Capítulo 1
"Lo mío fue un acto de justicia.
Te robé un beso porque tú llevabas meses robándome el sueño"
Dedicatoria
Al amor de mi vida,
gracias por creer en mí. ¡Te amo!
A todas mis musas,
porque son tal y como las imaginaba.
Prólogo
“Mira la esencia, no las apariencias...
el cuerpo es solo un estuche y los ojos la ventana
de nuestra alma aprisionada.
Mira la esencia, no las apariencias...
que todo entra por los ojos, dicen lo superficiales,
lo que hay adentro es lo que vale”.
El Estuche - Aterciopelados
Capítulo 1
Me despierto y una puntada en mi cabeza indica que me pasé de champagne anoche. Cierro los ojos, la claridad que entra por la ventana se siente como arena en mis ojos. Pestañeo, intento abrirlos y algo se mueve a mi lado.
¿Qué carajo? ¡Esto no puede estar pasándome!
Abro un ojo lo suficiente como para poder mirar y me quiero matar.
Ahí está, mirándome con cara de inocente. Con esa boca que durante tanto tiempo deseé besar, sus ojos brillantes y su pelo rebelde.
Vuelvo a cerrar los ojos, fuerte, y me tapo la cabeza con la sábana blanca pretendiendo ocultarme del mundo, como queriendo que todo desaparezca, pero el olor a sexo debajo del lienzo comprueba lo que no quiero. Abro mis ojos y la desnudez de ambos cuerpos lo confirman.
Escucho una risa solapada y eso termina de desquiciarme. Me levanto de un salto arrastrando conmigo la sábana y corro al baño. Cierro la puerta de un golpe y me quedo de pie frente al espejo.
Parezco un mapache, el hermoso maquillaje que llevaba la noche anterior, ahora decora mis ojos como si tuviera un antifaz, estudio mi cuerpo; mi cuello tiene una marca y mi seno derecho otra.
¡Dios! ¡Tenés treinta y ocho años, Eva! ¿¡Cómo podés ser tan inconsciente!?
—Abrime, Eva…
¿Y ahora qué? ¿Quién se piensa que es para darme órdenes?
El espejo me devuelve esa imagen desnuda que odio. Miro mi cuerpo y lo odio más. Mis lágrimas corren haciendo surcos en las manchas negras del maquillaje.
¿Se estará burlando de mí una vez más? Vos no aprendés, Eva.
En aquella oportunidad, hace veinte años, era muy diferente a la Eva que entró ayer a esa fiesta.
—Eva… abrime.
A esa altura estoy en el suelo, envuelta y abrazada a la sábana, aquella que era blanca y que ahora está plagada de manchones negros de limpiarme las lágrimas que siguen corriendo sin contención.
¿No era esto lo que querías?, me dice esa vocecita en mi cabeza que mataría sin piedad, incontables veces.
—Eva… —resopla— si no me abrís, la abro a la fuerza.
Sigo sin responder, no puedo, no quiero. Me aferro a la sábana, me limpio las lágrimas y me pongo de pie para enfrentar esta situación.
Mi cabeza divaga entre mandarlo a la mismísima mierda e irme, o en escupirle en la cara todo lo que tengo atragantado desde hace tantos años. Quizás las dos cosas.
Miro a la patética figura que refleja el espejo, abro la puerta y salgo.
—Eva… yo… —dice rascándose la cabeza.
Y, como un vómito diabólico, lanzo todo sin más.
—No digas nada, Nicolás, ¿qué sentido tiene? ¿Después de tantos años ganaste la apuesta?
Me escucho y me pongo peor, ¡soy una adulta, carajo! Pero esto lo tengo atragantado desde hace tanto, que sale sin que yo pueda filtrar nada. Y, mientras sigo diciendo todo lo que viene a mi cabeza, Nicolás me mira perplejo y creo ver una pizca de sinceridad cuando dice que no, que no tiene nada que ver la apuesta y me deja seguir hablando, escupiendo esto que me envenenó durante tantos años.
Recojo mi ropa que está diseminada por toda la habitación y vuelvo al baño. Necesito una ducha.
Ni yo me creo lo que acabo de decir en ese dormitorio. No me gusta discutir, soy mala para eso, nunca encuentro las palabras correctas, soy más bien reservada, pero eso hoy no se notó, de todas formas fue un monólogo; y de eso él sabe mucho.
Abro el grifo y me meto en la ducha, dejo caer el agua para que me limpie. El recuerdo de aquellos días viene a mí traspasando todas las barreras que había creado y que, hasta ayer cuando entré a la fiesta, pensé que mantenía intactas.