La tarde caía lenta en la casa de Ben. Afuera, el sol se filtraba entre las cortinas, tiñendo de un naranja tenue el comedor, pero adentro reinaba un aire pesado, como si el tiempo se resistiera a avanzar. Emma, inquieta, movía los pies colgando de la silla mientras abrazaba un muñeco de trapo. —¿Papá? —dijo con voz suave, sin mirarlo directamente—. ¿Hoy sí puedo hablar con mi tía Gina? Ben, que estaba sentado frente a ella con los codos sobre la mesa y la mirada perdida, apretó la mandíbula. La niña llevaba días insistiendo. Cada vez que se despertaba, cada vez que veía su tableta, preguntaba lo mismo. Él había tratado de distraerla con juegos, con dibujos, incluso con promesas vagas de que pronto sería posible. Pero esa mañana April finalmente había cedido: permitiría la llamada, siemp

