Ben apoyó la frente contra el ventanal de su apartamento y dejó que la lluvia resbalara por el vidrio como si pudiera arrastrar la ansiedad que lo mantenía suspendido entre rutinas vacías. Llevaba semanas intentando “volver a la normalidad”: dejar a Emma en la guardería, acudir a la compañía a las 8:00, revisar contratos, concretar reuniones con socios, comer algo insípido frente a la pantalla y recoger a su hija a las 5:30. Pero cada gesto cotidiano pesaba como plomo. Seguía consultando el perfil de Gina; ninguna foto nueva, ningún “Me encanta” a los dibujos de Emma, ningún mensaje cariñoso en su chat habitual. Un silencio que lo taladraba. Aquel jueves, Jason lo citó en la cafetería de siempre; April llegó con media hora de retraso, ojerosa, el cabello recogido en un moño improvisado. S

