Con sus dedos derechos, Duncan frotaba la cicatriz del borde de su mano izquierda, dejado por los dientes de Charlotte hace algunos meses atrás, una marca que siempre se la recordaría a dondequiera que fuera, junto con su fiero espíritu. Él subía por el ascensor hacia el piso en donde se encontraba presidencia y entre los dedos de la mano que se frotaba, guindaba una pequeña bolsa de regalo negra con dorado. Las puertas se abrieron y bajó galante, con su sonrisa petulante, con el ostentoso obsequio diario en su mano que consistía en un lujoso reloj de edición limitada. —Hola Sara, buenas tardes. —Hola señor Schmitt. —Ella le saludó cortésmente con una sonrisa apenas dibujada. —Supongo que mi Ceo favorita hoy si está en su oficina, tengo muchas ganas de verla. —Sara solo asintió dudos

