Preámbulo
«¿Beso? Un truco encantado para dejar de hablar cuando las palabras se tornan superfluas»
— Ingrid Bergman
Las lágrimas resbalaban por mis mejillas, mientras el temblor en mis piernas me impedía caminar. Los gritos no cesaban. Me negaba a levantar la mirada de mis pies descalzos, medio escondidos en la paja esparcida en el suelo. Sabía que debía guardar silencio o el monstruo podría encontrarme. Empujaba mis manos contra mis oídos tratando de silenciar el ruido a mi alrededor, sin embargo, resultaba inútil.
De nuevo había sucedido, como tantas veces, desde el último invierno, pero en esta ocasión mamá lo había descubierto. Abracé mis piernas con fuerza cuando escuché unos pasos acercándose.
«Que no sea él, que no sea él»
Suplicaba en silencio a quien sea que pudiese escucharme.
- ¡Nia!
La voz del monstruo me aterraba, por lo que lo único que podía hacer era aferrarme a mis piernas con más fuerza hasta que mis brazos empezaron a adormilarse.
- ¡No la toques!
Más gritos me rodeaban, así que empecé a arrastrarme hacia la pequeña montaña de heno junto a la única vaca que nos pertenecía, el resto había muerto hace varios meses, cuando esa peste arrasó con todos los animales, incluidos gallinas, cerdos y caballos.
El olor de la vaca inundaba mis fosas nasales, sin embargo, lo único importante era ocultarme para que el monstruo no me encontrase.
- ¡¿Cómo pudiste hacerle eso a nuestra hija?!
Las lágrimas acumuladas apenas me permitían ver, pero jamás me detuve. Llegué hasta el heno y me oculté hasta que todo mi pequeño cuerpo desapareció. El heno se colaba entre las telas que cubren mi cuerpo provocándome picazón e incomodidad, sin embargo, jamás me movería, no mientras los gritos continuaban.
- ¡Cobarde!
Cubrí mi rostro entre mis manos, mientras escuchaba que la vaca mugía como si quisiera formar parte de la discusión que ocurría a unos pasos de mí.
De pronto, los gritos cesaron, al igual que cualquier sonido. Creí que el mundo a mi alrededor había desaparecido y cuando descubriera mi rostro me encontraría en mi cama despertando que la pesadilla en la que parecía que me había metido.
- ¡Nia!
El grito de mamá me regresó a la realidad y descubrí mi rostro para encontrarme con heno cubriendo todo a mi alrededor.
- ¡Todo está bien, Nia!
Confiaba en mamá más que en nadie en este mundo, pero jamás me atreví a decirle lo que el monstruo me hacía cuando ella sacaba a las ovejas a pastar.
Decidí ser valiente por primera vez en toda mi vida y salir de mi escondite, dispuesta a enfrentarme a lo que sea que me estuviese esperando allí afuera.
- ¡Oh! Nia.
Cuando mamá me encontró, corrió hasta mí para abrazarme con todas sus fuerzas. Sabía que había estado llorando, al igual que lo hice yo.
- Ya no te hará daño, Nia, lo prometo.
Y confié en su palabra, porque mamá jamás hacía promesas que no podía cumplir.
- Mamá, yo…
La voz se me rompió antes de que pudiese continuar hablando. Suponía que mamá me gritaría o me culparía por lo que el monstruo me hacía.
- No digas nada, Nia.
Lloré en el hombro de mamá hasta que me soltó y pude ver el cuerpo que yacía recostado boca arriba a unos pasos de nosotras.
- Mamá…
- Tenía que defenderte.
Le había llegado el fin al monstruo y lo único que podía hacer era observarlo con atención, mientras mamá me arrastraba del brazo hasta la salida del establo.
A penas habíamos cruzado la puerta cuando nos encontramos con una gran nube negra que flotaba encima del pueblo. Se podía distinguir algunas llamas consumiendo las casas.
- ¿Qué está pasando, mamá?
Al buscar la mirada de mamá me percaté que ella no tenía una respuesta para mi pregunta. Algo muy grave pasaba en el pueblo.
- Debemos irnos.
Mamá corrió hasta la casa, mientras que yo la perseguía de cerca. No sabía lo que ocurría, pero sabía que me debía quedar con mamá sin importar nada.
Mamá tomó de la cocina el cuchillo más grande que había encontrado, para después tomarme del brazo y empezar a correr hacia el pueblo. A medida que nos acercábamos, empecé a escuchar gritos de cientos de personas que suplicaban por ayuda.
- No te alejes de mí, Nia.
Sostuve con más fuerza la mano de mamá, mientras nos acercábamos a las primeras casas.
- ¡No, por favor no!
Un hombre anciano, cuyo nombre he olvidado, corría por las calles gritando al cielo.
- ¡Mi hija, mi hija!
El hombre cayó al suelo justo unos pasos en frente de nosotras. Mamá todavía sostenía el cuchillo con su mano derecha y cuando el hombre la observó, se levantó del suelo para poder llegar hasta mamá.
- ¡Por favor, ayúdame, te lo suplico!
- ¿Qué ocurrió?
El hombre sostuvo el brazo derecho de mamá, impidiéndole que ella pueda utilizar el cuchillo en su mano.
- ¡Ellos se la llevaron! Es mi hija.
- ¿Quienes?
- ¡Northmen!
Su voz retumbó en mis pequeños oídos como si se tratase de la palabra más escalofriante que jamás había escuchado y, de hecho, lo era.
- ¡Por favor ayúdame, no se la pueden llevar!
De pronto, cascos de caballo se empezaron a escuchar acercándose a nosotros. Mamá empujó al hombre para poder correr, sin embargo, el hombre no dejaba que mi madre huya, le tomó del brazo de nuevo y se negaba a soltarlo.
- ¡Suéltame!
- ¡Tienes que ayudarme!
Mamá soltó mi mano para intentar empujar al hombre una vez más y en esa ocasión, consiguió arrojarlo al piso, por lo que aprovechó la oportunidad. Me tomó entre sus manos, cuidando que el cuchillo se mantuviera alejado de mí y corrió hasta que llegamos al bosque.
Podía notar que mamá se encontraba exhausta debido al esfuerzo, pero jamás se detuvo, ni una sola vez hasta que estuvimos a salvo.
Sabía que la noche se acercaba e iba a ser aterrador dormir en el bosque, sin embargo, mamá no permitió que sintiese miedo ni un solo instante. No podíamos encender una fogata, ya que eso podría llamar la atención de los Northmen, no obstante, mamá me entregó la lana de oveja que protegía su cuerpo para que no pasara frío durante la noche.
A la mañana siguiente, desperté con un hambre voraz, sin embargo, no había un solo animal cerca que mamá pudiese cazar. Podía notar la preocupación en la mirada de mamá, sabía que algo atormentaba su mente y a pesar de ser una niña podía comprender que lo que mamá le hizo al monstruo sería castigado por los jefes del pueblo.
Mamá no era una mujer grande que pudiese defenderse, sin embargo, venció al monstruo y me protegió, aunque sabía que ahora era ella quien no podía ser defendida.
- Tengo hambre, mamá, ¿podemos regresar a casa?
El miedo en la mirada de mamá era evidente. En ese momento supe que jamás regresaría a casa o al menos no en esa vida.
- Podríamos buscar algo para cazar.
Mamá fingía una sonrisa para tranquilizarme, aunque era en vano.
El sol se encontraba en lo alto cuando mamá se rindió y regresamos al pueblo, donde quizá sería más sencillo encontrar comida para ambas.
Al llegar, todas las casas habían sido destruidas, incluidas las de los jefes. A lo lejos se podía ver unos cuerpos esparcidos en el suelo, por lo que mamá decidió ir por el camino contrario. Supongo que mamá no quería que atestiguara la masacre que había ocurrido en Bejum, el pequeño pueblo donde solíamos vender la lana de nuestras ovejas.
- No te alejes, Nia.
Los nudillos de mamá estaban blancos debido a la fuerza que ejercía para sostener el cuchillo. Sabía qué mamá sentía miedo, aunque se esforzaba para no demostrarlo.
Varias personas se encontraban reunidas frente a la extraña construcción donde solían reunirse la mayoría de las personas del pueblo y escuchar hablar a un hombre anciano acerca del dios en el que ellos creían. Mamá jamás me llevó a una de esas reuniones, ya que solíamos vivir un poco alejados del pueblo.
- ¡Debemos hacer algo!
- ¡Hay que perseguirlos!
Caminábamos sigilosamente para que esas personas no pudieran notarnos, sin embargo, sus gritos se podían escuchar a cientos de pasos de ellos.
- ¡No tenemos guerreros, no podemos luchar!
- ¡Se robaron a nuestras hijas!
Se notaba la desesperación en la voz de todos ellos. Los Northmen habían raptado a las hijas de los jefes, campesinos y comerciantes. Nadie se había salvado, sin importar que tan poderoso eras.
- ¡Debemos recuperarlas!
- ¡Mataron a nuestros amigos, debemos condenarlos a la horca!
Esas palabras provocaron que mamá se detenga abruptamente, provocando que mi cuerpo chocara con su espalda.
El monstruo era amigo de uno de los jefes del pueblo, de hecho, eran primos. En ese momento no estaba consciente de lo que le ocurriría a mamá por lo que hizo, pero cuando escuché la palabra «horca» imaginé a mamá siendo colgada y las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas.
- ¡Sí, todos los asesinos merecen la horca!
Mamá volvió a tomarme del brazo y me arrastró de regreso al bosque. No sabía a donde nos dirigíamos, pero mamá parecía desesperada por llegar.
Mi estómago rugía como jamás lo había hecho, ni siquiera cuando la peste arrasó con nuestros animales había padecido de tanta hambre.
Cuando llegamos a la cima de la montaña donde mamá solía llevar a las ovejas a pastar, mamá me soltó de la mano. Parecía buscar algo en los alrededores y cuando lo encontró, me tomó con fuerza del brazo para dirigirnos hacia allí.
Conocía muy bien los alrededores porque mamá me llevaba consigo todo el tiempo, hasta que en el invierno anterior enfermé por varios días, provocando que mamá se preocupara por mí y me dejara en casa todo el tiempo, confiando que el monstruo cuidaría de mí.
Caminamos hasta que el sol empezaba a ocultarse. Mis piernas dolían, sin embargo, jamás me quejé. Confiaba que pronto llegaríamos a donde mamá me llevaba y ahí descansaría. Durante la noche, mamá había roto parte de su vestido para amarrar trozos de tela en mis pies y que no me lastimara, sin embargo, no había funcionado adecuadamente y mis pies empezaban a sangrar debido a todas las rocas filosas que había pisado.
Caminaba detrás de mamá con lágrimas en los ojos y un dolor punzante en mis pies. Sabía que desfallecería en cualquier segundo, pero me esforzaba para mantenerme despierta.
Unos gritos a lo lejos llamaron mi atención y cuando levanté la mirada del suelo, encontré a mamá buscando el origen del ruido. Empezamos a caminar en esta dirección y cuando los gritos se hacían cada vez más cercanos, mamá se detuvo y volteo para verme.
- Nia, necesito que hagas algo por mí.
Las lágrimas todavía caían por mi rostro, sin embargo, cuando mamá empezó a hablar, me esforcé por escucharla e ignorar el dolor.
- Te irás con esos hombres y tendrás que obedecerlos.
Su petición me había tomado por sorpresa. Había escuchado cuentos sobre los Northmen. Eran bárbaros que quemaban pueblos y asesinaban personas inocentes, o al menos eso solían decir los niños del pueblo.
- Pero mamá, ellos son malos.
Unos cascos de caballos empezaban a acercarse y por el sonido podía deducir que se trataba de una gran cantidad de animales.
- No, Nia. No son los malos. Ellos cuidarán de ti. Te alimentarán y te darán un lugar donde dormir, lo único que debes hacer es obedecerlos. Ellos no te harán daño. Mi madre nació en uno de esos clanes y contaba que no eran los bárbaros que todos pensaban.
En ese momento no lo pensé, pero debí haber preguntado más al respecto. Supongo que jamás podré conocer la historia de mi abuela y su origen en uno de los clanes Northmen.
- No quiero irme, mamá.
- Pero debes hacerlo, Nia. A mí me ejecutarán y si te quedas aquí morirás de hambre.
Mamá jamás me había hablado de esa manera, pero esa era la verdad y en ese momento no necesitaba que mamá me ocultara la situación que atravesábamos.
- Sé que no quieres irte, pero te prometo que estarás bien. Te he enseñado a limpiar, quizá ellos acepten tener una sirvienta.
No podía decir nada que hiciera cambiar de opinión a mamá, por lo que simplemente asentí.
Mamá me abrazó con fuerza antes de caminar hacia el ruido que producían los cascos de los caballos y cuando llegamos al camino, varios caballos se acercaban hacia nosotras. Hombres de aspecto rudo y con barbas largas montaban los caballos. Parecía que daban un alegre paseo por la manera tan lenta en la que cabalgaban, sin embargo, todos vestían pieles de oso o lobo y llevaban cascos que cubrían gran parte de sus rostros como si estuviesen preparados para la guerra.
Mamá soltó mi brazo para posicionarse justo frente al caballo que lo montaba un hombre de cabello rojizo y gran tamaño. El hombre fácilmente podría asesinar a un oso con sus propias manos y arrancarle la piel, igual a la que llevaba sobre sus hombros.
El caballo se detuvo a dos pasos de mamá y de inmediato, el resto detrás de él también lo hizo.
- ¡¿Qué haces, mujer?!
El hombre a la derecha de, quien supongo era el jefe, levantó el puño lo más alto posible y todos los hombres detrás de él enderezaron sus espaldas como si se preparan para atacar a mamá. Empecé a sentir miedo por mamá, por lo que corrí para llegar hasta ella. Mamá me ocultó detrás de su cuerpo, como si tratara de protegerme.
- Discúlpeme, señor.
Mamá bajó la mirada hacia sus pies. Supongo que trataba de mostrar respeto al hombre tan imponente encima del caballo con el pelaje más n***o que jamás había visto.
- ¡¿Quién eres?!
El jefe sonaba molesto por la interrupción de mamá, sin embargo, todos los hombres alrededor parecían preocupados. Observaban al jefe como si estuviesen esperando órdenes.
- No soy una amenaza, señor, puedo prometerlo.
- ¡Di lo que quieres y vete, mujer!
- Vivía en el pueblo que ustedes y sus hombres acaban de atacar, señor.
La voz de mamá temblaba, supongo que temía a los hombres frente a nosotras.
- ¡¿Buscas venganza o quieres que te devolvamos a alguien?!
El hombre a la derecha del jefe, quien mantenía el puño en alto, abre su mano y todos los hombres levantan sus espadas. Mamá retrocedió un pasó cuando notó que la asesinarían si no se daba prisa.
- Vengo a rogar por su ayuda, señor.
- ¡Ten más respeto, mujer, estás hablando con el Konungr del clan de Garm!
El hombre de la derecha se adelanta para llegar hasta mamá hasta que las patas del caballo llegan a rozar la tela que cubre el brazo de mamá.
- ¡Déjala hablar, Alf!
- Le ruego que se lleve a mi hija, señor.
No podía dejar de observar a todos los hombres sobre los caballos. Algunos parecían sorprendidos, mientras que otros se mostraban molestos, excepto el hombre a la izquierda del Konungr. Se notaba que ese hombre era el más joven entre todos. A penas tenía barba a diferencia del resto, a quienes la barba cubría sus cuellos.
- Debes estar loca, mujer.
- No es así, señor. Escuché que se llevaron a las mujeres del pueblo. Hice algo muy malo y de seguro me condenarán por ello. No puedo dejar a mi hija sola. Se lo ruego, señor. Llévela consigo.
El Konungr se acercó con su caballo hasta mamá y desmontó el animal para poder observarla de cerca.
- De haber estado en Garm serías condenada por abandonar a tu hija, mujer.
- Lo único que quiero es protegerla, señor. Ella no está a salvo aquí.
El Konungr volteó para ver al hombre a la derecha. Pude notar una sonrisa en su rostro, como si toda la situación le pareciese graciosa.
- ¿Qué dices, Alf? ¿Rescatamos a la niña de su malvada madre? Quien parece querer deshacerse de su hija.
La espalda de mamá se enderezó y por un segundo pareció que el miedo se había esfumado de su cuerpo.
- Solamente nos llevamos a mujeres fértiles, esa niña no nos servirá, Konungr.
Alf parecía hastiado de la situación y una vez que terminó de hablar, regresó a la posición que parecía corresponder, es decir, a la derecha del Konungr.
- Entonces no rescataremos a la niña de su madre
- Si tuviese otra opción, no dejaría que se la lleven.
El Konungr caminó hasta mamá para sostenerla del rostro y obligarla a levantar la mirada. Sabía qué mamá volvía a tener miedo, sin embargo, por su mirada podía deducir que no se arrepentía de la manera con la que le habló al hombre frente a ella.
- La última vez que alguien me habló así, Alf le cortó la lengua.
La amenaza retumbó en mis oídos, mientras que lo único que podía hacer era mantenerme en silencio, dejando que las lágrimas resbalaran por mis mejillas hasta caer en el suelo.
- Lo lamento mucho, señor.
- Permite que la niña vaya con nosotros, padre.
Todos los ojos cayeron sobre el hombre más joven. Parecía que era el único que no le temía al Konungr.
- ¿Qué dices, Einn?
- La mujer ruega por ayuda, padre. Demostrémosle que no somos los bárbaros cuyo pueblo cree que somos.
Todos se mantenían en silencio hasta que el Konungr volteó hacia mamá y con una sonrisa en el rostro, accedió a ayudarla.
- Tú ganas, mujer. Nos llevaremos a tu hija y conseguiré que alguien termine de criarla.
- Gracias, señor.
Mamá no parecía feliz, pero tal y como ella dijo, estaría a salvo con ellos.
- Alf, llévala en tu caballo.
Ni siquiera tuve oportunidad de abrazar una última vez a mamá. Alf me levantó del brazo como si no pesara nada y me acomodó en su caballo, justo detrás de él. Cuando volteé para ver a mamá, la encontré con lágrimas en los ojos y con las rodillas en el suelo, mientras todos los caballos volvían a caminar.
Esa fue la última vez que vi a mamá, sin embargo, jamás la olvidaría. Ella fue quien me rescató del monstruo, aunque sabía que ella no tendría salvación.
Ocho veces se ocultó el sol antes de que el barco en el que viajamos llegase a las tierras que poseían el clan de Garm. Tres fueron los barcos que navegaron junto al que me encontraba y dos veces fueron las que me alimentaban durante el día.
Jamás regresé a la isla de Bejum y tampoco quise. ¿Por qué querría regresar al lugar donde conocí al monstruo y perdí a mi madre?
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