AGUST Detengo el auto en un enorme estacionamiento privado. El lugar está plagado de vehículos cuyos precios podrían alimentar a un país pequeño durante un año. Me doy un vistazo en el retrovisor, ajustando el nudo de mi corbata de seda. Acomodo mi cabello n***o y parpadeo un par de veces para que las lentillas de color café se adhieran a mis pupilas. Me parece una soberana estupidez cambiar el color de mis ojos; por más que alteres el iris, las facciones del rostro siguen gritando quién eres, pero mi nieto Agustín insistió en que era la mejor forma de infiltrarme sin que mi rastro dorado me delatara. Ruedo los ojos y resoplo. Pude haber enviado a alguien más, pero soy fiel creyente de que cuando no haces las cosas tú mismo, nunca salen perfectas. Así que aquí estoy. Fue un dolor de cabe

