2

3374 Words
Narrado por Emireth La gélida brisa de la noche no erizó mis vellos, lo hizo él. Sus largos dedos danzaron dulcemente sobre mi piel, despertando sensaciones que solo entonces supe que existían. La manera como lo hacía me gustaba, lo que provocaba en mí, eso, también me asustó. ¿Por qué de pronto hacía tanto calor? ¿Qué era ese hormigueo en mi vientre? No entendía lo que estaba ocurriendo con mi cuerpo, sea lo que fuera era algo distinto, muy lejano a lo que ella solía sentir y también le afectaba demasiado para hacer algo considerado normal, de hecho estaba segura de que iba en contra de las reglas, unas que en ese momento siquiera sabía que estaba rompiendo. Mi corazón iba tan rápido que me daba temor en cualquier momento sentir que me corazón se saliera de mi pecho y me abandonara hasta causar la muerte. Pero nada exageraba al decir que iba tan deprisa, tan fuerte y golpeaba mi pecho de una forma bestial que me asustó. A la vez que la incitación de sus labios me invitaban, no me detenía a lanzarme y dar ese paso a lo desconocido, a lo incierto, algo que no me aseguraba nada y quizás solo me traería problemas, no lo sabría hasta después de un tiempo cuando las cosas obtuvieron su consecuencia. Definitivamente debi poner un límite y no lo hice, era algo que se salió completamente de mis manos. Max estaba sobre mí, pero sin lastimarme. Minutos atrás solo conversábamos observando la luna y su reflejo en el lago, ahora todo parecía tomar otro rumbo. Y ese camino se tornaba aterrador pero también atractivo. La inexperiencia hacía de ese momento un instante oscuro, pero había un poco de luz alrededor de nosotros, incluso estando tendidos bajo la tenue luz que regalaba la luna y era cómplice de la locura que estaba desatándose entre nosotros dos. Tragué duro mientras era consciente de la proximidad de su rostro al mío, de su forma de verme tan diferente a como solía hacerlo y la verdad es que yo también lo estaba mirando de una manera que no sabía si existía, era casi irreal. De hecho tuve la intención de pellizcar alguna parte de mi piel para despertar de lo que estaba aconteciendo. —Max… —lo llamé mientras no dejaba de ver esos preciosos ojos que tenía ahí, en los que ahora me perdía lentamente y sin retorno alguno, trataba de comprender por qué motivo nosotros estábamos en aquella situación de mirarnos de hito en hito sin retroceder un poco a la cordura, esta había quedado atrás y la abandonamos a diestra y siniestra sin importar lo qué ocurriría sin ella en nuestras vidas. Igual ya estábamos perdidos y no teníamos solución para devolver el tiempo atrás. Eso me decía mi lado irracional, al tiempo que una parte mía desconocía todo. Sus profundos ojos azules no dejaron de pasearse por mi rostro, sus labios nunca borraron la linda sonrisa que tenía. Esa mirada vivaz estaba tan oscura como la noche. Mi respiración comenzaba a ser errática y la suya entrecortada. ¿Qué estábamos haciendo? —¿Te dije alguna vez lo hermosa que eres, mi ángel? —susurró tan cerca de mi rostro que pude sentir su cálido aliento rozar mi mejilla. Toda la sangre subió a mi cara enrojeciéndola por completo. No era la primera vez que me llamaba de esa forma, pero sí en aquellas circunstancias; con ese tono ronco y grave que parecía brotar de otros labios y no del Max que conocía. —Lo sé s-siempre me lo dices —titubeé absorta en sus movimientos. ¿Por qué latía tan rápido mi corazón? Volví a tener una arritmia alocada que no sé acomodaba con nada. Suspiré profundo mientras desviaba los ojos para evitar que fuera testigo de mi sonrojes, un acto estúpido tomando en cuenta que seguía de frente a frente a su lado. Era consciente de todo ese efecto que tenía sobre mí, cosa que yo desconocía en ese instante hasta cierto punto y lo olvidaba por completo, minutos después. —Y deseo demostrártelo con hechos. Me gustas tanto Emi, mi Emireth hermosa. —susurró hundiendo su rostro en mi cuello. Su respingada nariz causó cosquillas en la zona, su boca espasmos en todo mi cuerpo. Succionaba con delicadeza y eso me nubló los sentidos. Era muy joven para comprender lo que ocurría, o diría que tomara al no saberlo. Tampoco es que era una infante, pero aún recordaba que años atrás jugaba con muñecas, al té cada tarde en el jardín, era lo más emocionante hasta que todo se resumió a nada comparado con lo que estaba conociendo. ¿De esto se trataba la vida? Iba mucho más allá de lo que imaginé, de lo que alguna vez en mi corta existencia creí. Ahora la vida me lo enseñaba de esta manera y no estaba dispuesta a escapar, ni siquiera estaba segura si tenía en mis manos la huída y no quería escapar para ser sincera. Maximiliano a esta edad, ¿ya habría hecho esto alguna vez? Bueno tampoco era un niño, tenía 19 años, Así que obviamente era un experimentado comparado conmigo que solo tenía 18 años. Vale, Yo tampoco era una pequeñita como para alejarme del concepto de lo que sucedía, digamos que crecí en una burbuja y ni siquiera ser curiosa me sirvió para alimentarme de lo que la vida significaba, iba más allá de pasar un buen rato jugando o viendo las cosas desde una perspectiva inocente. Entonces ya no había forma de que la reversa llegara para nosotros, habíamos entrado a ese túnel dónde solo dos personas sabrían recorrer su interior de una manera que no se explica y simplemente se siente dinamitas y como si volaras al cielo, aunque luego con el retorno de la cordura te caigas de golpe y te duela el impacto. Sus labios habían tomado los míos en un enredo que se fusionó de forma perfecta y ahora se movían suavemente en un baile que evocaba a un baile de dulce y sutil y no estaba preparada para siquiera el mínimo roce pero algo fuera de mí y desconocido me empujó a continuar con el acto y darle la correspondencia que de seguro buscaba de mi parte. Ya había aceptado la danza, no solo eso también tumbarme con él, a las telarañas de esas sensaciones que se desplazan por todo tu cuerpo y te elevan a lo más alto y te sacan de órbita y te hacen sentir que nada más importa solamente tú y esa persona que tienes al frente y te hace sentir de todo en tampoco y te lleva a conocer la intensidad de hasta el mínimo toque. Sus manos buscaron la forma de quitarme el lindo vestido rosa veraniego, que la señora Cooperfields me había obsequiado semanas atrás, ella era mi madre adoptiva y la progenitora de Max. El precioso vestido, un obsequio que yo valoraba bastante, acabó por allí tirado y la verdad es que no me importaba en donde había caído, o si cuando él lo aventó a alguna parte de allí se estropeó. Eso no tenía la mínima importancia cuando estaba viviendo algo más relevante y poderoso en mi vida. Ni siquiera un tornado era la palabra adecuada para describir todo lo que estaba sintiendo y experimentando de una forma fuera de lo normal, etéreo y podría decir que traspasaba mis límites. Maximiliano era el causante y yo me rendí a él de forma extraviada, a su Merced. Pero una razón demasiado fuerte me acribilló la cabeza despiadadamente, mientras me apartaba de él para negar con la cabeza y tragar duro, me sentía mal aunque el arrepentimiento duró tan poco que no pude hacer nada más. Ya había cedido de nuevo él. No me prometió el cielo con palabras, de una vez pasó al hecho y me llegó al mismísimo cielo con cada caricia que le regalaba a mi fisonomía, temblorosa. Así es, temblaba casi como una gelatina colocada sobre un terreno inestable. De todo ocurría dentro de mí y una bomba estaba a punto de explotar. Sabía que sólo compartíamos el apellido y que por nuestras venas no corría ni una pizca de la misma sangre, aún así lo que hacíamos era bastante malo. No quise detenerlo, se sentía muy bien para ser realmente pecado. La maestra nos había explicado que ningún chico de nuestra edad podía demostrarse demasiado afecto que fuera inapropiado. Los detalles que dio esa mañana, —en la incómoda charla— estaba pareciéndose a lo que hacíamos. A eso que estaba a punto de suceder, pero entonces yo no lo sabía. Cuando logró dejarme expuesta sentí la necesidad de cubrirme, no lo permitió. Empezó a dejar una hilera de besos desde el centro de mis pequeños senos. Apreté los puños removiéndome bajo su cuerpo, tanto como si fuera una lombriz. —Son perfectos —aseguró dejando besos pringados —No voy a hacerte daño, confía en mí. Esas palabras se escuchaban a lejanía, yo siempre confiaba en él pero tenía miedo. Dejé el forcejeo y lo miré inquisitiva. Mi pecho subía y bajaba al punto de resollar. —¿Max… —Cierra los ojos Emi, solo disfrútalo mi ángel, pero si quieres que me detenga entonces lo haré ¿Quieres qué pare? —emitió mientras tomaba el elástico de mi ropa interior. Quise decir No, en cambio asentí temerosa, a la vez que ansiosa. Él parecía saber lo que hacía. Esa noche sus labios ahogaron el grito de dolor que emanó desde el fondo de mi garganta. Algo dentro de mí se había roto, él había traspasado una barrera de la que no tenía idea. Lo sentí en mi interior y fue extraño. ¿Por qué Max estaba invadiéndome? Su cuerpo sudoroso y caliente al igual que el mío. Terminó moviéndose, haciendo cada embestida incisiva. Esa boca contrarrestó la molestia interna y pronto a su ritmo, al son de su vaivén mi mundo colapsó. Infinitas oleadas de electricidad me sumergieron en la satisfacción de placer que nunca jamás viví. Cayó laxo a mi lado, intentando como yo, recomponerse. Eso fue indescriptible y muy en el fondo supe que mi perdición. —Yo también te quiero Max —admití agitada. El incesante aleteo comenzó de nuevo a dar vueltas y vueltas en mi estómago. Estábamos tendidos al intemperie, completamente desnudos sobre el prado. Lo miré de perfil algo distraído en el cielo, fue inevitable sonrojarme al notar su intimidad. Entonces ladeó la cabeza y me atrajo a él permitiendo que apoyara mi cabeza en su pecho. —¿Qué hicimos Max? —Hicimos el amor, Emi. ¿Te lastimé? ¿El amor? ¿Eso no era lo que hacían las parejas? Pero nosotros ¿Por qué? —Estoy bien… deberíamos volver a casa ¿qué pasará si nuestra madre nos descubre? —Inquirí preocupada. Besó mi frente y bastante relajado respondió —Mamá tiene el sueño como una roca, ni hablar de nuestro padre. Sonreí exhalando. —¿Max? —Dime Emi… —Nunca me vas a dejar ¿verdad?. —¿Por qué lo haría? Eres importante para mí, más de lo que crees y no me apartaría jamás de tu lado. Es una promesa —añadió juntando nuestras frentes. Confíe en sus palabras, en esos perfectos ojos azules que no dejaban de mirarme con un extraño brillo. Le di un corto beso en los labios a modo de agradecimiento, también pretendía demostrarle lo mucho que él me gustaba. Me correspondió con vehemencia y temblé como hoja entre sus brazos mientras la magia ocurría y nosotros volvíamos a perdernos por ese mismo trayecto. Solo la luna, el lago y nosotros fuimos testigos de lo que él desenfreno de la juventud puede causar en dos almas destinadas a estar juntas. Sin pensar lo que pasara luego o si habría consecuencias. … Desperté sudorosa, la tenue luz de la luna se colaba por la ventana entreabierta al descuido. Estaba tan cansada que debí olvidarlo anoche. Me quedé unos segundos observando el cielo de la madrugada apenas esclareciendo, el viento ligeramente frío acarició mi rostro, haciéndome temblar en mi lugar. ¿Por qué no estás aquí? ¿Por qué tuviste que irte y dejarme con éste enorme vacío? No me percaté de que varias lágrimas descendían con travesura, mojando su camisa, una de las pocas cosas que tenía de él. Su aroma se había ido hace mucho de esa prenda de vestir pero lo que significaba para mí, seguía ahí, manteniendo vivo los recuerdos, su esencia conmigo. Aun cuando las promesas se rompieron, la burbuja en la vivíamos ese tarde explotó y la felicidad se desvaneció, había mucho de lo que fuimos alguna vez, en el presente. Sé que en el suyo también. Eres mi ángel, leí el grabado en el brazalete que me regaló a los nueve, jamás me lo había quitado. Sentía que mientras más conservaba conmigo esos detalles que nos forjaron, él estaría cerca. Siempre… Observé con nostalgia la fotografía sobre la mesita de noche. Hacía varios años atrás que fue tomada, estábamos en la playa abrazados y con una enorme sonrisa en nuestros rostros. En ese momento solo tenía ocho y él trece. Jamás lo olvidaría. Odiaba que se acabase todo, nada debió terminar de esa manera; cometimos errores, pero el precio fue demasiado alto. Aún seguía mirando sus ojos azules, esa sonrisa roba suspiros, sus labios. Podía sentir su tacto en mi piel, la manía que tenía de tomar un mechón de mi cabello y aspirar el aroma a flores que emanaba. —*J’adore la douceur de tes cheveux, mon ange —me había dicho cuantiosas veces en el perfecto francés que sonaba tan etéreo de sí. —Es sólo un champú, Max —le respondí dejando que acariciara mi coronilla. Suspiró juntando sus labios en mi frente, contagiándome de su risa vibrante. —Lo sé, pero lo hace mi favorito el hecho de que seas tú quien lo use. En realidad Maximiliano no sólo estaba en mis sueños, también en la realidad. La que me pertenecía y me fue arrebatada. Si estuvieras aquí todo sería diferente. Sí él estuviera presente en mi vida. El infierno no existiría y tal vez podríamos estar juntos, no lo sabría decir con certeza mucho menos cuando la vida se empeñó en ponernos demasiadas trancas y lo alejó de mí, aunque era el destino que había trazado. Otra vez quería ponerme a llorar como una tonta. No podía dejar de pensarlo y esa noche al igual que las anteriores lo había hecho demasiado, lo extrañaba de una forma que no sabría explicar y mi corazón dolía cada vez que retrocedía atrás en mi cabeza y traía devuelta todos esos recuerdos que los dos forjamos de una forma especial y los guardamos al menos yo, lo había atesorado. Volví a la cama y me acomodé adoptando una posición fetal mientras trataba de conciliar el sueño, era difícil en esa situación porque la causa del insomnio se debía a mis pensamientos encaminados a su ser. Lo echaba demasiado de menos. Extrañaba su sonrisa, sus ojos, su forma de tratarme antes y después de lo que ocurrió entre nosotros. Sé que la razón de su oda se debía a algo importante, como sus estudios, quería formarse un profesional. Y eso yo lo entendía completamente, lo que no me entraba en la cabeza era que fuera tantos años y no se puso a reflexionar un poco en que cada día estaría lleno de ausencia. Yo no lo tendría a mi lado y él no me tendría a mí. Me dolía recordar que alguna vez me dijo que nunca me dejaría, sin embargo que no estuviera a mi lado se sentía a eso, a un abandono. No importa que se le buscara otra palabra para definir lo que era, me había abandonado. Consciente o no, ya estaba derramando lágrimas y más lágrimas sobre aquella almohada testigo de todas las noches que lloraba y lloraba sin parar. Cada noche era lo mismo, su recuerdo dolía demasiado y era justo cuando la noche o la oscuridad de la misma lo envolvía todo, que una lluvia de momentos vividos en el pasado retornaban a mi cabeza de una forma que me afectaba demasiado. Ni siquiera por dormir con su camisa era suficiente, necesitaba de su presencia que físicamente estuviera a mi lado y estuviera al tanto de la situación que vivía, una injusticia a pesar de que no hice las cosas bien. Las consecuencias habían sido más de lo que yo imaginé cuando tuvimos relaciones. Es que jamás pensé que mis padres adoptivos, sobre todo esa mujer fuera capaz de hacerme la vida un infierno a raíz de lo que yo hice. Todos los humanos cometíamos errores y yo no era alguien fuera de ese concepto. También era una persona y fui tonta, no fue precavida y sé que no fue lo correcto como actúe, sin embargo merecía una oportunidad de su parte. No recibir este trato tan hostil e indiferente de ahora. Lo que más me dolía era que ese fruto de Max y mío, me había sido arrebatado de una forma que apretaba mi corazón y lo destrozaba. Definitivamente no le deseaba esto a ninguna persona, mucho menos a una madre vivir esta situación tan injusta Intenté dormir una y otra vez dando vueltas y vueltas sobre aquella colcha, acostumbrada a mis giros nocturnos pero no podía hacerlo, esta vez el insomnio había surgido demasiado fuerte y me ganaba. Ni siquiera la ardua jornada del día ayudaba, porque no importa cuánto cansancio hubiera en mi sistema, simplemente no ocurría la somnolencia. En estos casos lo mejor era levantarme de mi cama, salir de la habitación y dirigirme a la cocina por un vaso de agua y quizás sentada sobre un taburete llegara el sueño que tanto quería. Sin embargo, debía pensar en las reglas de la casa y una de ellas era, que la servidumbre no tenía derecho a estar husmeando por allí cómo se le llamaba a eso. Parecía mentira que de un momento a otro había pasado a ser la hija adoptiva a una simple sirvienta a la que todos los días sin importar el daño que me ocasionará a mí, me hacía sentir como basura e inservible. Tampoco dejaba de repetirme lo idiota que había sido al enredarme con su hijo. Me consideraba una cualquiera, incluso no dejaba de decírmelo en la cara. Sin importar que alguien me viera por esas horas andando a través de la casa, dejé la cama y abandoné la habitación caminando rápidamente pero siendo cauta hasta la cocina. Una vez estuve frente a esa nevera, la abrí y me serví un vaso de agua lleno hasta el tope, aunque de todos modos no iba a ingerir todo ese líquido cristalino. Cómo pensé, me quedé sentada en ese taburete y miré un punto fijo en la pared mientras sentía el desborde de otras lágrimas rodar sobre mis mejillas tan rápidamente. Parecía raro que no me había secado, tanto tiempo llorando no había servido para sacar hasta la última gota de lágrima que habitaba mi cuerpo. La necesidad de soltarlo todo, había estado allí demasiado tiempo y me carcomía y me dolía simplemente no sabía cómo parar. Finalmente empecé a sentir los párpados cansados y bostecé un par de veces, así que lavé el vaso, lo dejé en su lugar y me cercioré de dejar la cocina como si no hubiera estado allí esa noche. Ya estaba de nuevo en mi cama y me acurruqué sobre la colcha, poco a poco el sueño fue rodeándome como una serpiente. Solo que esa a prisión se sentía demasiado bien ya que me alejaba de la realidad para caer en los brazos de la inconsciencia, que en mi situación me hacía demasiado bien. Ya no sabía del mundo, ni de la maldad de todo lo que vivía, era yo y mis sueños. Sin embargo la pregunta rebotaba en mi cabeza una y otra vez torno a lo sucedido, respecto a ese joven que había robado mi corazón y se llevó la mitad con él. ¿Qué pasaría si no fuera un sueño? ...
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD