El día más feliz de mi vida fue cuando me dijeron que iba a ser madre, hacía unas semanas que me sentía cansada y tenía un retraso, lo cual no era raro, porque siempre fui irregular. Era muy activa y acostumbraba a dormir poco, pero últimamente dormía mucho, así que mi médico me indicó una prueba de embarazo. No pude con mi genio y esa misma tarde, de retorno al departamento, compré un test de embarazo en la farmacia.
Esas dos rayitas eran lo que siempre había querido ver. ¡Estaba más que feliz!
Preparé una deliciosa cena, me vestí para la ocasión y aunque tenía miedo, creía o necesitaba creer que tener un hijo suyo lo ablandaría y se sentiría feliz.
Lamentablemente no fue el caso. Se puso como loco, me culpó por no cuidarme, no cenó, se encerró en su estudio y yo lloré por el resto de la noche acurrucada en nuestra cama.
No me habló por una semana. Los primeros días le imploraba para que me hablara, que me dijera lo que pensaba; los siguientes ya opté por ignorarlo y me mudé a mi estudio donde tenía un sillón cama.
Una noche entró, me abrazó y me pidió disculpas. Nunca fue lo mismo. Discutíamos todo el tiempo y él no estaba feliz.
Tenía cinco meses de embarazo cuando me desperté con un terrible dolor en mi vientre y las sábanas empapadas con sangre. Sentía que me iba a desmayar, lo único que recuerdo fue despertar a Fabrice con un grito desgarrador. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme en un hospital de París, llena de viales y un monitor que no paraba de hacer “pip… pip… pip”.
Había perdido a mi bebé, a mi Evangelina y con ella la posibilidad de volver a ser madre. Durante meses no dejé que me volviera a tocar, él estaba contento “fue lo mejor” dijo una vez ¡y lo odié! ¡Vaya si lo odié! Yo ya no podría volver a ser madre y él estaba feliz por eso.
Me separé unos meses después. No es que lo culpara por lo que había sucedido, claramente él no tenía la culpa, pero su falta de contención y la realidad de que las cosas no estaban funcionando, hicieron que me diera cuenta de que era lo mejor. Él no lo entendió, aún no lo entiende, pero creo que fue la decisión más madura que tomé en años.
Me mudé a un loft y trabajé para revistas de moda; sí, la gordita trabajaba con modelos famosas y todo el frívolo y superficial mundo de la moda.
Las envidiaba, secretamente, todas ellas talla cero, y yo talla dieciséis.
Me sumergí durante meses en una depresión terrible, estaba sola, había perdido a mi hija, a lo único que, realmente, había deseado con la vida, no tenía ganas de nada, a veces ni de trabajar y eso que amaba mi trabajo.
En pocos meses pasé de talla dieciséis a talla diez y cuando la soledad, y la necesidad de estar con mi familia me pesaron demasiado, volví a mi casa, quince años después.
Vendí el loft y mi coche en París, con eso compré un departamento cerca de la casa de mis padres y un coche. No se podía decir que estuviera feliz, pero estaba en casa y comenzaría nuevamente.