El Fantasma del Rey y el Desastre de la Pollera
El festival "Elvis Roots" en las afueras de Memphis era un mar de gente. Había luces de neón, olor a hamburguesas y miles de personas rindiendo culto al Rey. Elena y Micaela, divertidas por su escape de la policía, habían decidido mimetizarse. Se compraron pelucas, gafas de sol gigantes y pañuelos de seda.
—Nadie nos va a reconocer así, Mica. Somos dos turistas más —dijo Elena, ajustándose una peluca morena con un jopo exagerado.
—¡Estamos divinas! —rio Micaela—. Si nos viera el de la cicatriz ahora, se le cae la mandíbula.
Mientras tanto, Dante y Luca caminaban por el festival como dos sobrevivientes de un naufragio. Sus trajes de diseñador estaban manchados de aceite y polvo de la comisaría. Dante estaba al borde del colapso nervioso; su mente, agotada por la falta de sueño y la obsesión, empezaba a jugarle malas pasadas.
—Están acá, Luca. Lo siento en los huesos —decía Dante, mirando a todos lados con paranoia—. Es como si... como si el espíritu de Elvis me estuviera guiando.
—Lo que sentís es el golpe que te diste en la espalda, Dante. Olvidate del espíritu —respondió Luca, que todavía tenía restos de risa en los ojos.
Caminaban entre la multitud cuando, de repente, Dante vio una silueta a lo lejos que juraría que era Elena. Se lanzó a correr con desesperación, olvidando que el suelo del festival estaba cubierto de cables de sonido y barro por la lluvia reciente.
¡ZAS!
Dante se tropezó con un cable grueso. Sus brazos volaron hacia adelante buscando desesperadamente de dónde agarrarse para no besar el barro por tercera vez. Sus manos atraparon una tela firme.
—¡Noooo! —gritó Dante.
¡CRACK-ZIP!
Dante no se cayó del todo, pero el tirón fue tan fuerte que terminó arrancándole la pollera larga a una señora mayor que caminaba tranquilamente con un perrito faldero. La mujer quedó en ropa interior de encaje antiguo en medio de la multitud.
—¡Hijo de su madre! ¡Pervertido! —gritó la señora, dándole un carterazo seco en la frente a Dante.
Luca, que venía detrás, se detuvo en seco. Vio a su hermano mayor, el jefe de la mafia, arrodillado frente a una anciana enfurecida, sosteniendo una pollera floreada en las manos. Luca se puso azul. No podía respirar. Se tiró al suelo, revolcándose entre los cables, soltando unos ruidos que ya no eran risa, sino convulsiones de puro éxtasis cómico.
—¡JAJAJAJA... DANTE... POR FAVOR... JAJAJA! —Luca golpeaba el suelo, con lágrimas bañándole la cara—. ¡TE VA A METER PRESO... LA PATRULLA DE LA MODA! ¡SOS UN PELIGRO PÚBLICO!
Dante, con la marca de la cartera en la frente y la pollera todavía en la mano, miró hacia el escenario principal. Una luz blanca e intensa lo cegó por un segundo y vio a un imitador de Elvis con una capa dorada que parecía flotar entre el humo.
—Luca... —susurró Dante con la mirada perdida—. Es él. Es el fantasma de Elvis. Me está castigando por querer atrapar a su fan número uno. Me tiró el aceite, me puso el cable... ¡Elvis me odia!
Luca, al escuchar eso, soltó un alarido de risa tan fuerte que la gente empezó a rodearlos pensando que estaba teniendo un ataque.
—¡EL FANTASMA! —gritaba Luca entre hipos—. ¡EL FANTASMA TE BAJÓ LA POLLERA! ¡DANTE, ESTÁS LOCO, TE PERDIMOS! ¡JAJAJAJA!
A pocos metros, ocultas tras sus gafas de sol y pelucas, Elena y Micaela observaban la escena sin poder creerlo.
—Mica... ¿ese que está arrodillado con una pollera de flores no es el vecino del 12B? —preguntó Elena, tapándose la boca para no estallar.
—¡Es él! ¡Y el otro se está muriendo en el suelo! —Micaela lloraba de risa bajo la peluca—. ¡El Rey nos está protegiendo, nena! ¡Mirá el ridículo que están haciendo!
Elena miró a Dante. A pesar del desastre, de la pollera y de su cara de loco, sintió una punzada de algo que no era burla. ¿Tanto me buscó que terminó así?, pensó. Pero luego vio a la señora dándole otro carterazo y volvió a reír con Micaela.
—Vámonos de acá, Mica. Antes de que el "fantasma" le haga otra broma y termine en calzoncillos —dijo Elena, girando sobre su bastón con una elegancia suprema.
Se perdieron entre la multitud, dejando atrás a un Dante convencido de que estaba maldito por una deidad del rock y a un Luca que, literalmente, ya no podía levantarse del piso de tanto reír.