Los días se sucedían con una lentitud despiadada. Gina lo sentía todo: los sonidos, las voces, los olores. Pero lo que más sentía… era la impotencia. De estar atrapada en una prisión sin barrotes, la de Gerald y la de su propio cuerpo que no cooperaba, donde el único movimiento que conservaba eran sus ojos. Y con eso no podía gritar que aún estaba viva. Afuera, la vida seguía como si nada. Su suegra entraba cada mañana con pasos firmes y su perfume invasivo. Se sentaba junto a su cama con un suspiro exagerado, como si el solo verla postrada fuera una ofensa personal. —Mírate —murmuraba con voz cortante mientras le acomodaba las sábanas con manos frías—. Tan bonita y tan inútil. Gerald podría tener cualquier mujer. Una que le diera un hijo. Pero tú… ni eso pudiste hacer. Parecías un buen

