La finca en donde se daría la boda tenía amplios campos de golf y algunos lagos, a lo lejos se podía vislumbrar la Sierra Norte de Madrid. Eran las 7 de la tarde, la puesta de sol empezaba a teñir de naranja el perfecto césped de los campos y la decoración blanca con detalles rosados, el cielo que había adoptado ese color se reflejaba en uno de los lagos que se visualizaba desde el altar, junto a todo aquel paisaje en tonalidades rojizas. En total fueron invitadas 35 personas, entre ellos algunos empleados del Consorcio, los padres de Liam y unos pocos conocidos de él, asistió Carl con su esposa, los Bustamante y Avril. Estos estaban dispuestos alrededor del altar, el cual consistía en un templete de metal decorado naturalmente con plantas trepadoras florecientes de falso jazmín blanco.

