El jet de Whitman Enterprises aterrizó en el aeropuerto ejecutivo de Johnson County al filo del amanecer. El sol apenas se asomaba. La ambulancia de la Clínica Lindhurst de Neurorrehabilitación aguardaba en plataforma con las luces estroboscópicas apagadas; sólo dos camilleros y un médico de guardia, la doctora Mei Collins, custodiaban la camilla cubierta con mantas térmicas. Daniel descendió primero, ojeroso, sin soltar la mano enguantada de Gina. Durante todo el vuelo había permanecido inclinado sobre ella, pendiente de los parámetros del respirador portátil. El cambio de presión le provocó un súbito zumbido de oídos, pero lo ignoró; los verdaderos latidos que lo inquietaban eran los de la mujer conectada a cables, apenas setenta y cuatro por minuto. — Bienvenida a Kansas, Gina —susurr

