Tres meses después.
Me miró al espejo mientras el estilista se aplica sobre mi cabello con los último cambios, me maquillan, me consienten, me siento en una nube, todo lo que pido lo tengo al instante, un vestido, ropa interior, un estilista, manicurista, a quien pido consigo.
Mi madre ha cambiado un poco su opinión sobre Marcel al ver el despliegue de atenciones de las que soy objeto solo con abrir la boca, aún cree que debería casarme por amor y no por interés, pero ella no entiende. Esto es lo mejor que obtendré.
El vestido es precioso, manga larga y muy vintage, color crema y con encajes. No quise nada demasiado exuberante, algo más comedido y sobrio. Mi padre tiene aspiraciones presidenciales, así que desde el día de mi boda debo pensar bien en como lucir.
He visto poco a Marcel. Todo lo hago con sus asistentes, firmé un prenupcial que me deja con cien millones de dólares tras nuestro divorcio, si le soy infiel me voy sin nada, pero no le seré infiel. No planeo hacerlo, planeo seducirlo porque no me conformaré con cien millones.
—¿Lista hija?—pregunta mi padre. Afirmo.
Salgo con él y me subo a la limosina blanca que me llevará hasta la iglesia. Mi padre no me dice cosas bonitas, o que está orgulloso de mí, habla por teléfono sin parar y arreglas las reuniones que su nueva posición como el suegro de Marcel Manosalva le darán. Estoy algo nerviosa, había pensado por mucho tiempo en irme a vivir con Marcel pero ahora tenía un poco de miedo, no me dio oportunidad de conocerlo, cada vez lo veía menos.
Llegamos a la iglesia y tan frio como rápido mi padre me arrastra hasta dentro de la iglesia, los dos reímos sin poder creerlo, besa mi mejilla.
—Gracias hija por esto.
—No es nada papi. Lo hago feliz. Cuando seamos la familia presidencial ahí me agradeces.
Ríe fingiendo humildad. Las puertas se abren y suena la marcha nupcial, sonrío nerviosa, y miro al frente. Los flashes casi no dejan que vea nada, tiemblo pero doy pasos seguros al frente, pienso por un momento que no debía acceder a una boda eclesiástica pero era necesario.
Marcel me espera al final, frente al altar, se ve impecable, alto, elegante y bello, si solo este matrimonio fuera real, pienso, si solo nos quisiéramos, pero sacudo mi cabeza, esos pensamientos no tienen cabida ahora. No es necesario, obtendré lo que quería.
La ceremonia transcurre como todas, ni me tomo la molestia de mirar a Marcel, él no me ve así que solo escucho y presto atención al sacerdote que nos casa, cuando llega la parte de puede besar a la novia mi corazón se acelera. Aspiro aire con fuerza y me vuelvo hacia él, coloco mis manos alrededor de su cuello y él sus manos sobre mi cintura, es lo más cerca que hemos estado nunca, es el primer contacto físico que tendremos aparte de uno que otro beso en la mejilla.
Antes de evitar cualquier situación incómoda me acerco para besarlo, pero toma mi barbilla y pega sus labios de los míos, jadeo de asombro, repite un par de besos sobre mis labios sin ir profundamente, hasta que lo hace y mi lengua siente con suavidad la suya, se aparta rápido, toma mi mano y caminamos hacia la salida, todos nos felicitan, sus guardias como siempre se aseguran de que este protegido, y ahora yo también, me protegen a mí.
Mi padre no cabe en él, intercambian un par de frases y ríen, Marcel se acerca a mi madre ayudado por su asistente, la besa en la mano, mi madre sonríe. No puedo creer que haya pasado, que lo haya hecho, rio en medio de todo, debajo de las luces de la iglesia con mi vestido de novia pensando que estoy muy loca, y que lo hice.
—¿Emocionada?—pregunta Marcel mientras salimos de la iglesia, ha escuchado mi risa.
—¡Incrédula estoy! ¿Hicimos esto?
—¡Oh! Vaya que si lo hicimos—ríe.
—Somos un par de locos—digo mirando por la ventana del auto que nos lleva a la recepción.
—¿Arrepentida?
—No, para nada, comeré mucho pastel y de todo en nuestra recepción—rio, él ríe también.
—Es bueno que estés decidida a disfrutar los buenos momentos niña. No sabes cuándo serán siempre buenos—dice con tono misterioso, que ignoro.
Un año durará nuestro matrimonio si mi padre no consigue el puesto, un quinquenio si lo logra y quizás diez años si repite. Serán diez millones de dólares para mí por cada año. Yo tengo mis planes, será la vida entera si yo quiero. Sonrío sabiendo que él no puede verme.
Llegamos a la recepción, entramos tomados de manos, la música es hermosa, la gente aplaude y no soy nada tímida, plano divertirme, y ser una esposa, hago mi primer baile con Marcel, me es fácil verlo como enamorada porque es hermoso, y no me da vergüenza ya que no puede verme, siento sus manos sobre mi cintura, son fuertes. Baila bien.
Bailo con mi padre y con otros presentes, camino por todos lados, saludos, poso, como pastel, como cangrejo, calamares, ensaladas, como de todo y asalto la mesa de postres, bailo y me divierto en mi fiesta de boda.
—Señora, todo está listo—dice Luis. Mi nuevo escolta, guapo y joven. Muy guapo y me pregunto si no es una trampa de Marcel, para que me seduzca y yo quede sin nada, ignoro ese pensamiento y lo sigo.
Me sorprende también que se dirijan ya a mí como señora, soy la señora Manosalva. Me despido de mis padres y del resto de los invitados, me cambio en una de las habitaciones por un vestido menos formal. Los empleados llevan mis maletas y sigo a Luis, abordo el avión privado donde ya mi esposo me espera, él también se ha cambiado por ropa cómoda.
Me siento junto a él y suspiro.
—¿Lista para nuestra luna de miel?—pregunta.
—Muy lista—afirmo.
Sonríe.
Allá vamos París.