6. La casa del profe

1503 Words
Capítulo 6: la casa del profe   No era como si me hubiera imaginado que alguien como el profesor Novan pudiera tener pareja, él parecía una persona frívola y muy ajeno a sus sentimientos, aunque claro no era como si lo conociera, apenas hoy lo había visto sin lentes y sin camisa, me hacía pensar en el de una manera distinta al imbécil del profesor que venía reprobándome todo el semestre anterior… ¿pero esposa? No lo imaginaba casado, y ni siquiera sabía por qué saber eso me molestaba, es decir, yo tenía novio y él me caía mal. Mi novio Logan, en él debía concentrar mi energía, no en planes absurdos para destrozarle la vida a un hombre casado y molestias innecesarias… por tentadora que fuera la idea, debía olvidarme de mi plan. —Maldita sea que no tengo salsa de soya —soltó mi abuela cerrando la puerta del estante con fuerza completamente enojada, siempre que no conseguía lo que buscaba se ponía así. —Pero podemos cocinar sin salsa —sugirió mi papá, sabía que mi abuela comenzaría a pegar le grito al cielo por no haber encontrado la salsa. —No —dijo mi abuela Carmen—, ¿calamares sin salsa? No me vengas a joder con tus idioteces. —Son casi las 7 de la noche —replicó mi padre algo agotado y al borde del fastidio—. ¿No cenamos o qué? Mi abuela llevó las manos a su cintura y tomó una profunda respiración pareciendo querer encontrar una respuesta o ayuda celestial, no estaba segura. —No, a veces me sorprende la idiotez que heredaste de tu padre —le respondió mi abuela—, vamos al automercado, Eva quédate aquí mientras no estamos, con estas amenazas de personas rodeando la zona lo menos que quiero es sorpresas. Hice una mueca, no quería quedarme sola, había noticias de hombres acechando las casas de esta zona para robar, ya se habían metido a dos casas porque los dueños estaban de viaje o trabajando, mi abuela no le gustaba dejar la casa sola a pesar de que la policía hacia rondas en zonas cercanas para mantener a salvo la urbanización. —Vale —me limité a decir, pero no era como si mi permiso importara mucho, ya mi abuela había agarrado sus cosas y apuró a mi padre para que salieran rápido al supermercado. Así me dejaron completamente sola. Miré a mi alrededor, sabía que mi abuela tenía galletas de soda, de esas podía comer, claro que ella las comía con galea, yo no podía hacer la misma gracia, pero quería galletas de soda para distraer el hambre, así que comencé a buscarlas. Me monté en una butaca para ver los estantes de arriba en busca de las galletas, vi el paquete, estaban al fondo, así que me estiré lo mejor que pude rozándolo con mis dedos, sin embargo cuando casi la agarré no sé qué rayos pasó con la silla pero me tambalee, grité intentando estabilizarme pero me llevé un pote de azúcar por el medio lanzándola al suelo y haciendo todo un desastre. Maldita sea. Mi abuela me iba a matar. Lanzar su azúcar al piso era sinónimo de regaño seguro, me bajé rápidamente agarrando la azúcar para echarla al envase otra vez y la coloqué nuevamente en el estante, sin embargo el piso quedó sucio así que fui a buscar un cepillo de barrer, necesitaba eliminar cualquier evidencia. Busqué por todos lados, pero no encontraba el cepillo de barrer, salí al patio, era el único sitio donde no lo había buscado, el viento fresco de la noche me hizo estremecer un poco, me gustaba el jardín de mi abuela lo tenía muy bien cuidado. Para mi suerte ahí estaba el cepillo así que fui a buscarlo, mi mirada fue al otro lado de la valla al jardín del vecino y me paralicé en sorpresa cuando vi al profesor Raymon Novan, él estaba recostado de un árbol con los audífonos puestos, sus ojos paseándose por la hoja del libro que leía, lo admitía, un hombre que leía se veía muy sexy. No me había dado cuenta de que me había quedado como una estúpida observándolo, ¿Cómo es que podía tener una belleza tan atrayente? Esa aura oscura lo hacía jodidamente fascinante. De repente alzó la mirada del libro y la fijó en mí sobresaltándome. Joder, me había atrapado observándolo. —Hey —soltó cerrando el libro para darme su atención por completo, mi corazón se aceleró y únicamente quería huir de ahí o esfumarme. «Maldita sea Eva, va a pensar que lo acosas». —Hey —murmuré evitando mirarlo, sintiendo mis mejillas sonrojarse mientras caminaba a agarrar el cepillo de barrer, únicamente quería volver a entrar a la casa rápido. —¿Vas a volar? —Escuché que murmuró, me volteé sin comprender, el profesor Raymon se había levantado y su mirada estaba fija en el cepillo de barrer, después que entendí su referencia, me estaba llamando bruja. —Que gracioso —me limité a decir con una media sonrisa, realmente necesitaba huir de aquí porque cada vez que lo veía; mi mirada se quedaba estancada en su cuerpo de adonis griego, pero él parecía querer seguir hablando porque dijo: —¿Si limpias o quieres impresionarme con eso de que sabes limpiar? ¿Impresionarlo? Realmente me daba muy igual impresionarlo o no, después de todo no éramos precisamente amigos. —Eso es muy machista de tu parte —murmuré, él se acercó a la valla que nos dividía, su rostro como de costumbre sin expresión aparente, mis ojos involuntariamente recorrieron su torso sin camisa, él tenía esa manera de caminar que intimidaba a cualquiera como si tuviera el mundo a sus pies. —¿El qué es machista? —dijo— ¿Qué sepas limpiar? ¿Entonces una mujer que no sabe limpiar es feminista? ¿yo que sé limpiar y me gusta limpiar entonces que soy? ¿gay? No entendía como era que siempre que hablaba con él, me sentía estúpida y me ponía de mal humor, ahora recordaba por qué quería destruir su vida del instituto, no quería volver a verlo. Por su culpa iba reprobada. —Solo voy a limpiar algo que derramé —dije con algo de desdén—, no es necesario toda una clase del feminismo actual. Una de las comisuras de sus labios se alzó mostrando una sonrisa malévola que me hizo estremecer, definitivamente él podía ser un hombre despreciable pero la oscuridad y el misterio que emitía me atraía de una manera que no lograba comprender. —Eso es lo raro que nos pasa —dijo—, siempre quiero enseñarte. Sentí mis mejillas cosquillar, la advertencia antes de que el sonrojo me invadiera el rostro, ¿por qué de repente sentía que era una especie de propuesta? Un momento. Esta era mi oportunidad, debía poner en marcha mi plan para engatusarlo y seducirlo, de esa forma lo sacaría de mi camino y mi beca. —Yo siempre quiero aprender —murmuré mostrándole una ligera sonrisa mirándolo bajo mis pestañas intentando parecer coqueta—, al menos si quieres enseñarme cosas nuevas. El alzó una ceja, ¿acaso había sido muy ofrecida? Joder, creo que me había pasado de la línea. —Claro, puedo empezar enseñándote física —dijo como si yo hubiera sido la única pervertida malpensada que hablaba de propuestas indecentes—, porque parece que no entiendes mucho y vas reprobada. ¿Cuánto tiempo te quedarás con tu abuela? Como no, siempre buscaba la forma de recalcarme que iba reprobada, que era la única de la clase que iba reprobada. —Solo el fin de semana —dije sintiéndome de repente un poco molesta, solo quería entrar—, como sea, adiós profe. Comencé a caminar hacia la casa pero él dijo: —Si quieres ven, ¿te trajiste tus cuadernos? ¿Ven a dónde? ¡¿a su casa?! Me detuve mirándolo con algo de duda. —Sí —afirmé con la cabeza para enfatizar mi respuesta. —Vale —dijo dando un paso atrás como si midiera mi reacción—, ¿te espero? Oh, mierda. ¿Acaso no estaba casado? ¿Era una propuesta? ¿o era para darme lecciones de física? Afirmé con la cabeza en respuesta. —Sí… —aclaré mi garganta intentado parecer tranquila—Ya regreso, dame cinco minutos. —Okey —se limitó a decir. Entré a la casa consiente de su mirada siguiéndome así que intenté sacar pecho y mover las caderas, sentía que tenía el corazón en la boca, no sabía exactamente las intenciones de Raymon pero sí sabía mis intenciones y eran muy claras; si se llegaba a sobrepasar conmigo, sería su fin en el instituto. Sonreí internamente limpiando la azúcar que había derramado y luego fui a buscar mis cuadernos para que el profesor Raymon me explicara física, esta noche sería muy interesante. Que comience el juego.                          
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