Capítulo 5 - Discúlpate con ella

1558 Words
Íbamos de regreso al rancho, pasábamos por la calle donde era muy concurrida para tomar cerveza, hay bares… —¡Detente Cebolla! Dije, mi amigo por reflejo estacionó, estaba escamoso, me imagino que pensó que había otros personajes indeseados en Blanco. —¡¿Qué pasa güevon?! Lo miré y señalé donde estaba estacionada la moto de la Renacuaja, él miró, luego con la ceja levantada me miró. —¿Acaso Lupe no puede divertirse? —Es una niña, hace unos meses cumplió los dieciocho años. —Eso fue el año pasado, acabó de cumplir diecinueve. —Y cuál es la diferencia, es una Renacuaja que está fuera de su charco —el granuja se burló en mi cara. —Después dices que no te interesa. —No de esa manera, ella me ha dañado como siete polvos, creo que tengo una oportunidad para joderle la vida. —Mira Arnold ya van a ser casi las doce y mi mujer debe estar mal con el embarazo, necesita de este pechito. —¿No vas a esperarme? —Ni mujer que fueras. —soltó una carcajada—. Te quedas o te vas conmigo, pero por nada me demoro más, Diana me espera. —Me quedo, solo no le pongas ese mazo a la puerta. Miguel, aparte de las cerraduras normales, le puso una tranca de madera y cada noche se la pone como si estuviéramos en la época arcaica. —Bien, no jodas a Lupe, mi mujer le tiene mucho cariño y ni que decir de Isaac. Ojo. —Ya te dije, solo voy a molestarla, me debe muchas. —Nos vemos mañana. Bajé del carro, dejé mi arma en la guantera, mañana la busco. Entré al bar y lo primero que veo era a la Renacuaja bailando con un tipo que era hasta mayor que yo, alcé una ceja, llegué hasta la barra, saqué mi celular y le tomé una foto a la susodicha pareja, otra más de frente del mequetrefe ese. El barman llegó a atenderme. —¿Qué se le ofrece? —¿Qué jugos tienes? —El pendejo se me quedó mirando como si tuviera un tercer ojo—. No bebo, ¿no ofrecen ningún jugo? —De naranja. —Pues dame ese. Mientras traían mi pedido me puse a buscar la vida de ese fulano, ingresé a la SSCTC desde mi celular y busqué toda su vida, entre más leía, más ira me daba. ¡¿Acaso esta Renacuaja no se da cuenta con quién se mete?! El barman me entregó el jugo y lo agradecí, lo tomé, eso bajó un poco la rabia. «Contrólate Mojón», pagué el jugo y me dirigí a la mesa en la que estaba sonriendo Guadalupe, coqueteándole al tipo. No creo que ella sea de esas mujeres que se meten con hombres casados, más bien el tipo la está engatusando. Me paré frente a ellos. —¡Arnold! —estaba sorprendida. —Nos vamos Guadalupe. —No voy a ninguna parte. La miré, sé que en este momento soy uno de los hombres del capo, tengo mucha rabia, con ella también. Algo vio y se levantó. —¡¿Quién demonios eres tú?! —Era un tipo alto, pero yo le sacaba como diez centímetros. —Precisamente soy eso, pero agradece que me tomaste de buen genio. —tomé del brazo a Lupe y la saqué de ese bar. ¿Qué te pasa? Y ¡suéltame orangután! —¡Ay! ¿Nos vamos a tratar de animalitos? ¡Qué tierna! —Se zafó y me encaró. —No, el animal aquí eres tú. —Solo responde una cosa Guadalupe Sánchez, ¿te metes con hombres casados? Su rostro se puso rojo, esos bellos ojos que tiene la Renacuaja casi se le salen. Me dio una tremenda cachetada. —A mí no me ofendas pendejo güerejo. En la vida una mujer me había pegado, las manos me temblaron, esto me lo busqué por metido. —¡Oye! Gracias, Dios por mandarme un hombre porque estaba que partía todo a mi paso, al darme la vuelta el tipo que quería joder a la tonta que me acaba de cachetear estaba al frente con dos tipos más. » No te la vas a llevar. A la mierda la compostura. Moví mi cabeza, no quería mostrar la maldita escoria que era, pero no puedo controlarme. Extendí mi mano. —Aquí me tienes. El tipo se me vino encima y con toda la rabia que tenía le di un puño en la cara, sentí cómo el hueso de la nariz se partió ante mi impacto, se vinieron los otros dos, uno me tomó de la espalda mientras que el otro propinó un puño en mi estómago. Tal vez para personas normales esto habría bastado, pero como dicen en mi tierra, «ellos no saben quién soy yo», iba a arremeter de nuevo a pegarme y le di una patada, luego me agaché trayéndome al tipo que me tenía agarrado, cayó de frente, le di una patada en la cara. » ¡Quieren más! Había soltado la adrenalina, la ira se me había esfumado, cada vez era más fácil controlarlo. Cogí el tipejo del cabello, la nariz la tenía morada. » Ahora te disculparás con ella —Lupe me miraba y no tengo idea que significa esa manera de hacerlo—. ¡Discúlpate por confundirla con una fulana! —Le estiré más la cabeza hacia atrás—. ¡No te escucho! —Lo siento. —dijo entre jadeo. —Sientes ¿qué? —Guadalupe no sabía a qué se refería—. ¿Qué sientes?, el que se te olvidó decirle que eres un hombre casado, que tienes tres hijos, y tu mujer aún está recién parida con un bebé de dos semanas, ¿por eso pides perdón? La Renacuaja abrió la boca, ahora si comprendió mi pregunta, en vez de mirarlo a él me miraba a mí y me suplicaba perdón. » ¡No te escucho! —Lo siento por todo eso. Tiré al tipo que salió corriendo con la ayuda de los otros dos. —Dame las llaves de tu moto. Las manos le temblaban, miré la moto señoritona de Lupe, ¡lindo que me voy a ver conduciendo una de esas! Me subí, yo conduciré, ya de por sí me veré ridículo en esta motico, como para ser el parrillero, además soy mucho más pesado, ella puede perder el equilibrio. » Sube, te llevo a tu casa. —Solo hay un casco. ¿Eso era lo que le preocupa?, la miré, esos ojos lindos estaban llenos de lágrimas, era evidente que luchaba por no demostrar debilidad ante mí y eso me gustó, me gustan las mujeres fuertes, aunque sea una chiquilla, será tremenda mujerota más adelante, se tapó la cara. » Yo no lo sabía, me lo presentó una amiga hace unos cuatro meses y hasta hoy acepté… yo no soy una fulana, no soy una descarriada, yo no… La atraje hacia mí, estaba temblando, como me había sentado en la moto, mi cara quedaba más cerca de su cuello, esta Renacuaja olía bien. —Un error lo tiene cualquiera, pero no seas tan inocente, así como me peleas a mí, enfréntate a ellos e investiga —se aferró a mi pecho y la piel se me erizó. «Para el bus, Arnold»—. Debemos irnos, anda sube. —Gracias güerito. —alcé mi ceja y ella se encogió de hombros. —Ahora soy güerito, no, ¡pendejo, güerejo, orangután! Ese fue el último apodo. —Realmente en mi mente te digo más. Pero hoy… —Mos miramos—. Hoy no. —Yo respondo por ti, hoy soy tu héroe, tu Superman. —Mi Superman desteñido. Dijo con una media sonrisa y el reflejo de la luz la hizo ver bonita. —Ja, ja, ja, ¡qué gran chiste! —No es mi culpa que seas tan blanco. —Sube o te dejo Renacuaja, es muy tarde para que estés fuera de tu charco. Casi me mata con la mirada. Se puso el casco, se montó y se agarró de la parte trasera de la moto… no se abrazó a mí. Pues vamos a ver, arranqué y aceleré. » ¡Regla uno conmigo Renacuajita! —Le grité—. ¡Nunca le des la moto a un experto, si quieres mantenerte calmada! —¡¿Qué?! Metí el cambio, aceleré y levanté la moto, la reacción de Lupe fue agarrarse a mi cintura, ahora si la tenía donde quería. ¿Por qué me gusta que me abrace? No tengo la puta idea, le metí el acelerador y le saqué todo lo que la pobre motico señoritona me pudo dar. A la media hora llegamos, apagué la moto en la carretera, al frente de El Renacer. —Vas a estriparme Guadalupe. Una serie de golpes en mi espalda me sacaron una carcajada. —¡Eres un animal, pendejo, orangután, descerebrado, presumido, que se cree la gran mierda! —seguí riéndome. Mientras ella gritaba de frustración. —¿Te desahogaste? Bueno ahora se una niña buena, ya que este gallardo príncipe protegió tu castidad y vete a dormir. No sé cómo interpretar su mirada, se sintió algo incómoda, como si la hubiera lastimado. —¿Te burlas porque soy virgen?
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