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2990 Words
»Se juntan los recuerdos del pasado, amontonando en mi presente melancolía« Regreso Al Antaño Verano… Solía ser nuestra estación favorita, porque las hojas de los árboles caían; disfrutábamos verlas alzarse en vuelo o sentirlas crujir bajo nuestros pies descalzos. Reíamos, vivíamos al máximo cada día, como si fuera el último. Quizás nos confundimos en el decurso que a veces pareció detenerse en esos momentos en los que tus ojos se fijaron en mis labios, yo sonreía nerviosa intentando descifrar tus intenciones; pero sólo llegaba tu dulce caricia a mi mejilla, tu voz que hacía de lo demás superfluo. El tiempo se convirtió en monotonía, lento y veloz con tu ausencia. Aún lloraba por las noches, durante el día; el transcurso era demasiado difícil sin ti. Pensé tirar la toalla, pero… ¿Cómo hacerlo, si después de todo tenía motivos para seguir? Era difícil verlo y escucharlo decir mamá, llamar papá a quien realmente era su abuelo, doloroso tenerlo cerca y no poder expresarle lo mucho que lo amo. Siempre que tenía la oportunidad lo traía a éste lugar, y sentados en el columpio lanzábamos rocas al lago. Adoraba ver esa complicidad entre los dos, comprender lo que otros no. … Volví a mis quehaceres antes de que la señora Copperfield notara mi ausencia. En la sala, el pequeño Matthew dibujaba trazos sin sentidos, tumbado sobre la alfombra. En cuanto se percató de mi presencia soltó las crayolas y corrió a mis brazos. —¡Emi! ¡Emi! ¿Quieres ayudarme a terminarlo? —preguntó aferrándose a mi pierna. Sonreí. Eran esos instantes los que daban color a mi opaca vida. ¿Cómo podría negarme ante esos ojitos azules?, Era tan perfecto, no había nada más hermoso sobre la faz de la tierra que él. Nuestro hijo… —A ver, enséñame lo que haces ¿De acuerdo? —dije revolviendo su cabello marrón. Enseguida tomó mi mano y me llevó hasta sus dibujos. Miré de cerca el montón de rayas incomprensibles, bueno tan sólo tenía cinco años, no podía esperar una obra de arte; aunque para mí todo lo que hiciera era tan valioso como una pintura de Picazo o Da Vinci. —Quisiera dibujar como tú, por favor por favor enséñame, Emi —rogó juntando sus manitas. Sus facciones me lo recordaban, esos mismos gestos del pequeño Max de mis recuerdos, estaba frente a mí. Una parte suya y también mía llena de energía, inocencia y dulzura. Así era Matt, mi hijo. Asentí mirando a todos lados. Tenía terminantemente prohibido vincularme más allá de empleada con los Copperfield. Así había sido desde lo que pasó. Me convertí en parte de la servidumbre, dejé de ser la niña que ellos querían, y pasé a ser la chica que día a día repudiaban, sobretodo Marie, la que creí me amaba como una hija. Ahora ellos eran fríos, distantes y las personas más malvadas que conocía. Conservaba su apellido pero perdí lo que alguna vez consideré vida. No quise ser una malagradecida, No fue mi intención cambiarles la vida. Jamás quise sentir una conexión tan fuerte con Maximiliano, enamorarme de él. Fue inevitable la atracción, imposible evitar que surgiera el amor. Mientras le explicaba y él escuchaba con atención, mi cabeza se fue al pasado. No estaba mirando a Matthew sino a ese niño que me protegió, al adolescente que se robó mi corazón, al chico del que me enamoré perdidamente. ¿Cuánto más tendré que seguir esperando, Max? Entonces volví al antaño. —Maximiliano queremos presentarte a alguien muy especial. Oh vamos no seas tímida, linda —me apremió mi nueva mamá y di un paso observando al niño. Él sonrió con tanta naturalidad que me sentí cohibida. ¿Acaso no estaba celoso de ya no ser el único hijo? —Hola Emireth, yo soy Maximiliano pero ahora que somos hermanos puedes llamarme Max; yo te diré Emi ¿Te parece? —expresó sonriéndome y sin verlo venir, él me abrazó. No supe cómo actuar en ese momento, no estaba acostumbrada a las demostraciones de afecto. Miré a mis “padres” pero ellos sólo asintieron, supuse que debía devolverle el gesto, así que lo rodeé escondiendo el rostro en su pecho y por primera vez, sentí el calor familiar. —Eres muy bonita Emi, ¿No es verdad mamá, papá? —comentó algo impresionado. Entrelacé los dedos nerviosa evitando mirar a cualquiera de los tres. ¿Por qué decía esas cosas? —Es preciosa y la niña más especial que he conocido, ya lo verás Max. ¿Por qué no le muestras su habitación? —inquirió mi “padre.” —Estupenda idea, así vamos arreglando lo de la cena —coincidió “mamá” más que satisfecha. Sólo tenía siete, pero era una niña muy perceptiva. Yo vi en Marie la plena convicción de que nos llevaríamos bien y en André también mucha seguridad. No eran los únicos, porque sentí lo mismo cuando… Max me abrazó. Sin darme cuenta su mano estaba enlazada a la mía y pronto me llevó con él. —Vamos, te va a encantar y lo mejor de todo es que está a la par de la mía, eso es bueno porque si alguna vez tienes miedo podrías quedarte conmigo. Imagínate, veremos películas hasta tarde o alguna serie de Netflix… Hablaba sin parar. —¿Netflix? —quise saber mientras subíamos las escaleras, en su apuro di un traspié, afortunadamente no me fui de bruces. —Lo siento, vamos muy veloz, es que olvidé que no eres tan rápida como yo —se disculpó un poco ¿Arrogante? Eso porque no me conocía. En el orfanato solía competir con Sam y Marcus para ver quien llegaba primero al comedor, por supuesto les ganaba aunque luego recibía una reprimenda por parte de nuestra cuidadora. —Y Netflix es lo mejor que existe para entretener, las mejores series y películas. —continuó—. Ésta es tu recámara Emi, pasa. Abrió la puerta para mí. Nos adentramos los dos, mi corazón se detuvo unos segundos y volvió a latir con mucha más intensidad. El rosa y violeta en las paredes, la enorme cama cubierta de un lindo cobertor rosado y sábanas de flores primaverales junto a un montón de muñecas y peluches, me pareció de ensueño. —¿Es un asiento? —Se llama diván —explicó señalando lo que a mí parecer era un asiento a los pies de la cama—. Mira, tienes tu propio televisor, también un balcón. No podía pedir más. —¿En verdad es mía, Max? —no lo podía creer. —Es tuya Emi, en verdad que lo es. Háblame de ti —añadió sentándose en mi cama. —¿Qué debo decirte? —me encogí de hombros y tímidamente me dejé caer a su lado. De cerca noté que sus ojos eran de un azul atrayente, parecía el cielo y también el mar. Eran tan llamativos que creí perderme unos segundos. Sentí un chisporroteo en todo el cuerpo cuando dejó caer la palma de su mano en mi hombro. —Empecemos por tu color favorito, el mío es el azul. Sonreí. —Bueno a mí me gusta el violeta, aunque todos los colores son muy bonitos —solté dibujando una sonrisita. —Tienes razón. ¿Cuál es tu comida favorita, postre y hobby? —Ahm… Puré de papa y pollo, helado de vainilla ¿Hobby? No sé que es eso, Max. —Es algo así como un pasatiempo, algo que te guste hacer, el mío es jugar tenis. —Dibujar, no lo hago tan bien pero a Sam y Marcus le gustaba mucho que dibujara para ellos. —Y supongo que ellos eran tus amigos. —Sí, Sam es de mi edad, Marcus sólo tiene cuatro años —susurré recordándoles. Los echaba de menos; quizá un día volvería a verlos, o no. —Pues harás nuevos amigos en tu nueva escuela. Yo también puedo serlo si así deseas —emitió dulcemente. ¿El quería ser mi amigo? —Está bien, seremos amigos… —También hermanos —añadió elevando una ceja. —¿No es eso genial? * J’aime l’idée d’avoir à nouveau un frère, enfin une sœur à partager. Depuis … Se detuvo abruptamente; de todas maneras no entendí nada en absoluto de lo que dijo en ese raro idioma. —Oye… Bajemos a cenar ¿Bien? —zanjó como turbado. —Si, ya quiero comer —admití avergonzada. —Yo también muero de hambre, mi estómago ruge fuerte como un león —bromeó en pie. Me levanté perdiendo la mirada en las puertas corredizas de cristal que daban al balcón. Al otro lado estaba un armario blanco. —Vamos Emi ¿Qué esperas? —me dio su mano y la tomé. • •Me agrada la idea de tener otra vez un hermano, bueno una hermana con quien compartir. Desde lo de… »Me pierdo entre el dolor, la soledad me atrapa, asfixia estar sin ti; finjo estar bien pero por dentro muero lentamente, porque todo está mal« Peor Que El Estupor Las lágrimas lucharon por salir, me esforcé por no hacerlo en presencia de Matt. No era mi intención confundirlo, más de lo que ya estaba en realidad. Acabé dibujando nuestro lugar favorito, sus ojitos brillaron encantado de verse en el dibujo. —¿Somos nosotros? —inquirió señalando nuestras siluetas dando la espalda sobre aquel viejo columpio de madera. Faltaba colorearlo, pero se lo dejaría a él. Asentí acariciando su mejilla. Sonrió y se colgó a mi cuello bastante agradecido. —Te quiero Emi, gracias por ser tan buena conmigo. Se sintió bien y doloroso a la vez. Lo apreté más a mí, necesitaba sentirlo de ésa manera, urgía a mi corazón una dosis de su ternura. El nudo se atoró en mi garganta, las emociones colapsaron dejándome transida al tiempo que retrospectiva. Debí huir cuando pude, al menos debí intentarlo y no optar por quedarme con la incertidumbre de lo que pudo ser. Ya era demasiado tarde; sólo el retorno de Max podía cambiar el desenlace sombrío que se palpaba en esa casa. Desafortunadamente Marie había dicho muchas veces que su hijo tardaría en volver. Desde París se había hecho cargo de los negocios de la familia así que el panorama era desfavorable para mí. Y si llegaba alguna vez, ellos ya habían inventado una historia a su favor. ¿En verdad eran capaces de engañar a su propio hijo? ¿Tan estúpidos al creer que Maximiliano no se daría cuenta del parentesco? —Yo también te quiero, en realidad te amo, te amo mucho Matt —confesé besándole las mejillas repetidas veces. No me di cuenta hasta entonces que Rebeka, mi compañera de habitación, nos estaba observando. Me separé de Matthew depositando en su frente un beso corto. —Debo volver a trabajar, pórtate bien ¿Si? —Lo haré, Emi. Rebeka me dedicó una mirada de solidaridad. Sonreí asegurando estar bien, aunque estuviera muriendo cada día y mis fuerzas disminuían. La única razón por la que no renunciaba era Matt. Me fortalecía, me daba motivos, le daba sentido a mi vida cada vez que parecía perderlo. —¿Estás bien? —preguntó cuando estuve frente a ella. —Descuida —me encogí de hombros. —Emireth… —No Rebeka, por favor —pedí cansada de la misma situación. —De acuerdo, lo que tú digas. Me alejé rápidamente urgida en llegar al exterior, la nostalgia se había adueñado de mis pensamientos, se hacía irrespirable cada que pensaba en el pasado. Era un inevitable martirio y un constante recordatorio de errores y posteriores consecuencias. Ya no quería estar sola, no quería únicamente verlo al cerrar los ojos y despertar con la desilusión de que sólo fue un sueño. Tampoco que nuestra historia se resumiera en recuerdos del ayer sino que siguiera existiendo hoy, en éste presente que aún vivía faltandome su esencia. Echaba de menos la danza de sus besos que con las ansias que inexperta le devolvían mis labios temblorosos, imaginaría que me rodeaban sus fornidos brazos como cuando tenía miedo, pero su cariñosa voz ya era suficiente calmante. Si estuvieras aquí, no estaría viviendo la pesadilla que causa tu ausencia, Max. Pensé desviando mi atención del cielo resplandeciente, de los árboles que se movían con el viento imperioso, que al tiempo de arrancar sus hojas, emitía el suave ulular. Me sentía una hoja seca, pero yo tenía la opción de aprovechar el viento que me hizo caer y alzarme en vuelo o dejar que continuaran pisándome y sólo entonces quedase el crujir de mi alma. … La tarde se llevó una vez más los rayos del sol, dejando pintado en su despido un cielo naranja y rojizo, también llegó el fin de mi jornada laboral. Había limpiado sin parar luego de quedarme dibujando para Matt. Apestaba a sudor, ni hablar de mi uniforme lleno de suciedad y polvo. Asear todo el ático y luego cuatro habitaciones de invitados, me dejó exhausta. Mi estómago rugió recordándome que no había probado un solo bocado después de las tostadas y el café de la mañana. Devolví los instrumentos de limpieza al cuarto de aseo y fui por esa ducha que aclamaba mi cuerpo engarrotado. A diferencia de la habitación perfecta de ensueño que alguna vez me perteneció, ésta era más pequeña, pintada de un aburrido amarillo deprimente, no tenía un balcón y mucho menos el gigantesco armario blanco en el que solía perderme en busca de un vestido. Aquí sólo habían dos camas, una pequeña mesita de noche, el baño común y corriente. También cuadros antiguos de Francia colgado en las paredes y un profundo silencio. Ni siquiera había un televisor pequeño, ninguna de las habitaciones de la servidumbre tenían uno. Así que me hice asidua a la lectura. Rebeka terminó haciendo lo mismo, incluso cuando visitaba a su familia compraba novelas, revistas y las compartíamos. No podía darme ese lujo puesto que trabajaba a cambio de un techo y comida. Era obvio que no recibiría un solo centavo de su parte, no permitirían de ningún modo darme comodidades. Masajeé mi cabello, dejé que el agua se deslizara sobre mi espalda. Bajo la cascada fría pero reconfortante, una lluvia de recuerdos me ahogó. … Me envolví en un albornoz y salí dando un respingo. —¿Te he asustado? —inquirió sosteniendo el brazalete en su mano. Lo miraba despectiva, ella misma lo mandó a hacer en una joyería exclusiva por petición de Max. Temí que ahora quisiera quitármelo. —Señora… —Fue una estupidez, al principio no lo creí así, sólo cosa de niños, pero me equivoqué. No sé por qué te permito conservarlo —soltó sin remilgos. Miré un punto fijo de la habitación intentando contener la rabia, mi propia respiración tornándose errática. —¿Qué se le ofrece señora Copperfield? —pregunté aparentando serenidad. Pero solo quería reclamarle, decirle a la cara lo bruja y vil que era. Deslizó una sonrisa con cinismo. —¿En verdad creíste que eras el ángel de mi hijo? Pura, inocente y perfecta. Terminaste siendo una cualquiera, pecadora y recogida. No eres más que una adoptada de la que cada día me arrepiento haber dado mi apellido —escupió resentida—. Has manchado nuestro nombre, suerte que cubrimos un poco de la porquería que causaste. —No es necesario que me lo recuerde, ya me lo ha dicho incontables veces, le pedí perdón a mi… —No te atrevas, insignificante sirvienta, no somos tus padres, solo estás aquí por la absurda lástima que André te tiene. De lo contrario ya estarías en la calle, pero eso no sería problema ¿Verdad? Después de todo allí están tus podridas raíces. Comencé a llorar. Odiaba ser débil, mucho más ante esa mujer irreconocible, pero no pude contener el dolor que causaron sus palabras; como puñaladas atravesándome el corazón. —Deja de lloriquear, Emireth. ¡Basta de ser infantil! —farfulló embravecida —¡¿Cómo puede ser tan hostil?! —exploté —. ¡Estoy harta de su humillación, de que me robe el derecho maternal, de sus insultos, de todo éste infierno! Se levantó furibunda por mi respuesta. Había retado al monstruo, sus pasos resonaron fuerte en la madera. Aventó a algún lugar el brazalete y se acercó tomando un puño de mi cabello mojado. Gemí en el acto. —¡En primer lugar, Máximo dejó de ser tu hijo desde el día que nació, no tienes derecho a reclamarlo estúpida desagradecida! —gritó tirando con fuerza de mi cabello, intenté sacármela de encima pero me estaba sujetando con una fuerza sobrenatural. Se empecinaba en llamarle Máximo a Matthew, ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué insistía? —Suélteme, déjeme por favor…—imploré en un hilo. Me empujó abruptamente, caí al piso sosteniéndome la cabeza. ¡Dios! Dolía horrible. Ella estaba más loca de lo que imaginé. La miré horrorizada. ¿Qué sería lo siguiente? —¿Hace falta que te aclare tu posición en ésta casa? —preguntó entre dientes, desafiante. Sollocé en mi lugar, incapaz de mover un solo músculo. —N-no… Tragué grueso. —Perfecto, no te quiero cerca de mi hijo o te vas a arrepentir —amenazó y salió azotando la puerta. Sentí algo peor que el estupor. Mi cuerpo temblaba, dolía mi cabeza aunque no más que el destrozo contundente en mi interior. No pude levantarme, a duras penas conseguí mantenerme consciente. El apetito si Se fue de mi sistema; Rebeka me ayudó a ponerme la pijama y a entrar a la cama. Agradecí que no dijera nada al respecto. —Descansa Emi, dulce sueños. Apreté los párpados deseando no despertar por la mañana. Hacerlo significaba seguir en la misma pesadilla. Ha pasado mucho tiempo que he estado buscando esta vez que extraño »Debo aprender a sentir otra vez, tú me lo enseñaste pero con el tiempo lo olvidé«
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