CAPĂŤTULO 25

647 Words
La Marca de la Reina El pasillo del piso 12 quedó sumido en un silencio sepulcral tras el cierre de la puerta. Dante seguía con la mirada clavada en la madera barnizada, como si pudiera ver a través de ella. La imagen de la pierna de Elena, con esa cicatriz que narraba una vida de cirugías y batallas desde el primer día de su nacimiento, se le había quedado grabada a fuego en las pupilas. —Dante... —susurró Luca, rompiendo el trance—. No fue un accidente. Ella nació para ser una guerrera. Mirá cómo se paraba... ni siquiera intentó taparse. Dante asintió lentamente. La burla de las últimas horas se había evaporado. Ya no pensaba en Elvis, ni en las caídas, ni en el ridículo. Sentía una admiración eléctrica. —Es la mujer más real que vi en mi vida, Luca. No oculta nada. Su bastón no es un apoyo, es su cetro. Al otro lado de la puerta Micaela se apoyó contra la entrada y soltó un suspiro largo. —Bueno... creo que les paramos el corazón. Dante parecía que se iba a desmayar, y esta vez no por un cable suelto. Elena se miró la pierna. Acarició la marca de la piel con la yema de los dedos, esa línea que la acompañaba desde que abrió los ojos al mundo. —Vio la realidad, Mica. Ya no soy la "chica misteriosa del terciopelo". Ahora sabe que si quiere entrar acá, tiene que aceptar que camino con ritmo propio. —Le encantó, nena —dijo Micaela, caminando hacia la cocina para servirse un vaso de agua—. Tenía una cara de... no sé, como si hubiera visto una obra de arte en un museo. Ese italiano está frito. Elena sonrió para sus adentros. Se sentó en su sillón favorito y dejó el bastón a un lado. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que el vecino fuera una amenaza o un acosador, sino un hombre que, a pesar de ser un desastre andante, la miraba como nadie la había mirado antes: sin piedad, solo con deseo y respeto puro. En el apartamento de los Moretti Dante entró a su habitación y se quitó el collarín cervical con un gesto brusco, ignorando el dolor. Se miró al espejo. La marca roja en su frente y el parche en el ojo lo hacían ver como un pirata derrotado, pero sus ojos brillaban con una claridad nueva. —Se acabó el juego del gato y el ratón —dijo Dante en voz alta, aunque estaba solo. Luca asomó la cabeza por la puerta, ya más recuperado de su ataque de risa, pero todavía con ganas de molestar. —¿Y ahora qué, Don Quijote? ¿Vas a pedirle matrimonio o vas a tropezar con la alfombra del cuarto? Dante lo miró seriamente, pero esta vez no hubo insultos. —Mañana vamos a llenar este pasillo de gardenias, Luca. Pero no de las que se compran en cualquier florería. Quiero las mejores de Montevideo. Ella nació con esa marca y aprendió a bailar con ella. Yo voy a aprender a seguirle el paso, aunque me rompa la otra costilla. Luca sonrió y se encogió de hombros. —Bueno, al menos ya no decís que Elvis te persigue. Eso es un avance. Pero te lo digo en serio, hermano... ese beso de lástima fue el principio de tu fin. Estás entregado. Dante no respondió. Se acostó en la cama, mirando el techo, imaginando el sonido del bastón de Elena golpeando el suelo en el piso de al lado. Sabía que ella no era una mujer que se dejara conquistar con joyas o dinero. Ella era una mujer que había ganado cada centímetro de su libertad, y él, por primera vez, estaba dispuesto a ser el que abriera la puerta, no para atraparla, sino para verla pasar.
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