Momento incómodo

1527 Words
* —Entonces… Tienes novio —dice tras sentarse en la banqueta que está cerca del desayunador—. Ya, lo lamento pude haberme negado a visitarte, no obstante no pude evitarlo. —Lo haces muy seguido —No, puede que tu imaginación vuele demasiado, por eso creo que te decepcionaré. —Soy una chica llena de fantasías —llevo dos tazas vacías, las pongo sobre la encimera y mientras intento controlarme vierto el café en ellas. —No lo dudo —arqueó ligeramente las cejas, como si mi respuesta lo hubiera sorprendido. —Él es distinto, me quiere a su manera, pero me quiere. ¿Por qué le estoy diciendo tantas cosas? —¿Eres feliz? —preguntó al llevarse la taza de café a sus labios. —No…, pero ya me acostumbré. En cuanto las palabras salieron de mi boca, lo lamenté. Una persona lista leería entre líneas y él es listo. Nuestras miradas se encontraron y se transmitió entre nosotros una comprensión silenciosa. —Ya veo. —Sí —aparté la mirada—. ¡Dios! Ash, no sé por qué te digo, estás cosas. Ya era bastante malo que me hubiera visto físicamente desnuda. No necesitaba que desnudara mi alma. —Por qué una parte de ti quiere escapar de su vida aburrida. —¿Qué quieres de mí? —¿No quieres divertirte un poco? —¿Por qué? Sus cejas se juntaron al pensar en ello. —No te presionaré, puedes tomarte todo el tiempo que quieras. Sus ojos estaban buscando, hurgando, tratando de llegar a mi interior. Di un paso atrás y él se levantó de su silla, rodea la encimera y poco a poco se acercó más. —Quieres convencerme. —No, aunque cueste creerlo, todo es pura casualidad —me lanzó una sonrisa rápida—. Te he visto un par de veces con tu novio, bueno, no lo llamaría así porque es un completo imbécil. Puse los ojos en blanco. —Lo dudo. —De acuerdo. Y entonces volvió a lanzarme esa mirada, esa mirada que sentía como si estuviera deslizando esos dedos largos y masculinos en el interior de mis bragas. —¿De acuerdo? —Eres preciosa. Me ruboricé por dentro por el cumplido. Por fuera esbocé una sonrisita. —Tu novia también. Él suspiró profundamente ante mi comentario mordaz. —No tengo, se puede decir que soy soltero. —¿En serio? ¿Hablas con todo el mundo como hablas conmigo? —¿Cómo? —Como si me hubieras visto desnuda. Sonriendo, los ojos de él brillaron de calor. —No, pero tampoco he visto a todo el mundo desnudo. Frustrada, negué con la cabeza. —Ya sabes lo que quiero decir. Casi salté por el cálido susurro de su aliento en mi oreja cuando se inclinó para decirme muy despacio. —Me gusta la reacción que provoco en ti. Retrocedí. ¿Así que y o era un reto? Bien. Entendido. —Pues para, eres mi doctor. Se formó un ceño entre sus ojos. —No quiero que te sientas incómoda —su mirada me estaba escrutando otra vez, pero en esta ocasión y o no estaba delatando nada. Con un profundo suspiro, él asintió y dijo: —Oy e, lo siento. Quiero que nos llevemos bien. Me caes bien, y me gustaría que fuéramos amigos. De ahora en adelante dejaré de molestarte con el tema de tu novio y haré todo lo posible por olvidar cómo eres desnuda. Me tendió la mano para que se la estrechara. La expresión de sus ojos era nueva, una expresión de súplica, infantil y completamente atractiva. No confiaba en absoluto en esa expresión, pero me di cuenta de que estaba negando con la cabeza, sonriendo a mi pesar al tenderle la mano. En cuanto mis dedos tocaron la palma de su mano, se me erizó el vello en los brazos. Nuestras miradas colisionaron al tiempo que el calor me subía por el brazo. El cosquilleo entre mis piernas se intensificó, la necesidad en mis tripas gimió de deseo. Lo único que podía ver era al sexi doctor, lo único que podía oler era a él y su cuerpo estaba tan cerca que imaginé que podía sentir toda su fuerza presionando contra mí. En ese momento no quería nada más que meterlo en mi habitación y dejar que me follará con fuerza contra la pared. La mano de sexy se tensó en torno a la mía, sus ojos pálidos se oscurecieron, y supe… que él también me deseaba. —Oh. —De acuerdo —murmuró, y un elemento peligroso apareció en su expresión al inclinarse para casi introducir sus palabras en mi boca de tan cerca que estaba—. Puedo hacer esto, si tú puedes disimular, yo puedo disimular. Aparté mi mano de la suya, tratando de no temblar. Tengo que fingir. Le lancé una sonrisa despreocupada. —Vas muy rápido. Justo cuando creía que la tensión en el aire alcanzaba un punto crítico, la puerta de la cocina se abrió de golpe y, como un torbellino, entró mi abuela. Su energía inconfundible y contagiosa llenó la habitación en un instante. Lucía, su habitual delantal floreado y un pañuelo en la cabeza que apenas podía contener su cabello plateado. —¡Mi niña, querida! —exclamó con su voz alegre—. ¡Gracias a Dios están juntos! Y, ¡oh!—dijo, clavando sus ojos brillantes en el doctor. —Abuela, él es mi doctor, no saben cuan agradecida estoy con los dos —dije, sintiendo que el calor de la situación se enfriaba un poco con su presencia. —Todo está bien, creo que es momento de irme —dijo mi querido doctor, estrechando su mano con una sonrisa que podría derretir un iceberg. —¡Oh, por favor, llámame abuela! —respondió ella, con una risa llena de vida—. Sophia, cariño, he estado pensando que hace mucho que no hacemos una comida familiar. ¿Por qué no preparamos algo delicioso para los tres? Andrew, ¿te gustaría unirte a nosotros? Él miró a mi abuela y luego a mí, claramente sorprendido por la espontaneidad de la propuesta. —Bueno, yo... —comenzó a decir, pero mi abuela no le dio tiempo para dudar. —¡Excelente! Será muy divertido, mi niña, ve sacando los ingredientes mientras yo preparo el horno —ordenó con la eficiencia de una general en plena batalla. Mientras obedecía a regañadientes, no pude evitar lanzar una mirada de disculpa al sexi doctor. Él, por su parte, parecía más divertido que incómodo, y su sonrisa seguía intacta. Era como si la intervención de mi abuela hubiera cambiado la dinámica de la situación. Estábamos empezando a organizarnos en la cocina, con el doctor ayudando a pelar las papas y yo buscando especias en la alacena, cuando la puerta principal se abrió de nuevo. Este sonido familiar hizo que mi corazón se encogiera un poco. —¡Sophie! ¿Estás en casa? —la voz de Peter, mi novio, resonó en el pasillo antes de que apareciera en la puerta de la cocina. Peter se detuvo en seco al ver la escena frente a él: mi abuela canturreando mientras manejaba ollas y sartenes, mi doctor sexi sonriendo junto a mí con una papa a medio pelar en la mano, y yo, probablemente con la cara de alguien que ha sido pillada con las manos en la masa, literalmente. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó, su tono mezcla de sorpresa e incredulidad. —¡Oh, Peter! —exclamó mi abuela, sin perder un segundo—. Justo a tiempo para la comida, vamos a preparar un banquete y el doctor Andrew aquí nos está ayudando, Sophie, cariño, dale un cuchillo a tu novio también. —¿Andrew? —Peter repitió el nombre con un tono que no me gustó nada, clavando su mirada en él. —Sí, Andrew es el doctor de mi niña y también su amigo —respondió mi abuela alegremente, sin captar la tensión en el aire—. Ahora todos pueden ayudar, será divertido. Mientras buscaba un cuchillo para Peter, pude sentir su mirada fija en mí, llena de preguntas sin responder. El doctor, por su parte, mantenía una expresión neutral, pero sus ojos me lanzaban una chispa de complicidad, como si estuviéramos en algún tipo de juego secreto. —Aquí tienes, Peter —dije, intentando sonar casual mientras le pasaba el cuchillo—. Podemos hacer una ensalada juntos. —No, no he venido para ser el cocinero de nadie, lo siento abuela, pero tengo que llevarme a su nieta, al parecer ella olvidó que tiene una cita conmigo —las fracciones de su rostro se endurecieron—. Apresúrate, no quiero llegar tarde a… Maldito idiota, ¿cómo te atreves hablarme de esa forma? —Pero… —mi abuela intenta interponerse, pero él no se lo permite. —Con todo respeto he estado esperándote por mucho tiempo, no es justo que me hagas esperar… No me gusta esta tonta escena. —Peter, por favor, respeta, recuerda que estás en la casa de mi abuela.
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