Escucho cómo Diana vomita en el baño, no quiero irme y dejarla en ese estado, ya llamé a Inés para que se quede con ella, mientras trabajo en la finca y cumplo con mis horas de incubadora portátil, aparte de eso, ya Aníbal tiene varios documentos listos, debo verificar que cumplan con todo. Mi mujer salió del baño, estaba pálida mi Pequeña.
—Tu hijo me está dando duro. —La cargué, la acosté de nuevo.
—Si te sientes muy mal, vamos al médico.
—Amor, los primeros tres meses son así, aunque con los gemelos no me dio tan duro.
—Diana hasta el agua, la vomitas.
—Solo consiénteme.
Sonreí, la abracé, comencé a acariciarle el cabello. Inés llegó y mi pequeña estaba dormida en mi pecho.
—Ya le dije a Tomasa para que le preparara una sopita, así la bote algo le queda.
—Gracias, vieja. Desde las cuatro de la mañana está vomitando, anoche también lo hizo.
—Eso es normal. —respondió.
—No quiero verla mal.
—Miguel, está embarazada, por tres meses más Diana va a botar hasta la bilis, lo que si puedes hacer es ir donde la doctora Jones, pídele unas pastillas que le pueda calmar sin hacerle daño al bebé. Anda, debes trabajar, yo me quedo cuidándola.
—Vieja vente unos días —Inés me miró, sus ojos se le humedecieron, afirmó.
—Pero deberás llevarme y traerme en el horario en que debo cargar a mis bebés. —afirmé—. Esto de tener a tanto hijo y todos embarazándose, van a volver loca a esta vieja.
—Eso te pasa por rezar tanto y pedir que nos pusieran tate quieto. —Me miró, ahora va a darme un coscorrón.
—Pues entonces que se dupliquen los hijos, no quiero enterrar a ninguno de ustedes, no me den ese dolor. Manténganse lejos, no crean que no me he dado cuenta de esas pérdidas que han tenido en la semana y son por algo.
—Solo nos estamos cuidando, no te preocupes.
Miré a Diana, estaba sobre mi pecho mientras le acariciaba el cabello. Sonreí al mirarla, estaba totalmente de acuerdo con Roland, que no se metan a joder mi vida, no quiero que toquen a mi familia.
En ese instante ingresó Isaac como un torbellino al cuarto, corriendo sonriéndole a la abuela que lo cargó y le repartió besos. Por nada en el mundo permitiré que estropeen lo que ha calmado mis demonios. Besé la cabeza de mi mujer.
—Lo que sea díselo a Diana. —afirmé.
—Sí, es solo que no quiero angustiarla, no quiero que se altere. Ahora que pase el trimestre le cuento.
—Bien. Verónica ya se pudo comunicar con Roland, está feliz porque salió todo perfecto.
—Esa es una buena noticia.
Con cuidado salí de la cama, dejé a mi pequeño tormento profunda. Cargué a mi hijo, le hice cosquillas.
» Hijo, te portas bien con mamá, mira que tu hermanito se la está poniendo difícil. Te quedas con la abuela.
Mi hijo afirmó. Le di más besos, tomé mi sombrero y me fui a trabajar. El día está complicado. Salí del turno de bebés canguros, me dirigí a la clínica de la doctora Jones o bueno debo de decir que en unos días será una de nuestras adquisiciones.
—Doctora.
—Hola, Miguel, mira, no puedo demorarme, tengo una cesaría en minutos, esta es la receta, cómprale estas pastillas a Diana, le ayudarán con los malestares.
—Gracias, doctora.
—De nada. Que venga la otra semana a hacerse un chequeo.
—Acá estaremos.
Me despedí, llegué a una droguería, al ingresar ya casi finalizando la tarde, había un hombre… ¡Mierda! Roland tenía razón, llegué al mostrador, sin hablar entregué la fórmula, le di la espalda para que no me viera y traté de agudizar mi oído, respiré profundo.
—Estoy quedándome en el hotel a cuatro cuadras de aquí. —Hay cuatro hoteles a cuatro cuadras de aquí—. Si sabes en qué parte quedan los nuevos ranchos, te agradezco la información, recompenso bastante bien.
Me entregaron la fórmula, pagué, salí de la droguería, ya había anochecido. Metí la medicina en la guantera, tomé la panola le unté un poco de lo que nunca nos falta, hay ciertas mañas que no se dejan.
Cerré la puerta del copiloto y dejé entre abierta la puerta trasera de mi camioneta de doble cabina. Vi que el tipo se acercaba, con mirada de mírenme y no me toquen, el problema pirobo, era que te metiste a buscar a quien no debes.
Pasó al lado mío, con un movimiento certero lo inmovilicé, intentó forcejear, ¡pero papa!, soy Cebolla, dos segundos estaba dormido. Pasé mi cabeza por su hombro cuando quedó inconsciente, como si fuéramos amigos de tragos, lo metí en el carro. Llamé a Simón.
—Cuéntame.
—Voy con Elio Mancini. —por un segundo Rata se quedó mudo.
—Roland tenía razón, esa gonorrea se anticipa a todo. —Lo escuché reír.
—Lo llevo dormido. ¿Luisa ya sabe?
—Sí.
—Llego a tu casa, lo interrogaremos en el cuartel. Borra registros de cámaras.
No quería dejar evidencia de lo que había pasado, no me detuve, pero tampoco irrumpí en una fracción de tránsito, llegué a la apuesta y me esperaba Gustavo. Este maricón pesaba mucho para cargarlo por esos eternos pasillos hasta llegar al cuartel.
En broma le dije a Roland que hiciera un mecanismo de entrada y salida rápida, por ejemplo, poder ingresar en carro, eso le llamó la atención. Esperamos a ver cómo lo mejora. En el sótano había una camilla y gloria a Dios, eso era lo que me gusta de mi jefe.
—¿Cómo lo encontraste? —nos dirigíamos los tres arrastrando la camilla y los puse al tanto.
—¿Le dijiste a Arnold?
Afirmó, entendió el mensaje, con la A me refería al patrón. No hablaremos del nombre de Roland, puede escucharlo o tener algún mecanismo de sonido no detectado en la primera requisa que le hizo Rasca culo.
—Nos está esperando, esto no me gusta Cebolla. —comentó Gustavo.
—Esperemos a que hable. —respondió Rata.
Llegamos, Roland esperaba con Dante en su pecho, solo vino con el bebé que tenía el turno, siempre tiene uno de sus hijos cargado. Arnold estaba al lado, él era el que estaba en el cuartel en este momento en su turno buscando información. Ya la otra semana empieza su rutina de estudio. Roland escribió en un papel.
«Estaré viendo, despiértenlo. Luego Rata mándalo de regreso a Italia con el mensaje de que hablen contigo, amenázalo con entregarlo a Any».
Escribió Roland, se metió en un cuarto, nosotros al de al lado. Solo estaríamos Rata y yo, Gustavo y Arnold estarían al lado del patrón.
—Despierta bella durmiente.
Rata le puso un aroma en la nariz a Elio. Por instinto lanzó una patada y un derechazo, Simón lo esquivó, e inmovilizó.
—Mira gonorrea, no quiero joderte, pero sabes que puedo hacerlo. ¿Vas a calmarte?
Después de un rato nuestro prisionero se tranquilizó, yo estaba a un lado, Rata era el que tomaría el control de la situación.
—¿Van a matarme? —solté la risa.
—Si eso quisiéramos ya lo estarías, yo mismo lo hubiera hecho y no me habría tomado el trabajo de traerte. —dije.
—Mira Mancini, desconocemos tus razones, pero somos zorros en esto. Al grano. —miró a Rata con cinismo.
—Estoy de vacaciones. —respondió el malparido.
—Bueno, nosotros no queremos meternos en problemas, sabemos que tu jefe está interesado en saber lo que pasó con la organización y cuando lo sepan espero nos lo digan. Si los justificas con la verdad, nosotros llamaremos a una persona muy influyente en una agencia gubernamental y te retendrá hasta que tú lo hagas.
—No tienes cargos.
—Debes de saber la reputación que tiene él sin nombre en el mundo de imputar y limpiar expedientes. —Mancini me miró—. Solo dime un número y esos serán los policías que mataste, por ende, no podrás salir de una prisión federal. —dije.
Todos sabían en el mundo de la droga quienes somos, mi reputación del sin nombre era conocida por la falsificación y de las carreras de auto.
—Repito, ¿por qué nos quieren hacer daño?
—¿Por qué no pueden pensar en que se necesita de su ayuda? —Rata y yo nos miramos.
—¿Qué quieren de nosotros?
—Una reunión con mi jefe.
—¿Y por qué no nos llamaron?
—Mira Rata, somos iguales, trabajamos para mantener vivo a nuestro jefe.
—Mi jefe murió hace más de un año. No queremos nada, Roland nos dio una oportunidad de salir y no vamos a desaprovechar.
—Conmigo no van a esclarecer sus dudas. Solo me mandaron para encontrarte y pedirte una reunión con mi jefe.
—¿Solo con tu jefe? O ¿con cuatro más?
Me di cuenta de que Mancini no se esperó que supiéramos, la experiencia de Rata en dar a entender que sabe todo, así solo tengamos dos datos.
—Recuerda que soy Rata. Dile a Alessandro que si él o cualquiera de esas cinco mafias mandan a alguien más. Irá a la cárcel. La reunión será por Skype en dos semanas y tú te vas hoy mismo. Dile a tu jefe que hiciste el trabajo. ¡¿Te quedó claro?!
Le tapé el rostro con una bolsa de tela negra, luego le pusimos unos audífonos y otra bolsa encima, lo amarramos de las manos y los pies, lo subimos a la camilla, era bueno que piense que está en un hospital. Al salir lo hacían Roland, Gustavo y Arnold, miré a Mojón para que me acompañara. Debíamos de dejar a un italiano en el aeropuerto.
—Tranquilo Mancini, para que veas lo calidosos que somos, el pasaje corre por cuenta de nosotros.
Le dije. Debo hablar con mi esposa, hoy llegaré tarde y no quiero que piense cosas que no son. Metimos a nuestro invitado en la parte trasera del auto, Arnold metió su pistola en la guantera donde vio la mía y sonrió.
—¿Inés se quedó con ustedes esta noche? —afirmé, encendí el carro—. ¿Me puedo quedar en tu casa hoy?
—¿A qué viejas tienes ahora bajo la mira?
—Secreto de sumario.
Solté una carcajada, este no tiene remedio, miré por el retrovisor y nuestro acompañante estaba tranquilo, no puede escucharnos. Llamé a Diana.
—Hola, Bestia.
—Hola, Pequeña, amor llego tarde, estoy llevando una encomienda al aeropuerto y a mi regreso te cuento todo.
—¿Es algo malo?
—No. Ya tengo la medicina para que dejes de vomitar tanto.
—Tráela pronto. Ya me duele la garganta, te amo.
—Yo más. —Arnold hacía mofa, por tanto, carameleo, le di un puño en el antebrazo. Y colgué la llamada—. No jodas, te veré pronto en las mismas Mojoncito.