para fingir lo contrario. "Solo para asegurarme de no perderme su partida", murmuro antes de tomar un trago de mi Guinness. El ardor en el pecho no es por el alcohol. "Hay algo que no entiendo", interrumpe Ethan, con la voz seca como el polvo mientras rasga la etiqueta de su cerveza artesanal. Tiene esa sonrisa que me dan ganas de meterle una bala entre los ojos solo por diversión. "Dos cosas, en realidad. Una: cómo un hombre puede ser dominado por una mujer sin siquiera tener la mujer. Y dos: cómo el gran Killian Cross lleva un mes entero sin reclamar esa mujer". Ignorándolo, miro de nuevo el punto brillante en mi pantalla. Emily. Siempre Emily. Me pregunto si estará pensando en mí después de que me presenté ante ella la otra noche, al salir a la luz de la luna en la azotea. Le di unos días para aceptar la verdad: su pesadilla es real. Un asesino enmascarado la acecha a cada paso. Vigila cada respiración. La reclama sin que ella se dé cuenta. Mía. —Lo estás pasando muy mal, hermano —dice Damien, tan firme como siempre. Aprieto la botella con más fuerza. No se equivoca. Pero quemaría todo este lugar antes que admitirlo en voz alta. Ethan no lo deja pasar. "Sinceramente, empiezo a pensar que estás perdiendo el control. Hace unos años, la habrías tenido inclinada sobre la encimera de la cocina al segundo día". Gruño tan fuerte que sus ojos se abren de par en par, alarmados. «Cuidado con cómo hablas de ella. Es diferente». Damien resopla su cerveza. "Diferente, y una mierda. Solo estás obsesionado". Ethan se recupera de mi arrebato, con los labios estirados en una sonrisa descomunal. "¿Obsesionado? Prácticamente está escribiendo su nombre una y otra vez en esa libretita espeluznante que cree que no conozco. Emily. Emily, Emily, Emily". Le lanzo una mirada gélida, reclinándome en la cabina. "Di su nombre otra vez y te paso el cuaderno página por página". Ethan parpadea con inocencia, como si no supiera que sus manos están tan ensangrentadas como las mías. "¿Por qué no...? No sé, ¿la invitas a salir como cualquier persona normal? Dale la oportunidad de decir sí o no". Le hago un gesto a la camarera que nos atiende con demasiada frecuencia. Cuando respondo, mi voz es inexpresiva. "No soy normal. Y ella no se va a ir". Damien niega con la cabeza. "Dios mío, te pareces a todos los carteles de advertencia de acosadores que he visto". Sonrío con mi Guinness en la mano. "Y aquí estamos, vivos porque sé lo que hago, carajo". Ethan se recuesta, con una sonrisa perezosa en el rostro. "Tranquilo, Romeo. Nadie va a llamar a la policía. Todavía. Pero en serio, si has llegado tan lejos, ¿qué te impide tomar lo que quieres?" Inclino la cabeza, estudiándolo, dejando que el silencio se prolongue lo suficiente para que Damien murmure una maldición en voz baja. —Porque merece saber que es mía antes de tocarla —digo finalmente—. Y cuando lo sepa, no querrá irse. Damien me mira fijamente con esa mirada de médico, la que me inmovilizaba cuando estaba medio muerto y me negaba a la morfina. "Solo asegúrate de que no seas tú de quien necesita salvarla". Las palabras me pesan más de lo que creo que pretendía. Me tiembla la mandíbula, pero no muerdo el anzuelo. Conozco mi camino mejor que nadie en esta mesa. Ethan interrumpe el momento con una carcajada, levantando la botella a modo de saludo. "Dios mío, Damien, no te pongas como Florence Nightingale con él. Killian está locamente enamorado. La única duda es si Emily tendrá un final feliz... o uno de esos especiales de Dateline". Dejo caer mi Guinness con tanta fuerza que la mesa vibra. "¿Crees que esto es un juego?" Mi voz es tan cortante que podría despellejarte. El parloteo del bar se apaga un segundo antes de volver a subir. Ethan solo sonríe con más sorna. "Oh, es un juego, hermano. Solo que aún no entiendes las reglas". Mi teléfono vibra en la palma de mi mano. El punto de Emily se mueve, abandonando el lugar de Barbara. Mi pulso se estabiliza y el propósito vuelve a mis huesos, sereno y seguro. Me levanto, tirando unos billetes sobre la mesa. "Juega a tus juegos si quieres. Tengo un asunto serio que atender". Damien me observa con esa preocupación silenciosa que nunca expresará en voz alta, y la sonrisa de Ethan me sigue, aguda como un vidrio roto. Pero nada de eso importa. Emily está en movimiento. Y yo seré las sombras, esperándola. Manteniéndola a salvo de todo menos de mí.
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