La Puerta del Deseo y la Cicatriz del Guerrero
Dante no podía sacarse la sensación de ese beso de la mejilla. Era una mezcla de fuego y humillación que lo mantenía despierto. A las dos de la mañana, en medio de un arrebato de ansiedad, convenció a Luca de que "necesitaban" pedirles algo a las vecinas, cualquier excusa para verlas una vez más antes de que el efecto de la tregua se enfriara.
—Dante, son las dos de la mañana. Nos van a tirar con el bastón —protestó Luca, aunque su curiosidad era más fuerte que su sentido común.
—Golpeá, Luca. Deciles que se cortó el agua o que viste una luz rara. Inventá algo —susurró Dante, ajustándose el collarín que ya le picaba en el cuello.
Luca, resignado, dio tres golpes firmes en la puerta del 12A.
Esperaron unos segundos. El silencio del pasillo era absoluto hasta que se escuchó el giro de la llave. La puerta se abrió de par en par, y el aire de los hermanos Moretti se escapó de sus pulmones en un suspiro simultáneo.
Elena y Micaela no estaban listas para visitas, o quizás lo estaban demasiado. Ambas aparecieron vestidas únicamente con lencería de seda negra, piezas mínimas que resaltaban sus curvas voluptuosas y potentes. La luz cálida del apartamento recortaba sus figuras, mostrando una sensualidad cruda que no entendía de protocolos.
Micaela estaba apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos, con un conjunto de encaje que dejaba poco a la imaginación. Pero fue Elena quien detuvo el corazón de Dante.
Ella no llevaba las medias que solía usar. Estaba descalza, apoyada con firmeza en su bastón de plata. Y ahí, en su pierna derecha, la luz del pasillo reveló con total nitidez la cicatriz: una marca profunda, larga y accidentada que recorría su piel, el mapa de la batalla que le había dado su discapacidad. Lejos de restarle belleza, la cicatriz parecía un tatuaje de guerra, un recordatorio de que ese cuerpo voluptuoso era, ante todo, el de una sobreviviente.
Dante se quedó mudo. Sus ojos recorrieron las curvas de Elena hasta detenerse en la pierna. Por primera vez en todo el viaje, la risa de Luca se apagó por completo. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad nueva.
—¿Se les perdió algo, Moretti? —preguntó Elena, su voz baja y ronca por el sueño, sin hacer el menor intento por cubrirse—. ¿O es que el fantasma de Elvis ahora les tiene miedo a las sábanas?
Dante tragó saliva. La visión de Elena así, tan expuesta y tan poderosa a la vez, le borró cualquier rastro de la torpeza de los días anteriores.
—Yo... nosotros... —empezó Luca, cuya mirada no podía despegarse de Micaela—. Solo queríamos saber si estaba todo bien. Escuchamos un ruido.
—El ruido son nuestros corazones celebrando que no estamos presas en Mississippi —respondió Micaela con una sonrisa felina—. Pero si terminaron de hacernos el escaneo, nos gustaría ir a dormir.
Dante dio un paso hacia adelante, acortando la distancia. Su mirada subió desde la cicatriz de la pierna de Elena hasta sus ojos. Ya no había lástima en él, ni burla. Había un respeto oscuro, casi reverencial.
—Es hermosa —susurró Dante, refiriéndose a la cicatriz y a ella en un solo aliento.
Elena arqueó una ceja, aferrando con más fuerza la empuñadura de su bastón.
—Es mi historia, Dante. Y no es apta para cardíacos ni para hombres que se caen solos en los aeropuertos.
—Aprendí a levantarme, Elena —respondió él, su voz recuperando la firmeza de la mafia—. Y ahora que sé lo que ocultás bajo el terciopelo, me dan todavía más ganas de no dejarte ir.
Elena soltó una risita seca y empezó a cerrar la puerta lentamente.
—Buenas noches, vecinos. Sueñen con algo que puedan alcanzar.
La puerta se cerró, dejando a los hermanos en el pasillo oscuro. Luca soltó un silbido largo, tratando de recuperar el aliento.
—Dante... si antes estábamos locos, ahora estamos perdidos. Esa mujer es dinamita pura.
Dante no respondió. Se quedó mirando la madera de la puerta, visualizando la marca en la pierna de Elena. Sabía que esa cicatriz era la razón de su fuerza, y entendió que para entrar en su vida, tendría que ser mucho más que un vecino torpe; tendría que ser un hombre digno de su guerra.