El sol apenas comenzaba a filtrarse por las persianas cuando abrí los ojos. Y sentí que todo seguía siendo un lío, ¿Había la posibilidad de que todo fuera cuesta abajo? Sin señales de detenerse.
La cabeza me pesaba. La ropa todavía olía a lluvia y a humo.
Y el eco de su voz seguía dentro de mí:
“El fuego te va a alcanzar.”
Apreté las sábanas. Parte de mí quería creer que había soñado todo. Que no había corrido asustada hasta el mirador. Que no había sentido ese vértigo al mirarlo tan cerca bajo la lluvia.
Pero mis manos temblaban. Y el teléfono, aún roto, me recordaba que era demasiado real.
Pasaron dos días.
Dos días sin mensajes, sin llamadas, sin Elise, sin Caín.
Silencio absoluto.
Hasta que, una tarde, mientras intentaba concentrarme en mi libreta —escribiendo cualquier cosa que no tuviera su nombre—, escuché un golpe en la puerta.
Abrí.
Era Elise.
Con los brazos cruzados, el ceño fruncido, el cabello completamente alborotado y una expresión entre furia y cansancio.
—¿Podemos hablar? —dijo.
Asentí, apartándome para dejarla pasar.
El olor de su perfume llenó la sala, una mezcla entre recuerdos y reproches.
Se sentó sin preguntar, mirándome como si no supiera por dónde empezar.
—Caín está afuera —murmuró al fin.
—¿Por qué no entra?
—Porque está enojado —dijo, seca—. Y porque no confía en ti.
Sentí el golpe antes de poder responder.
—¿Y tú? —pregunté.
No confiaba en mí. Pensé.
¿Desde qué momento? Ellos me habían dejado en la fiesta, quién me sacó de ahi habría sido Seth, ¿era acaso eso un pecado?
Elise me miró con una tristeza que dolía más que la ira.
—Tampoco.
Silencio.
Solo el tic tac del reloj y el zumbido del viento en la ventana.
—Te fuiste, Blair. No contestaste, desapareciste. Luego nos enteramos que estabas con él, otra vez.
—No estaba “con él” —repliqué—. Me siguieron. Me mandaron mensajes. No tenía a dónde ir.
—Siempre tienes —me interrumpió—. Tienes a nosotros, pero parece que se te olvida cada vez que él aparece.
Su voz tembló.
No era furia. Era miedo.
—¿Los tengo? Les recuerdo que ustedes me dejaron.
—¿Tú sabes quién es, verdad? —preguntó al fin—. Porque si lo sabes y aún así lo eliges, estás peor de lo que imaginaba.
Me quedé muda.
No podía decirle que sí, que lo había visto romperle la cara a un hombre solo por mirarme. Que lo había escuchado hablar de “negocios” que olían a peligro. Que había sentido miedo y atracción al mismo tiempo.
No podía.
Elise se levantó, caminando de un lado a otro.
—Seth no es solo un tipo con pasado oscuro, Blair. Es el tipo de persona que hace desaparecer a quien se mete en su camino. ¿Qué crees que va a hacer cuando seas tú la que estorba?
Apreté los dientes.
—No soy su debilidad.
—¿Ah, no? —Elise me miró fijo—. Todo el mundo en el barrio lo dice. Que está diferente desde que tú apareciste. Que no acepta trabajos, que se aleja de su gente. Eso no es amor, Blair. Es ruina. Y te la va a pasar a ti.
Sentí las lágrimas quemarme los ojos, pero no iba a llorar. No otra vez.
—No puedes entenderlo —dije.
—Claro que no puedo —replicó—. Yo no me enamoré de un criminal.
Sus palabras fueron cuchillos.
Y justo en ese momento, la puerta volvió a sonar.
Era Caín.
Con las manos en los bolsillos, la mirada dura.
No saludó.
—¿Puedo? —preguntó, sin intención real de pedir permiso.
—Pasa —dije.
Elise lo miró, esperando que hablara.
Y Caín habló.
Pero su tono no fue de enojo. Fue de algo peor: decepción.
—No vine a discutir. Solo a decirte algo, Blair.
Asentí, aunque no sabía si quería escucharlo.
—Mientras estés en esa posición —dijo, clavándome la mirada—, nada va a cambiar.
Ni tus miedos, ni tus heridas, ni la forma en que el mundo te ve. Puedes pensar que lo haces por amor, por redención, por lo que sea… pero en realidad solo estás eligiendo repetir el dolor.
—No me digas eso—, le dije con un nudo en la garganta—. Estás siendo injusto.
—No —dijo él, dando un paso más—. Tú no entiendes que hay gente que te ama lo suficiente como para dejarte si es lo único que puede hacer por ti.
Y eso fue todo.
Ni una palabra más.
Se dio la vuelta y salió.
Elise se quedó unos segundos más. Me miró, respiró hondo y susurró:
—Te quiero, Blair. Pero no pienso quedarme a verte caer.
Y se fue también.
La puerta se cerró.
El silencio volvió.
Y esta vez no dolió.
Me recargué en la puerta soltando todo el llanto que había contenido cerrando los ojos tomando aire. Me habían dejado.
Amor condicional.
Esa noche, el teléfono volvió a vibrar.
Otro número desconocido.
Otro mensaje.
“Sabemos que fuiste al mirador.”
El corazón me dio un vuelco.
Fui a la ventana.
Nada.
Solo oscuridad.
Pero mi reflejo en el cristal no era el mismo de antes.
Ya no era la chica que temía ensuciarse las manos.
Era alguien que había visto demasiado, perdido demasiado, y que estaba dispuesta a arriesgar lo que quedaba.
Me puse la chaqueta.
El aire de la noche me golpeó el rostro.
Cada paso resonaba como un eco de algo que ya estaba escrito.
No sabía si iba hacia él o hacia mi final, pero sí sabía algo:
“Don’t blame me, love made me crazy…”
Y mientras caminaba hacia la oscuridad, comprendí que tal vez, por primera vez, no era el fuego el que me estaba alcanzando.
Era yo quien empezaba a arder.
Si querían dejarme, haría que valiera la pena.
Cada segundo de todo