Asunto: tres puertas
―Todo esto es muy raro ―dice María arrimándose al lugar donde me encuentro hace un minuto, cuando descubrí que cualquiera de ellos puede ser Maureen. La miro preguntándome si es ella―. ¿Qué crees tú?
―Que sea quien sea Maureen, está demente ―confieso incapaz de guardarme tal opinión.
María ríe, pero no veo diversión en su mirada.
―Quizá está loca, desquiciada, quizá ha perdido la cabeza, ¿pero te digo algo? Las mejores personas lo están ―musita―. ¿No es así la frase?
Parpadeo sintiendo una sensación incómoda en mi estómago.
―No porque mi nombre esté relacionado con la frase significa que estaré de acuerdo con ello ―murmuro.
Ella me mira un instante y luego ríe fuerte, como si mi idea fuese de verdad divertida.
―¡Oh, cierto! Tu nombre es Alice, como Alicia en el país de las maravillas. Esto podría ser un parodia ―acota.
Sinceramente me gusta la gente que es positiva, que le busca el lado bueno a todo e intenta hacer sonreír a los demás, pero María solo está logrando que cada vez me sienta más asustada. ¿Acaso ella no está preocupada por esta situación?
―¡Oh! Mira ―dice de repente, mostrándose más efusiva que las veces anteriores. Su mano señalando hacia las olvidadas puertas que había descubierto me petrifican―. ¿Has probado en abrirlas? Quizá una de ellas sea la salida, quizá debemos elegir la correcta y podremos salir de aquí ―acota.
Su razonamiento me hace paralizar.
―¿Cómo en el problema de Monty Hall? ―siseo conteniendo un suspiro.
María se encoge de hombros.
―¿Por qué no?
La idea de tener que escoger entre tres puertas, con una única salida, me hace estremecer de pies a cabeza. ¿Qué si escogemos la incorrecta? ¿Qué si la probabilidad no está de nuestro lado? ¿Qué si en realidad ninguna es la correcta?
―Si eligiéramos una, Maureen nos daría la oportunidad de cambiar luego de mostrar que otra no es la salida, ¿cierto?
Se lo pregunto a María porque no tengo a nadie más con quién compartir mi intriga.
―Esperemos que sí ―murmura antes de agitar la mano al aire en dirección al boulevard―. ¡Vengan rápido! ¡Encontramos la salida!
Todas las cabezas se giran con arrebato hacia nosotras; lo único que puedo hacer es evitar sus miradas desconcertadas y centrarme en las puertas que tengo enfrente. Son altas, de madera oscura y lo suficientemente anchas para que puedan pasar cinco personas al mismo tiempo. Se extienden a lo largo de la pared, con más de tres metros de distancia entre cada una.
Siento que comienzan a acercarse todos, hablando entre sí, y no puedo evitar sentirme cohibida. Sé que soy bastante tímida a veces, pero no es eso lo que me impide hablar o hacer contacto visual con los demás; realmente me preocupa que una de ellas sea Maureen y en este momento esté mirándome.
―¿Qué es esto? ¿Let’s Make a Deal?
El chico rubio ha vuelto a hablar. Tengo ganas de saber su nombre, solo para dejar de pensar en él como el chico desagradable, pero con la situación que tenemos enfrente prefiero callar mi pregunta.
―Es un acertijo ―afirma María respondiendo con demasiada seguridad―. Tenemos que elegir una de las tres. Supongo que si acertamos, podremos salir del grupo ―añade.
―Maureen dijo que saldremos solo si adivinamos quién es ―interviene alguien detrás de mí; su voz es baja pero decidida―. ¿Por qué nos daría la posibilidad de salir así sin más?
Volteo un poco la cabeza y veo quién es. Su cabello oscuro, casi tan n***o como sus ojos, cae a la altura de sus hombros y un flequillo le cubre la mitad de la frente. Luce un tanto indiferente mientras las palabras salen de su boca.
―Emilia tiene razón ―acota, a su lado, la chica con carácter fuerte. Al parecer alguien está haciendo bien el trabajo de conocer a los demás, pienso; solo puedo preguntarme cuál es su nombre―. ¿Por qué Maureen nos ofrecería una salida fácil?
―Porque es Maureen y no sabemos cómo es Maureen ―responde alguien que no logro identificar, con su voz perdiéndose entre el amontonamiento de cuerpos.
―Como sea. ¿Han intentado abrir alguna? Quizá…
Cuando el rubio da un paso adelante, dispuesto a coger el picaporte de la puerta más cercana, el chico de cabello despeinado se interpone y frunce el ceño.
―¿Qué mierda hacés? ―gruñe ganándose la atención de todos. Sus cejas están fruncidas, aunque mucho menos que las del rubio. Éste luce más que molesto; su cuello está rojo―. No podés intentar abrir y listo, boludo. ¿Y si es una prueba? ¿Y si al abrir pasa algo malo?
El rubio aprieta sus puños y comienzo a temer por el rostro con lunares del chico despeinado.
―Mira, náufrago, quítate de mi camino o lo haré yo. Esto no es una película, así que…
―¡Oigan! ¡Idiotas! ¿Quieren dejar de pelear? Creo que abrir la puerta es decisión de todos, no solo de ustedes dos ―exclama la chica presidenta.
Tanto el morocho como el rubio la miran con sus mandíbulas apretadas. Y a pesar de estar ubicada a dos pasos de ellos, comienzo a sentirme un extra en esta historia. Probablemente yo no sea la más indicada para ser protagonista, pero me gustaría compartir mis pensamientos. ¿Ellos siquiera se han dado cuenta que Maureen es uno de nosotros? Porque parece que no.
―Propongo que intentemos abrir las tres puertas al mismo tiempo. Si es una prueba, la probabilidad de que le pase algo malo a alguno es uno de tres, suponiendo que alguno se ofrezca como voluntario para abrirlas, ¿no creen? Y si hay algo bueno del otro lado, quizá la salida, entonces todo habrá valido la pena.
El que habla es un chico moreno, uno que hasta el momento no había oído hablar. Pero solo ver su rostro me hace pensar que lo conozco, o quizá es su idea lo que me atrae y hace sentir más cercana a él.
―Estoy de acuerdo con él ―dice inmediatamente una chica de cejas gruesas, mostrando todos sus dientes al sonreír.
―Y yo ―atestigua Elena.
Algunos más comienzan a levantar el brazo, pero un sonido agudo los detiene. Es el megáfono otra vez.
Tenéis más imaginación de lo que creí, es divertido. Pero… ¿por qué en vez de pensar en estúpidos acertijos, intentan adivinar quién soy? Pista: ninguna puerta es la salida. Os quiero, participeces.
Miro a los demás, que lucen casi exactamente como yo, y en vez de pensar en algún modo de descubrir quién habló, me encuentro pensando en su última palabra. Participeces. ¿Eso existe siquiera? No recuerdo haber aprendido esa palabra en mis clases de español.
―¿Participeces? ―La pregunta viene de Elena, quien inmediatamente comienza a reír―. Participantes y peces. Buena combinación, ¿no creen? Os imaginé a cada uno con cara de pez ―vuelve a reír.
―Y yo creí que todos éramos maduros acá ―murmura el chico de lunares, apodado Náufrago por el rubio.
―Madurar es para frutas, Náufrago ―se burla una de las chicas que hasta entonces no había dicho nada; ella tiene el cabello teñido rubio desde la mitad para abajo y aunque es más mucho más baja que él, no parece intimidada por la altura.
―Eloy, soy Eloy ―repite.
―Como digas, Elayer ―ríe con diversión ella.
―Otra inmadura más a la lista ―masculla él―. ¿Qué me dirás luego? ¿Elmañana?
―No, mañana te diré Harry Potter ―acota mirándolo con los ojos entrecerrados, en una clara muestra de que detrás de su confesión hay una venganza.
―Mirá, minion, no me asustás. Ni siquiera tu…
―¡Ok! ¡Basta! ¿Seguirán peleando o trataremos de conocernos? No me sé ni la mitad de sus nombres ―exclama la chica presidenta cortando la tensión entre ambos.
En ese momento, oigo unos susurros viniendo desde atrás. Cuando giro me doy cuenta que ellas están discutiendo por lo bajo. Nadie más parece darse cuenta, así que mientras los demás siguen hablando, retrocedo un paso e intento escuchar a las hermanas que se miran ceñudas una a la otra.
―¿A dónde fuiste?
―Al baño. ¿Por qué?
―Porque… ¿al baño? Pero si fuiste hace rato.
―¿Y qué? ¿Ahora tú controlas mi vejiga?
―No, pero…
Una de ellas desvía la mirada y me encuentra con la vista puesta en ambas.
―Cállate ―puedo ver que le gesticula a la otra.
Entonces ambas me miran sonrientes, como si nada hubiera pasado, y se acercan a la ronda donde todos hablan cada vez con un tono más elevado. Vuelvo la atención a ellos.
―Yo opino que pidamos ropa ―escucho decir. Me doy cuenta, entonces, que hay muchos a los que todavía no he escuchado hablar―. No hay nada aquí, ¿se han dado cuenta? Los roperos están vacíos.
―¿Ropa? Yo creo que es más importante la comida ―sisea otra.
―Yo opino que pidamos un balón y juguemos al fútbol. ¿Quién quiere ser de mi equipo?
Como si de un movimiento sincronizado se tratase, miramos a Jayden. O Jacob. O como quiera que sea su nombre.
―¿En serio, James? ―pregunta con enojo la chica presidenta. James, me corrijo interiormente―. ¿Estamos malditamente atrapados aquí, sin saber cuándo ni cómo vamos a salir, y tú solo piensas en jugar al fútbol?
―En realidad no pensaba solo en eso, ¿sabes? ―Él la mira detenidamente, quizá más de lo necesario, y le sonríe de lado―. También estaba pensando en que tenemos cancha pero no un balón. ¿Alguien me ayuda a buscar uno?
Ella gruñe a la vez que aprieta los puños a sus costados.
―¡Oh! Y también estaba pensando en cómo llamar tu atención, pero no creo que me haga falta seguir pensando. Ya lo hice ―ríe.
Y sin dejar que ella responda, comienza a alejarse seguido por un chico con cabeza rapada que hasta entonces no ha dicho más que unas cuantas palabras al principio.
―Idiota ―farfulla ella.
Sonrío. Quizá no tenga que seguir tan tensa por todo lo que está pasando, pienso, quizá debo comenzar a disfrutar estos pequeños momentos y esperar a que Maureen se decida a dar más pistas.
Muchos se quedan en el mismo lugar, mirándose entre sí.
―Propongo que presentemos… nos ―sugiere entonces una voz que había permanecido fuera de la discusión durante largo rato―. Soy Mackenzie. Pueden decirme Kenzie. Soy de…
―Estados Unidos ―completa el chico rubio―. Tu acento es muy obvio, ¿acaso nunca tomaste clases de español? ―Alza una ceja con gesto altanero―. Soy Sebastian, de Canadá.
Quedo un tanto sorprendida por su revelación. ¿Canadá? ¿Y habla tan bien el español? Podría haber pensado que era de cualquier país de América, pero nunca del norte.
Oigo un resoplido.
―Ya creía que eras demasiado imbécil como para ser de Estados Unidos, Sebastian ―sisea―. Mira, puedes que te haga feliz rebajar a Kenzie, pero no permitiré que lo hagas cuando yo esté presente. Así que cierra el pico y deja de ser tan snob, realmente luces patético ―le aclara―. Por cierto, soy Sharon.
Su acotación, como si presentarse fuera lo de menos, me hace sonreír. Ella, la chica de carácter fuerte, tiene un nombre que le hace honor.
Sebastian se cruza de brazos y comienza a abrir la boca.
―No te hice ninguna pregunta, así que no te molestes en elaborar una respuesta ―lo calla―. ¿Quién sigue? Tú ―dice señalando al azar, con su dedo apuntando a mi lado.
―Venecia. De Costa Rica ―dice con énfasis ella. Recuerdo que fue la que hizo un comentario sobre la ropa minutos antes―. Y ya que es mi turno, diré algo: también me caes mal, Sebastian.
Él abre los ojos con asombro.
―Lo siento, ¡me agrada más Sharon! ―se disculpa sin siquiera fingir estar apenada.
―Oh, encontré a mi gemela perdida ―le susurra Sharon acercándose para abrazarla.
Mientras todos somos espectadores de la escena delante de nuestros ojos, no puedo evitar girar a ver las mellizas que se encuentran aún detrás de mí. Se dan cuenta de cómo las miro y me sonríen de lado a lado. Entonces, por alguna razón, su conversación de segundos antes me golpea.
Una de ellas dijo algo sobre haber ido al baño, justo cuando Maureen se decidió a hablar. Siento mi entrecejo arrugarse.
¿Fue coincidencia que justo al irse, Maureen hablara? ¿Por qué justo cuando se fue al baño? ¿Baño? ¿Hay siquiera baño aquí?
―Oye, ¿te encuentras bien? ―escucho decir a una de ellas.
Paso la mirada de una a otra cuando me doy cuenta que se dirige a mí. Puede que esto no sea un sueño, pero sin dudas, parezco estar viendo doble.
Y puede que no solo esté viendo doble.
Puede que esté viendo a Maureen.