La noche había caído sobre la ciudad, pero en la sala de la casa de Ben la oscuridad parecía más espesa que afuera. Emma estaba sentada en el sofá, con el rostro todavía húmedo de lágrimas, abrazando su muñeco de trapo. Ben caminaba de un lado a otro, la respiración agitada, las llaves del coche tintineando en su mano. Jason lo observaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados y el gesto grave. —Ben, piénsalo —dijo con tono firme—. Correr a Kansas no va a arreglar nada. —¿No lo entiendes? —respondió Ben, girándose de golpe—. ¡Tengo que verla! ¡No puedo quedarme aquí mientras ella se derrumba y yo solo escucho pitidos por una pantalla! —Ella está en la clínica, cuidada, monitoreada, rodeada de médicos. Lo único que harás si apareces allá es empeorar la situación. April ya e

