Mi pecho pega a su espalda. Al cuero de su chaqueta que está anormalmente tibio teniendo en cuenta el frío que hay. No llevo guantes y las manos las siento heladas mientras avanzamos por las calles atestadas de Nueva York, rumbo a mi casa. No hemos dicho nada. Yo no creo que pueda encontrar qué decir. Mi cabeza es un caos, pero, ahora mismo, es un caos contenido. Porque voy en su moto, abrazada a él para poder sostenerme y sintiendo que dentro de mí todo hierve a fuego lento, a pesar del frío. Tiemblo un poco cuando la moto se detiene en un semáforo. Nos rodean autos en la ancha avenida y dentro del casco que oculta mi rostro, sonrío un poco por esta loca experiencia que él me está regalando. A pesar de que su espalda está dura, tensa; no dudo que por lo que pasó a la salida del edif

