ARISHA Vuk se queda callado y yo me apresuro a llegar al origen del ruido. Este lado del orfanato ya tiene las luces apagadas, pues las demás habitaciones llenas de niños están sumidas en el silencio del sueño. No puedo alertar de mi presencia, por lo que me obligo a fundirme con las sombras, escondiéndome detrás de un enorme muro de concreto que se siente gélido contra mi espalda. Asomo la vista lo justo para ver cómo el monaguillo saca el cuerpo de Vuk; el niño cuelga flácido entre sus brazos, como una marioneta a la que le han cortado los hilos. La bilis se me revuelve violentamente. Las manos comienzan a sudarme dentro de las mangas del hábito, la garganta se me seca hasta doler y el corazón se ha convertido en un tambor de guerra que amenaza con salirse de mi pecho a cada golpe. Qu

