You’re On Your Own, Kid

1001 Words
El mensaje de Elise me quemaba en la pantalla: “No quiero verte destruirte, Blair. No si eliges seguir con él.” Y el de Caín llegó segundos después: “No te das cuenta de quién es. No te das cuenta de lo que te puede hacer.” Apagué el teléfono y lo lancé sobre la cama. El ruido fue un eco de todo lo que me quedaba dentro: pedazos rotos, cansancio y rabia. Ellos no entendían. No sabían que, aunque quisiera, no podía borrar a Seth de mi cabeza. No después de todo lo que había sentido cada vez que sus ojos me buscaban. Suspiré, miré el techo, y recordé algo que mi hermana, Sarah, me dijo una noche, mucho antes de morir: “Cuando todo el mundo se aleje, corre hacia donde tu corazón late más fuerte.” Pero ahora ni siquiera sabía dónde estaba ese lugar. Esa tarde salí con la intención de despejarme. Solo iba a comprar víveres. Pan, café, una vela nueva, tal vez algo dulce. Pero la ciudad parecía observarme desde las sombras. El aire estaba pesado, las luces de los faroles titilaban, y una sensación que conocía demasiado bien se enroscaba en mi estómago: peligro. El primer mensaje llegó cuando salía de la tienda. Número desconocido: “Linda noche para salir sola.” Me detuve. Miré a los lados. Nada. “No sirve de nada que corras. Siempre te encontramos.” El corazón me golpeó el pecho. Respiré, apreté las llaves en el puño y empecé a caminar más rápido. Intenté marcarle a Elise. Buzón. A Caín. Silencio. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente sola. “El chico de a lado no podrá salvarte esta vez.” Esa frase fue la gota. Empecé a correr, sin pensar, sin mirar atrás. Las bolsas se me cayeron, los víveres rodaron por la banqueta, pero no me detuve. Solo podía escuchar el eco de mis pasos y el sonido del miedo respirándome en la nuca. Y entonces recordé. El mirador. “Si todo se pone peor, vuelve ahí. Nadie sube tan alto, Blair.” Eso me había dicho Seth semanas atrás, sin saber que lo estaba memorizando como un mapa de salvación. Así que corrí. Subí la colina sin mirar atrás. El viento era cortante, la respiración me ardía, pero el miedo me empujaba. Cuando llegué al mirador, el silencio me golpeó. Todo seguía igual: las luces de la ciudad extendiéndose como un mar dorado, el banco oxidado donde habíamos hablado, el grafiti borroso en la pared con las iniciales S + B. Pero él no estaba. Y eso dolió más que cualquier amenaza. Me dejé caer en el suelo, abrazando mis rodillas. El teléfono vibró otra vez, pero esta vez no lo miré. No podía seguir leyendo. No quería saber quién estaba jugando conmigo. Las lágrimas llegaron sin permiso. No por miedo. Por soledad. Por Elise. Por Caín. Por Sarah. Por mí. Me quedé ahí, temblando, escuchando el viento. Y de pronto, todo se mezcló: el sonido de los árboles, la respiración entrecortada, el recuerdo del llanto de mi madre cuando encontraron a Sarah muerta. Había olvidado cómo dolía recordar. No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez una hora. Tal vez toda una vida. Hasta que escuché un ruido. Pasos. Me levanté de golpe, con el corazón en la garganta. El ruido se acercaba por la grava. Y entonces apareció una silueta bajo el reflejo de las luces. La reconocí antes de verla por completo. Seth. Vestía n***o, la chaqueta abierta, el rostro endurecido, los nudillos manchados. Parecía que venía de una pelea, o de algo peor. —¿Qué haces aquí? —preguntó, con la voz ronca. —Yo… —no pude seguir—. No sabía a dónde más ir. Sus ojos se suavizaron apenas. —Te siguieron. Negué. —No lo sé. Me mandan mensajes. Sé que no debería estar aquí, pero… —La voz se me quebró—. No me contestaban. Elise, Caín… nadie. Seth se acercó despacio, mirándome como si estuviera evaluando cada herida invisible. —Tenías que haberme llamado. —No sabía si querías verme —susurré. Él se detuvo a centímetros, tan cerca que pude oler el humo de su cigarro mezclado con la lluvia en su ropa. —Nunca dije eso. Guardé silencio. El viento nos envolvía. Seth levantó una mano, dudó, y al final la dejó caer sobre mi mejilla. Sus dedos estaban fríos, pero su toque fue cálido, como si me encendiera desde dentro. —No entiendo por qué te metes en mi mundo —murmuró—. No hay nada aquí que valga la pena. —Quizá sí lo hay —respondí, mirándolo fijo—. Quizá solo no lo ves. Él apartó la mirada. —No digas eso, Blair. No sabes quién soy. —Sí sé. Eres el chico de al lado que me mira como si quisiera odiarme, pero no puede. Esa frase lo rompió. Lo vi en sus ojos. Y por un instante, todo el peligro, la rabia, el dolor, se disolvió entre nosotros. El cielo empezó a lloviznar, y el mundo se quedó en silencio. Solo nosotros dos, bajo la lluvia, entre lo que fuimos y lo que nunca deberíamos ser. Seth respiró hondo, me miró una última vez y dijo: “No sabes lo que haces conmigo, Blair. Pero si sigues aquí… el fuego te va a alcanzar.” Y se alejó. Cuando el rugido de su motocicleta desapareció en la noche, me quedé sola otra vez. Pero no era la misma soledad de antes. Era una que dolía menos, porque por fin entendía algo: Podía perderlo todo. A Elise, a Caín, incluso a mí misma. Pero no podía renunciar a sentir. Me levanté, caminé hasta el borde del mirador y miré las luces de la ciudad. Frías. Lejanas. Sabía que había cometido tantos errores pero había algo que no entendía, era como si de a poco en poco el desastre viniera Yo lo dejé entrar.
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