Ash, ¡lo olvidé! Tengo que ir al trabajo, debo apresurarme y ducharme, ya que huelo como un animal.
Oh, bueno, creo que la abue no se molestará si demoro un poco más.
Una ducha en la bañera no estaría mal.
Al echar un poco de líquido para hacer burbujas y abrir el grifo de agua caliente, empecé de inmediato a relajarme por el rico olor de las flores.
De nuevo en el dormitorio, me quité la ropa, y sentí una liberación petulante al recorrer en mi habitación desnuda.
Luego de unos segundos me hundí en la bañera y empecé a adormecerme, incluso con la música que atronaba desde mi iPhone. Solo el progresivo frío del agua hizo que me espabilara. Sintiéndome calmada y tan contenta como podía estar, salí de manera poco elegante de la bañera y me estiré hacia mi teléfono. En cuanto el silencio reinó a mi alrededor, miré hacia el toallero y me quedé helada.
¡Maldición!
No hay toallas, mi abue se las llevó y se le olvidó poner toallas limpias, menos que haya en el closet, mi abue siempre acostumbra dejarlas en el closet de la ropa recién lavada.
¿Tengo que bajar?
Miré al toallero como si fuera culpa suya.
Ni modo, tengo que ir al área de lavabo, no puedo secarme con cualquier cosa. No tengo de otra, aparte que mi abue no está, aaash, no creo que haya problema que vaya desnuda hasta el primer piso.
¡Ni modo!
Dejé la puerta del cuarto abierta de par en par y salí al espacioso pasillo, maldiciendo entre dientes.
—Oh, eh, uf, oh…, hola —dijo una voz profunda, y mis ojos saltaron del charco que estaba creando en el suelo de madera noble.
Un grito de asombro estalló en mi laringe al mirar a los ojos del… ¡Doctor!
¿Qué estaba haciendo ahí? ¿En mi casa? ¿Cómo entró?
Me quedé boquiabierta, tratando de entender qué demonios estaba ocurriendo; tardé un momento en darme cuenta de que no me estaba mirando a la cara. Su atención recorría mi cuerpo desnudo.
Con un ruido de angustia indescifrable, puse un brazo delante de mis pechos y una mano delante de mi pancito. Los ojos verdes pálidos del atractivo y sensual doctor se encontraron con mi mirada azul horrorizada.
—¿Qué estás haciendo? —miré apresuradamente a mi alrededor en busca de un pedazo de tela.
¡Esto debe ser una pesadilla!
Nooo, no puede ser que mi maldita obsesión de fantasía se haga realidad.
Otro ruido ahogado hizo que mis ojos volvieran a los suyos y noté un indeseado y completamente inapropiado calor entre las piernas. Él tenía esa mirada. Esa expresión oscura, de avaricia s****l. Odiaba que mi cuerpo respondiera de forma tan instantánea a esa mirada.
—¡Cierra los ojos! ¡Qué los cierres te digo! —grité, tratando de encubrir lo vulnerable que me sentía.
De inmediato, él levantó las manos en ademán de rendición y llevo ambas manos a sus ojos. Entrecerré los ojos ante la visión de sus hombros temblando.
¡Se está riendo de mí!
¡Tan fea soy!
Con el corazón acelerado, corrí hacia mi habitación para ponerme lo primero que mis ojos encontraran.
Al correr hacia mi habitación, su voz profunda me siguió, atronando por el pasillo hasta mis oídos.
—Lo siento, no fue mi intención, estoy aquí porque tu abuela me ha pedido que te visitara, ya que no te encontrabas bien, no obstante creo que se equivocó.
Malhumorada, secándome con una toalla antes de ponerme unos shorts y una camiseta corta.
Con mi pelo rojizo apilado en un moño torpe y húmedo encima de la cabeza, volví a salir al pasillo para enfrentarme a él.
Los labios de él, que se había dado la vuelta, se curvaron hacia arriba al mirarme de pies a cabeza. El hecho de que estuviera vestida no importaba. Él todavía me estaba viendo desnuda. Estaba segura.
—No debías venir, no eres mi doctor exclusivo —digo tras poner mis ojos en blanco mientras que él levantó una ceja oscura ante mi tono.
—Me disculpo, no imaginé verte caminando en los pasillos, desnuda, eso no se ve todos los días.
Su respuesta consistió en encogerse de hombros y luego meterse las manos en los bolsillos del pantalón del traje como si tal cosa.
¡Maldición!
Me ruboricé por dentro.
—Esto no debió suceder, tengo novio y… Oh, rayos, no es que me esté acostando contigo, ¡maldición! Lo que quiero decir es que…
—No debes torturarte, él no está aquí —su sonrisa era tan fácil, que me persuadía a devolvérsela.
No iba a hacerlo.
—¿Y? —repliqué con débil altanería al pasar a su lado.
—En primer lugar, yo no te he pedido sexo, menos un baile erótico.
¿Qué dijo?
La burla había desaparecido. Me miró con solo una pequeña sonrisa en los labios, como si estuviera pensando en un chiste privado. O en mi desnuda.
A pesar de mi resistencia, no quería que pensara que mi desnudez tenía gracia.
—¿Podemos hablar o quieres que sigamos con el tema de tu cuerpo perfecto?
—Quieres hablar de médico a paciente o cómo —le corregí mecánicamente.
Él asintió y se relajó.
Una imagen de esa mano subiendo por la cara interior de mi muslo destelló en mi mente antes de que pudiera detenerla.
Joder.
Desenganché mi mirada de sus manos para verlo por completo. Tenía aspecto de sentirse cómodo y plenamente al mando de la situación.
—De salud te encuentras bien, solo que es necesario que te hagas otro tipo de exámenes.
Aja, ese me lo sé perfecto, “sexo”
—Vamos por ahí, no tengo problema en hacérmelo.
Él me mostró sus dientes blancos, ligeramente torcidos.
—Perfecto, ¿cómo es tu relación con él?
—No te incumbe.
—¿Estás segura?
—Estoy bien, soy la novia más feliz del mundo.
Miento.
—En serio —continuó, bajando la mirada a mi pecho antes de volver a mi rostro—, tu novio está de acuerdo en que camines desnuda por los pasillos de tu casa y que un completo desconocido se deleite.
No pude evitarlo. Una ligera sonrisa curvó la comisura de mis labios y negué con la cabeza como si estuviera hablando con un niño malo.
—Te estás cayendo rápidamente del pedestal en el que te tenía, mis respetos hacia ti se irán y me tocará cambiar de médico —le advierto.
Él se incorporó con un resoplido.
—No tengo problema con eso, no obstante me darías mucho que pensar, sí, como alejarte por miedo.
—¿Quieres un café?
Cambié de tema abruptamente.
—Sí, me encantaría.