La Marca de la Reina
El pasillo del piso 12 quedĂł sumido en un silencio sepulcral tras el cierre de la puerta. Dante seguĂa con la mirada clavada en la madera barnizada, como si pudiera ver a travĂ©s de ella. La imagen de la pierna de Elena, con esa cicatriz que narraba una vida de cirugĂas y batallas desde el primer dĂa de su nacimiento, se le habĂa quedado grabada a fuego en las pupilas.
—Dante... —susurró Luca, rompiendo el trance—. No fue un accidente. Ella nació para ser una guerrera. Mirá cómo se paraba... ni siquiera intentó taparse.
Dante asintiĂł lentamente. La burla de las Ăşltimas horas se habĂa evaporado. Ya no pensaba en Elvis, ni en las caĂdas, ni en el ridĂculo. SentĂa una admiraciĂłn elĂ©ctrica.
—Es la mujer más real que vi en mi vida, Luca. No oculta nada. Su bastón no es un apoyo, es su cetro.
Al otro lado de la puerta
Micaela se apoyĂł contra la entrada y soltĂł un suspiro largo.
—Bueno... creo que les paramos el corazĂłn. Dante parecĂa que se iba a desmayar, y esta vez no por un cable suelto.
Elena se mirĂł la pierna. AcariciĂł la marca de la piel con la yema de los dedos, esa lĂnea que la acompañaba desde que abriĂł los ojos al mundo.
—Vio la realidad, Mica. Ya no soy la "chica misteriosa del terciopelo". Ahora sabe que si quiere entrar acá, tiene que aceptar que camino con ritmo propio.
—Le encantĂł, nena —dijo Micaela, caminando hacia la cocina para servirse un vaso de agua—. TenĂa una cara de... no sĂ©, como si hubiera visto una obra de arte en un museo. Ese italiano está frito.
Elena sonriĂł para sus adentros. Se sentĂł en su sillĂłn favorito y dejĂł el bastĂłn a un lado. Por primera vez en mucho tiempo, no sentĂa que el vecino fuera una amenaza o un acosador, sino un hombre que, a pesar de ser un desastre andante, la miraba como nadie la habĂa mirado antes: sin piedad, solo con deseo y respeto puro.
En el apartamento de los Moretti
Dante entrĂł a su habitaciĂłn y se quitĂł el collarĂn cervical con un gesto brusco, ignorando el dolor. Se mirĂł al espejo. La marca roja en su frente y el parche en el ojo lo hacĂan ver como un pirata derrotado, pero sus ojos brillaban con una claridad nueva.
—Se acabó el juego del gato y el ratón —dijo Dante en voz alta, aunque estaba solo.
Luca asomĂł la cabeza por la puerta, ya más recuperado de su ataque de risa, pero todavĂa con ganas de molestar.
—¿Y ahora qué, Don Quijote? ¿Vas a pedirle matrimonio o vas a tropezar con la alfombra del cuarto?
Dante lo mirĂł seriamente, pero esta vez no hubo insultos.
—Mañana vamos a llenar este pasillo de gardenias, Luca. Pero no de las que se compran en cualquier florerĂa. Quiero las mejores de Montevideo. Ella naciĂł con esa marca y aprendiĂł a bailar con ella. Yo voy a aprender a seguirle el paso, aunque me rompa la otra costilla.
Luca sonriĂł y se encogiĂł de hombros.
—Bueno, al menos ya no decĂs que Elvis te persigue. Eso es un avance. Pero te lo digo en serio, hermano... ese beso de lástima fue el principio de tu fin. Estás entregado.
Dante no respondiĂł. Se acostĂł en la cama, mirando el techo, imaginando el sonido del bastĂłn de Elena golpeando el suelo en el piso de al lado. SabĂa que ella no era una mujer que se dejara conquistar con joyas o dinero. Ella era una mujer que habĂa ganado cada centĂmetro de su libertad, y Ă©l, por primera vez, estaba dispuesto a ser el que abriera la puerta, no para atraparla, sino para verla pasar.