CAPÍTULO 23

689 Words
La Tregua del Guerrero Caído La risa de Luca seguía rebotando contra las paredes del apartamento, pero el ambiente cambió cuando Elena dio un paso al frente. Dante estaba allí, tieso como una estatua de mármol maltratada, con el collarín torcido y esa mirada de pánico místico, buscando al "Fantasma del Rey" en cada sombra de la habitación. Elena lo observó. Por un momento, la burla en sus ojos se suavizó. Ver a aquel hombre, que solía irradiar un peligro oscuro y una elegancia letal en el ascensor, convertido en un manojo de nervios que culpaba a un delivery de ser una señal divina, le despertó algo inesperado. No era amor, ni era sumisión: era una mezcla de ternura y una profunda lástima por el desastre que el destino (y su propia torpeza) habían hecho con él. —Dante, mirame —dijo Elena, dejando su bastón apoyado contra la mesa de sushi. Dante bajó la vista, encontrándose con los ojos verdes de su vecina. Por un segundo, el pánico por Elvis se esfumó. —Estás hecho un desastre, Moretti —susurró ella con una sonrisa suave, casi maternal, pero con ese filo sexy que nunca perdía—. Viniste hasta el otro lado del mundo, te pegaron las abuelas, te caíste en una capilla y ahora tenés miedo de la comida japonesa. Elena se inclinó hacia él. Dante contuvo la respiración, sintiendo el perfume a gardenias que lo había perseguido en sueños. Ella puso una mano delicada sobre su hombro sano y, con una lentitud que torturó los sentidos del italiano, le plantó un beso cálido y sonoro en el cachete Fue un beso de "pobrecito", un beso de consuelo que pesaba más que cualquier bofetada. Dante se quedó petrificado. El contacto de los labios de Elena fue como un cortocircuito en su cerebro. Sus mejillas, marcadas por el carterazo de Memphis, se encendieron de un rojo furioso. —Eso es por el esfuerzo —dijo Elena, separándose y recuperando su bastón con un movimiento maestro—. Y para que el fantasma de Elvis te deje dormir un poco, que tenés unas ojeras que llegan hasta el puerto. Luca, que había dejado de rodar por el suelo para observar la escena, se quedó con la boca abierta. Pero el silencio duró poco. —¡NOOOO! ¡JAJAJAJA! —Luca estalló con una fuerza renovada, golpeando el sofá—. ¡EL BESO DE LA LÁSTIMA! ¡Dante, te dio el beso que se le da a un perrito que se chocó contra una puerta de vidrio! ¡JAJAJAJA! ¡El gran Don Moretti recibió el premio consuelo! —¡Callate, Luca! —gritó Dante, aunque su voz no tenía fuerza. Se llevó la mano al cachete, tocando el lugar donde los labios de Elena habían estado. —"Es para que duermas, Moretti" —repetía Luca, imitándola con voz aguda—. ¡Te mandó a dormir como a un nene de cinco años! ¡Es lo más humillante que vi en toda la semana, y mirá que te vi desnudar a una vieja! Micaela se acercó a Luca y le dio una palmadita en la espalda. —Vámonos, Elena. Hay que dejar que el paciente descanse. Luca, tratá de que no se caiga de la cama, mirá que el acolchado capaz es de algodón de Tennessee y entra en pánico de nuevo. Las chicas salieron del apartamento riendo por lo bajo, cerrando la puerta tras de sí. Dante se dejó caer en el sofá, ignorando las carcajadas de su hermano que ahora intentaba recuperar el aire. Miró el techo, tocó de nuevo su mejilla y suspiró. —Luca —dijo Dante en un susurro. —¿Qué... qué querés ahora? —respondió Luca entre hipos. —Mañana pedimos de nuevo por PedidosYa. Quiero ver si el de la gorra me trae un helado. Capaz que si me porto bien, Elena me da otro beso en la frente. Luca lo miró con auténtica compasión por primera vez. —Dante, hermano... Elvis no te tiene loco. Te tiene loco ella. Y eso es mucho más peligroso que un fantasma.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD