Llegué a mi estudio después del refrescante té helado. Tomé el teléfono y llamé a mi querida y mejor amiga Marta. Ella entiende mi cabeza, debo estar loca, ¿cómo después de tanto dolor y años, aún sigue pasándome lo mismo? Esa cosquilla, ese calor en el pecho.
¿Es que acaso mi corazón no se da cuenta que no es posible?
Todos esos años tratando de olvidarlo y en un instante, todos esos esfuerzos a la basura.
Me sentía inquieta, no podía dejar de moverme, algo se había despertado en mí y tenía nombre y apellido.
—Martu…
—¡Evi! ¿Cómo estás?
—¿Estás libre para unos tragos en la noche?
—Wowww… eso suena algo desesperado, ¿estás bien?
—Sí, bueno, no, necesito hablar con vos, sos la única que me banca la cabeza.
—¿A las veintiuna en Asia?
—Sushi y champagne, tu preferido.
—¡Ahí nos vemos!
Terminé de respaldar las fotos de la sesión, ni siquiera quise mirarlas, no necesitaba estar más inquieta, ya después de hablar con Marta, y de que estuviera más tranquila, tendría que terminar el trabajo.
Recogí mi chaqueta y mi bolso, y salí rumbo al departamento. Tenía tiempo suficiente como para tomar una buena ducha, enfriar mi cabeza y arreglarme.
Así lo hice, aunque en todo el recorrido y, luego, mientras me duchaba y arreglaba, no pude dejar de pensar en él, terminé a tiempo.
Me miré al espejo y me sorprendí.
¡Wowww!
Subí a mi coche y me dirigí hacia Asia, un lugar de moda, donde generalmente me encuentro con algunas modelos. Me gusta el sitio. Aunque admito que es superficial, es el lugar donde sirven el mejor sushi y con Marta nos encanta disfrutarlo con un buen champagne.
A las nueve y quince entré al lugar, Marta todavía no había llegado, pero no me sorprendía, ambas somos impuntuales. Mientras la esperaba, me ofrecieron una copa de cortesía. Cuando casi estaba terminándola, llegó ella, haciendo que todos los hombres presentes se dieran vuelta para verla. ¡Es genial! ¡La admiro! ¡Tan ella! ¡Tan desprejuiciada! ¡Tan libre! ¡Es fantástico ser ella!
—¡Nenaaaa! ¡Estás hecha una diosa! —dijo Marta haciéndome reír mientras nos abrazábamos.
—¡Exagerada! ¡Solo tengo un poco de maquillaje!
—¿Y ese escote? ¡Estás de infarto! ¿No ves que no te sacan los ojos de encima? —dice mirando hacia la barra, donde había un grupito de hombres, de más o menos nuestra edad y que, efectivamente, miraban hacia nuestra mesa—. ¿Empezaste sin mí?
—Cortesía de la casa…
Ordenamos lo habitual. Mientras traían el pedido, conversamos brevemente de como había estado nuestra semana, de sus hijos y de su reciente novio. Creo que si no me tomaba por lo menos una copa del burbujeante elixir, no podría afrontar y sacar de adentro todo.
—¿Qué pasó, Evi? A mí no me engañás, debajo de todo ese maquillaje, que te quedaría más hermoso si te brillaran los ojos y tuvieses una linda sonrisa, está la Eva que hace muchos años no veo… triste y apagada… ¿Estás mal por algo? ¿Fabrice volvió a llamar?
—No, Martu… no es Fabrice…
—¿Entonces? ¿Qué te tiene tan apenada, amiga?
—Hoy lo vi… tuve que suplir a un colega y, suertuda yo, ¡el entrevistado era él!
—¿Quién?
—Nicolás…
—¡Auch! ¿Y?
—Todo aquello que quería olvidar volvió con más fuerza, lo odio y lo amo, ¿cómo puedo tener sentimientos tan antagónicos por alguien con quien nunca ha pasado nada, más que herirme con su jueguito?
—Hay una línea tan delgada entre esos sentimientos que, muchas veces, pasamos de un lado al otro en segundos. Te seguís torturando con algo que ni siquiera estás segura de que sea así, escuchaste algo y preferiste creerlo, porque nunca confiaste en la hermosa persona que sos.
—¡Lo escuché, Martu!
—¿A él?
—No, a él no… pero es lo mismo, eran sus amigas…
—Nunca le permitiste hablar, nunca le preguntaste, ¡no te consta!
—¿Para qué? ¿Para que me diga lo que ya sé? Tenía diecisiete años, pero ahora tengo treinta y ocho… no puedo dejar que esto vuelva a quebrarme. Aunque sigo siendo la misma insegura de mierda, no puedo dejar que mi vida se vea trastocada por un tarado.
—No, Evi… no podés… ya no sos esa nena, pasaste por cosas fuertes en tu vida que te fortalecieron o debieron hacerlo…
—Debieron… por momentos me siento fuerte, pero en otros, siento que sigo siendo la misma, y en lo que tiene que ver con Nicolás, no ha cambiado nada.
—Pues… tendrás la oportunidad de hablar con él…
—No lo tengo que volver a ver, entregaré mi trabajo a la revista y eso será todo.
—¿No te llegó la invitación?
—¿Invitación? ¿Qué invitación?