Tomé todas las botellas de agua y las puse dentro del bolso acomodándolas bien para que no se regaran, al igual que las barras energéticas. Me eché el bolso en el hombro y corrí sin hacer ruido atravesando todo el refugio para alcanzar a Dic. Quién se paseaba libremente por la parte de afuera como si no hubiera un desorden social en la isla. Uno que, estaba totalmente tranquilo, e invisible. Como sino estaba cayéndose a pedazos de pánico, miedo, y enfermos por no se que.
Los grandes ventanales se alzaban frente a mí y todo estaba en silencio. Basura por doquier. Al igual que jeringas y botellas vacías. Papeles y sillas en el piso. No habían cuerpos a la vista. Algo que agradecí internamente. Sabia que no era capaz de ver aquello, tenia los nervios a flor de piel, me sentía como una niña huyéndole al color de la sangre en las heridas.
Cuando entramos no estaba tan mal... Aunque pudimos escuchar el desastre que hubo. La otra mitad del refugio no alcanzaba a ser vista. Cuando el grupo de casi cuarenta personas se separó, para esconderse mejor de los enfermos mientras venía la policía marina a por nosotros, empezaron a ocurrir más muertes. La peor decisión que pudimos tomar fue venir al refugio, dónde claramente estarían los demás cuidándose del desastre, pero ya estaban infectados. No debimos venir. Y lo supimos cuando muchos de nuestros compañeros no volvieron a salir de sus escondites.
Habían muerto, seguramente.
No puedo describir el miedo que Dic y yo atravesamos por días después de separarnos, mientras el único sonido que se escuchaba eran gritos y llantos. Dolor. Angustia. Desesperación.
Así que, no lo pensé mucho mientras atravesaba las grandes puertas con un pañuelo en la boca para evitar oler cualquier sustancia que hubiera en el ambiente. Dejando atrás el refugio y siguiendo a grandes zancadas a Dic por la calle. Intentando llegar hasta el. Dejando atrás nuestro refugio y llevándome el corazón en la mano. Y orando diez veces para que nada nos pasara.
— Apúrate, Sia. La tarde va a llegar y con ella la noche. Sino quieres eso, mueve las piernas más rápido — gritó en medio de la carretera. Haciéndome respingar de terror.
Me hirvió la sangre porque él sabía cuánto me estaba costando salir y mucho más hacer ruidos en el exterior. Dos semanas sin salir, se sentían como una eternidad. El que fuera mi hermano no quitaba lo idiota que muchas veces solía ser. Además de que no actuaba de acuerdo a su edad. Dic parecía más un niño que otra cosa. De adulto no tenía absolutamente nada, además de su forma de actuar con respecto a los asuntos importantes. Siempre impulsivo y sin pensar en las consecuencias.
Como estaba haciendo justo ahora. Mientras caminábamos por en medio de los carros estacionados en una de los canales más pobres de Venecia. Los edificios de habitaciones en cada costado con esas cortinas bamboleándose a cada lado, no daban ni una pizca de tranquilidad. Y menos el agua atravesando las calles, como si el mar travieso hubiese subido. Hundiéndonos más que antes. Hundiéndonos en esta enfermedad. El agua era oscura, como si estuviese contaminada también. Temblaba ahora del miedo.
No podía ver a nadie más que a Dic desde mi lugar, caminando sigilosa y atenta a cualquier movimiento extraño. Los autos y los objetos aún estaban acomodados como si todo estuviese normal. Y eso era lo más perturbador de todo el ambiente. La falta de ruido, las maquinarias moviéndose y, esos botes que podía ver ahora a lo lejos, estaban quietos. Silenciosos. Solos. ¿A dónde se había ido toda la isla? ¿Se habían marchado?
— Sia. — Dic habló sacándome de los pensamientos abrumadores que estaban llegando hasta mí. Giré para verlo, alejándome de los edificios.
— ¿Qué sucede? — susurré espabilándome observando a nuestro alrededor. Todo estaba tranquilo. La brisa chocaba contra mi rostro y aunque deseaba inhalar profundo no lo hice. Preferí aguantarme las ganas y no averiguar lo que podía pasarme si inhalaba el aire equivocado. Si llegase a enfermarme.
— Creo que debemos girar hacia la calle V2, podemos buscar alimento allí, se que hay muchos establecimientos que venden comida, y otras tiendas que no se en que estados se encuentren pero puede funcionar. Veremos si no ha llegado nadie. ¿No te parece extraño que no haya ni una sola persona?
— Si... Tampoco hay c*******s o algo que indique que fallecieron. Ni sangre ni desastres de organos. — me miro inquieto. Habia exagerado un poco. solo un poco...— Y no puedo dejar de pensar en lo que dijiste. Si los infectados mueren y luego simplemente vuelven, esto será una catástrofe. No puedo si quiera pensar en esas células volviendo a la vida.
— Solo olvídate de eso, lo hice para molestarte — sonrió. Pero la mueca no toco sus mejillas. Mentía. Quería tranquilizarme.
No entres en pánico Sia. No entres en pánico.
— Claro...— le seguí la mentira asintiendo. — vayamos hacia allá. No perdamos mas tiempo aquí.
— ¿Quieres tomar agua o comer algo? Te ves muy pálida, podemos descansar antes de cruzar hacia el siguiente canal por esta esquina. — estaba preocupado. Me miró como si tuviese un bicho raro en la cara. Y yo le devolví la mirada. Todo había sido su culpa, sino fuese por el no estuviera tan muerta del miedo.
— Continuemos, no vamos a hacer nada aquí parados lamentándonos por haber salido y ponernos en peligro. Y que conste, que si fallezco todo fue gracias a ti. — advertí empezando a caminar pasando por su lado.— No quiero que se haga la tarde, siempre anochece demasiado rápido y debemos encontrar donde quedarnos.
Pude atisbar como giró los ojos. Haciendo una mueca desagradable para después seguirme.
Caminé hasta la siguiente calle, cruzando en una esquina destruida. Dónde una casa mediana había sido atacada, al parecer habían explotado algo allí dentro. Eran las ruinas de una pequeña casa antigua. Tal vez de muchas generaciones atrás habían hecho uso de ella.
Algo dentro de esa pequeña mansión llamó mi atención, ese tono verde brillando en medio de una ventana. Casi escondido entre el cemento viejo y sucio. Lleno de polvo. Hizo que mis piernas se echaran a andar hasta allá. Sin girarme hacia Dic para invitarle a venir, emprendí mi camino hacia la casa.
Atravesé los escombros sin tocar los pequeños charcos con agua negra que habían gracias al agua que entraba por la parte de atrás. Pude deducirlo por el pasillo que daba a un puerto sin uso detrás de la mansión. Me aterraba la idea de caerme al agua en las condiciones que estábamos así que tuve cuidado de no pisar mal para no resbalar y...
Mi hermano me siguió. Silencioso. Quizá había visto lo mismo que yo, y también le había interesado.
Hasta en ruinas, podía verse la maravilla de hogar que era esta propiedad. Todo en ella gritaba costosa. Y aunque, la sal de la isla estaba comiéndosela, estoy segura que jamás iba a dejar de ser un semejante monumento arrumado en tal esquina de Venecia. Entré a los escombros, pasando lo que fue en un momento la entrada principal de la casa. Viendo como una puerta estaba destruida bajo el barro y el cemento; sepultado.
Me aterroriza la idea de pensar que hubieron personas aquí mientras la propiedad se venía a abajo.
Dic estaba detrás de mi. Dándome apoyo moral mientras yo inspeccionaba la casa en la planta de abajo. Habían artefactos electrónicos tirados por todos lados. Y el agua estaba presente adentro también literalmente estaba hundiéndose la casa. Camine entre ellos e inspeccione la nevera. Esa que aun estaba cerrada junto a la cocina que tenia el horno abierto y las perillas del gas giradas. Ya entendía gracias a que, había sucedido la explosión. No había sido provocada. Había sucedido gracias a la desesperación de alguien por huir. Huir de aquí.
En la nevera no había nada en lo absoluto. Y en las alacenas habían unos cuantos atunes que le ordene a Dic tomar de inmediato. Subí hacia la segunda planta de la casa. Me asome por la ventana que tenían subiendo las escaleras y me dio vértigo, haciendo que me regresara adentro por aire. No entendía que era el objeto verde que vi desde abajo...
— Identifícate. — un arma fue puesta en mi cráneo y temblé.
Mis piernas se volvieron gelatina mientras alguien me halaba hacia el y me contenía con el arma en la cabeza. Tenia que calmarme. Necesitaba saber si esta persona estaba infectada o sana. Era lo primero que...
— Dije que te identificaras, o prefieres un balazo en la cabeza —hablo amenazándome y reaccione volviendo a mi.
— Me llamo Sia. Estoy con mi hermano, Dic. No somos de Venecia pero quedamos atrapados en la contaminación.
— Necesito que digas lo mas importante. — susurro cerca de mi oído pasándome un calor peculiar que me confundió por un momento esfumándose luego. Sentía que era familiar aquella voz pero no podía...
— Sanos. Libres de contaminación. No estamos enfermos, ni hemos estado cerca de uno. Apenas si estamos saliendo de un refugio por comida. No hay infectados ahí.
Remarco el arma en mi cien y cerré los ojos manteniendo la calma. No quería golpearlo, pero sino me soltaba estaba obligándome a eso.
— ¿No hay juego? — pregunto paseando el arma por mi cara.
— A menos que tu estés infectado y por tu culpa yo vaya a morir ahora.
—Eres muy valiente. Sabiendo que podría matarte.
— ¿Podrías soltarme? Casi no puedo respirar y eso me desespera. Tampoco me dejaste terminar la lista que evita mis crisis de ansiedad.
Me soltó lazándome hacia adelante y sino fuese porque sostuve mi peso con fuerza me hubiera caído por las escaleras. Gire mi cuerpo para verle la cara de una buena vez al imbécil que se creía matón de película de ciencia ficción.
Alto. Blanco. Ojos marrones y cabello del mismo color.
— ¿Alex?
Esto tenia que ser una jodida broma. Enserio era una broma de muy mal gusto.
— ¿Sia? ¿Sia estás bien? — Dic escucho mi voz por fin y subió las escaleras corriendo de prisa, y me encontró a medio camino parada en el comienzo de las escaleras — ¿Alex? — de inmediato descubrió la presencia de la otra figura masculina.
Todos estábamos en shock. Especialmente yo.
— Dic, hermano — se le echó encima para abrazarlo de inmediato y darle un par de palmadas en los omóplatos.
— ¿Cómo fue que terminaste aquí? No sabes todo lo que ha sucedido, me alegra tanto verte. Creí que no lo haría nunca más.
— Si lo sé. Se exactamente que ha estado ocurriendo desde que todo empezó. Vine a vacacionar aquí, después de acabar la Universidad y estar libre en el trabajo, no todo sale como lo planeas — carraspeó— No sabia que ustedes también estarían aquí.
— Alex. — de mi boca salió aquel nombre de nuevo llamando la atención de ambos.
No podía creer que el mejor amigo de Dic, Alex, estaba aquí.
Alex, con el que me había ilusionado desde pequeña y había soñado tener un romance, pero, nunca se dio gracias a su indiferencia conmigo. El muchacho que dormía en mi casa y vivía como un chicle pegado de mi hermano.
— ¿Tú eres Alex?