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2740 Words
1.Lo Que Fuimos Narrador Omnisciente La niña no tenía idea de lo que le esperaba, había pasado tanto tiempo en un orfanato que perdió la esperanza de que alguien se interesara por ella, siempre que personas iban al lugar para escoger algún niño soñaba con qué sería su turno; sin embargo pasó desilusiones una tras otra cuando estaba a la par de otra niña y a su vez esa niña al lado de otra hasta formar una fila; entonces llegaba una mujer con intenciones de darle un lugar a un niño y se fijaba en alguien que no era ella,.así que preferió no ilusionarse más con la idea de que tendría un lugar seguro. Tampoco había pasado la edad en la que solían adoptar a los niños, pero sentía que su turno nunca iba a llegar; una mañana el invierno azotaba en la ventana enorme del dormitorio que compartía con otras niñas en la misma condición que la suya. Era muy temprano aún y la nieve caía golpeteando el vidrio de la ventana lo cual la despertó. A diferencia de muchas personas ella estaba emocionada con la idea de que llegara el invierno muy pronto. Le gustaba salir durante aquella estación donde la blancura lo llenaba todo para poder hacer ángeles sobre la nieve y también jugar junto a sus amiguitas lanzándose bolas de nieve. Una actividad que la llenaba de ansias profundas. Ese día tampoco fue la excepción y de inmediato se puso a buscar a su mejor amiga Mariana con quién compartía una relación amistosa estrecha, la muchacha se encontraba todavía acomodada en su cama y dormía plácidamente hasta que ella la movió de un lado al otro para que despertara de inmediato y así pudieran las dos salir a jugar. Gruñó en respuesta porque no quería despertarse a esa hora. Solía dormir hasta que una de las encargadas del orfanato ingresara y sonara aquella campana. —No seas así Mariana, vamos a jugar afuera, mira que ya ha llegado el invierno y todo está demasiado hermoso. Tienes que venir conmigo, despierta por favor, por favor, te lo suplico... —le decía de forma repetitiva tanto así que la chica adormilada aún, no tuvo más remedio que levantarse de aquella cama y echarse a andar hacia el exterior no sin antes ponerse acorde. —Emireth, es que nos van a regañar ¿no ves que aún no han hecho sonar la campana? —puso los ojos en blanco mientras le daba la advertencia que a la aludida no le daba miedo. No era suficiente para quitarle las ganas que tenía de ir afuera y disfrutar de la llegada del invierno. Apurada se dirigió al cajón de sus cosas y buscó aquel viejo abrigo que le había regalado marina antes de marcharse a su nueva casa. Así era, marina y ella habían formado un vínculo especial pero la niña 4 años menor que ella fue adoptada hace algunas semanas y la extrañaba un montón, al menos tendría algo para recordarla como aquel viejo abrigo que la protegía del frío. Mariana se le quedó mirando y también se dirigió a su cajón para hurgar entre las cosas y seleccionar aquel abrigo de lana que le dio una de las encargadas del orfanato. En ese momento ingresó Luciana haciendo sonar la campana respectiva y dándole un caluroso Buenos días. Era una mujer bastante cariñosa a pesar de que tenía poco tiempo trabajando allí y justo su personalidad dulce la había hecho encajar perfectamente en aquel ambiente lleno de tantas niñas quienes le tenían un profundo respeto y aprecio a la muchacha. Además de que sí ella se lo pedía, por la noche solía venir y quedarse más tiempo de lo normal para narrarle un cuento. En ese entonces las niñas formaban un círculo y ella se quedaba en el centro mientras le contaba una bonita historia y se fueran a la cama en paz. Así que podía decir que las cosas en el orfanato no eran tan malas incluso cuando ella quería ser parte de un hogar. ... —niñas tengan mucho cuidado con alejarse de la propiedad ya saben que pueden jugar pero siempre siendo muy precavidas y cualquier cosa que pase nos avisan. —Así lo haremos. Tiró del brazo de Mariana para llevarla a ese lugar donde había un muchísimos árboles altos todos cubiertos de nieve. La verdad es que no había una estación tan preciosa y maravillosa cómo lo era el invierno. Emireth sonreía sin parar y se reía mucho al lado de su amiguita quién se contagió de su alegría vivaz y eterna. Le gustaba pasarla bien junto a la joven. Ambas estaban tranquilas pero de pronto Emireth, tropezó con una piedra y se fue de bruces contra el suelo cubierto de nieve; aquel incidente le lastimó la rodilla y ya se encontraba sentada sobre sus glúteos mientras lloraba un poco y se quejaba debido al ardor que se extendía en la zona afectada. Mariana abrió los ojos de par en par y se tapó la boca al tiempo que se acercaba a ella para auxiliarla, pero lo mejor era ir con Luciana y contarle lo que había ocurrido para que ayudara a su amiga quién no se sentía nada bien. —Me duele demasiado, auch, el dolor es terrible —decía mientras comenzaba a dejar salir el llanto típico de una pequeña. Además de que era justo tras sentir ese dolor en su piel, la sangre salió un poco y pintó el suelo con su carmesí no estaba exagerando al quejarse de tal manera. Sinceramente le dolía bastante y solo quería que llegara Luciana y curara esa herida. Nunca le había gustado ver sangre, tampoco es que sentía cierta fobia hacia eso, pero se asustaba tan solo de ver que el líquido de color rojo no dejaba de salir de su piel. Miró con ojos malos a la piedra con la que había tropezado, como si esta de alguna forma tuviera la culpa y no su andar distraído que ocasionó su ida de bruces. Luciana llegó de inmediato y se la llevó en sus brazos hasta el interior del orfanato, pero no hacia el dormitorio, se había dirigido a esa zona en la que había una enfermería y Camila la encargada del lugar, la recibió con una enorme sonrisa y la calmó antes de dejarla sobre la camilla y pronunciar que todo estaría bien, que no debía llorar porque lo sucedido había sido tan solo un incidente que le dejó una chiquita herida que se iba a curar más rápido de lo que imaginaba. Además le entregó una paleta de fresa para alegrar esa carita triste y borrar las lágrimas de sus ojos. Mágicamente ya sonreía y se comía la paleta tranquilamente mientras la enfermera Camila le limpiaba el herida y terminaba por colocar una curita sobre su piel. —¿Entonces podré jugar afuera otra vez? —le interesaba saber con demasiado urgencia, no quería perderse un solo minuto del invierno solo por tener esa herida allí. Camila, alargó una mano y acarició dulcemente su mejilla antes de responder. —Por supuesto que puedes salir a jugar, solo te pido que tengas más cuidado y no vuelvas a acercarte a esos lugares en donde hay demasiadas rocas, porque puedes volver a tropezar y quizás no solo sucede esto, sino algo peor. —Lo voy a tener en cuenta, Camila. —Eso espero chiquita preciosa, ahora ve allá afuera con Mariana que está esperándote. —y le guiñó un ojo antes de bajarla de la camilla. Emireth correspondió y le regaló una sonrisita antes de irse lamiendo su paleta de fresa. Mariana chilló al verla y le dio un corto abrazo antes de retirarse dos pasos de ella y quedarse viendo la paleta, arrugó el ceño. —¿Sabes qué es lo único bueno de que te sucedan estas cosas? —expresó, un poco divertida a la vez. —No. —Es que siempre que uno se lastima, entonces Camila nos da un dulce —y se encogió de hombros. La aludida asintió con la cabeza comprendiendo a lo que se refería y le ofreció un poco de la suya, pero la niña en respuesta arrugó la nariz, y negó con la cabeza. —No, ya tú la has llenado completamente de tu saliva Así que no quiero pero gracias. ¿Podrás jugar? —Bueno... tú te lo pierdes. Y sí, claro que puedo jugar. Camila me dijo que tuviera cuidado con acercarme a las piedras porque podría caerme de nuevo así que mejor vamos a quedarnos cerca del resto. —emitió sacando el labio inferior un poco fatigada con la advertencia Era una chica bastante inquieta. Al final las dos terminaron volviendo con los otros niños. El orfanato constaba de dos enormes edificios, uno dedicado para el cuidado de niños varones y otro para las niñas. De este modo no sé mezclaban salvo en el receso como sucedía ahora. Habían pequeñas de dos años y los más grandes ya cumplían trece años, incluso estaba una jovencita que alcanzó la edad de los quince años y seguía viviendo en el orfanato. Cada vez que venía una familia con la ferviente decisión de darle un hogar a uno de esos pequeños huérfanos y resultaba que ella no era la elegida, entonces se acordaba de Jessica la adolescente de quince años que seguía allí. Sinceramente le daba un poco de tristeza y temor llegar a esa edad y continuar ahí. Quería ser parte de una familia, era un sueño para ella y deseaba que de volviera realidad. Y a pesar de las desilusiones que había vivido, no perdía la esperanza de algún día ser parte de una mesa o recibir el beso de buenas noches de una mamá que la quisiera tanto como ella ansiaba con fervor las ganas de tener una figura materna a su lado, y también quería tener a un progenitor qué la amara con todo su corazón y le narrara un cuento cómo lo hacía Luciana por las noches. Todo eso formaba parte de un sueño gigantesco que parecía ser efímero y algo que nunca iba a ser parte de su realidad. La campanada volvió a sonar y esta vez para anunciar a todos que debían dirigirse al comedor, donde se iba a servir el desayuno. Evitó correr hacia el gigantesco salón y su amiga Mariana también caminó despacio, hacia el sitio donde todos fueron llamados; cada niño tenía su lugar asignado y ellas dos por casualidades de la vida iban a la par. El menú de ese día consistía en un delicioso sándwich de jamón, queso, lechuga tomate y cebolla. Pero a la joven no le gustaba para nada el tomate era una cosa detestable para ella y por suerte a Mariana le encantaba por lo que sin que alguien la viera sacaba del pan las rodajas de lo mismo y se las daba a su amiga quién gustosa las tomaba y se la colocaba a su comida. —La verdad es que no sabes lo que te pierdes, el tomate es una fruta muy deliciosa. —Mariana sabes que no me pierdo de nada, el tomate es asqueroso y no me gusta y no lo veo como una fruta. ¿Cómo podría ser una fruta? —Deberías salir un poco más, entonces lo sabrías, el tomate es una fruta y no un vegetal o cualquier otra cosa rara que se te ocurra decir. Típico de niñas ya se embarcaban hacia esa dirección de una disputa tonta y sin sentido, pero claramente Mariana tenía razón, el tomate no era un vegetal u otra cosa, sino una fruta, aunque sonara extraño. —Bueno, supongo que debo preguntarle a Luciana, ella me sobra decir si lo que tú dices es verdad o no. —Hazlo, yo tengo razón —presumió batiendo las pestañas mientras luego perdía la sutileza y le daba un enorme mordida a su pan. En todo caso, tuviera razón o no, la joven no se quedaría con la espinita de la duda, no era una buena perdedora, incluso si se trataba de darle la razón a su mejor amiga por lo que la joven resolvió ir con Luciana y hacerle la pregunta. —¿Qué sucede pequeña Emireth? —Es que quiero hacerle una pregunta, ¿es cierto que el tomate es una fruta o un vegetal? Luciana sonrío, no se esperaba qué le hiciera esa pregunta. —Sí, así es. El tomate es una fruta, Emi. ¿Quién te lo he dicho? ¿No lo sabías? —Bueno, digamos que no estaba tan segura, pero ahora que usted me lo confirma entonces ya me convenzo de que sí es así. —emitió con una sonrisita en los labios. Esa fue una de las tantas veces que la niña se animó a preguntarle sobre alguna cuestión, sucedieron otras inquisiciones incluso las más disparatadas y otras que comprometían a la pobre Luciana a ponerse en una situación incómoda, sobre todo cuando emireth crecía y se convertía en una jovencita un poco más curiosa de lo habitual. Entonces todo cambió ese día. Se encontraba en el patio con Mariana, cuando de repente llegó un auto bastante moderno y se veía lujoso a simple vista. Ambas quedaron completamente boquiabiertas al ver a la mujer que bajó de aquel coche tan pretencioso. Ella se parecía a una famosa o algo parecido, nada más por todo ese look que se cargaba. Mariana un poco más atrevida, se le ocurrió acercarse a la mujer recién llegada y preguntarle si ese abrigo que llevaba puesto había sido confeccionado con piel de un tigre real. Emireth, creyó que la mujer se iba a molestar por lo que le preguntaba su amiguita pero todo lo contrario, sucedió que la fémina bien arreglada se agachó y acarició su mejilla mientras le explicaba quién en efecto el abrigo que llevaba puesto era de un pelaje real y muy costoso. Se quedó sorprendida al escuchar ese dato y se lo contó emocioanda a su amiga aunque esta también ya había escuchado lo que le había dicho a la mujer. —La verdad es que no sé por qué te emocionas, eh. Lo que ella lleva colocado es un abrigo de un pobre animal que murió solo para eso. —dijo poniendo mala cara. Entonces Mariana se puso triste por saber eso que yo no lo sabía o había ignorado aquel detalle, hasta que su amiga se lo recordó y se sintió un poco mal al saberlo. De un momento a otro, la alegría que sentía se extinguió y suspiró hondo. No entendía por qué alguien tendría que matar a un animal para usarlo de abrigo, entonces abrió los ojos de par en par y se preguntó si el abrigo que ella tenía también había sido hecho con la piel de algún animalito. La sola idea y le apretó el corazón y se sintió un poco asustada. Para salir de dudas se dirigió hacia Luciana y le preguntó al respecto la mujer la tranquilizó y le explicó que aquel abrigo no era exactamente de la piel de un animal. —Bueno, ya me puedo quedar más tranquila. Me aterraba que no fuera así. Luego volvió con su amiga y continuaron jugando como si nada. Sin embargo cuando llegó la tarde,Emireth fue llamada a la oficina de la directora del orfanato, mientras iba con Luciana hacia la dirección se hizo una y mil preguntas en su cabecita, no entendía por qué fue llamada hacia esa oficina. ¡Que ella supiera no se había portado para nada mal! más bien había sido una niña buena esos días. Omitiendo claramente el incidente qué sucedió cuando se cayó por haberse alejado un poco. Además no sé atrevía a preguntarle a Luciana, algo le decía que hizo algo malo de lo que no se acordaba y ahora iban a regañarla por aquel hecho. Trató de tener oxígeno en sus pulmones y calmarse, quizás no todo era lo que ella creía y se estaba alarmando por una tontería. Al ingresar a la oficina con lo primero que se encontró además de la anciana ubicada en su silla frente al enorme escritorio, es que otros dos par de ojos se clavaron en ella de una forma que la hizo sentir extraña y también nerviosa. Era esa mujer con aquel abrigo enorme y extraño, también un hombre estaba presente, seguramente su marido.
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