Tapé su boca con la mÃa, acallando sus quejas y forcejeos con besos y caricias. Entre blasfemias que se ahogaban en nuestra lucha, su resistencia fue cediendo poco a poco, hasta que su cuerpo se rindió ante el mÃo. Después de meses de sequÃa, fui saciado por Marián, mi loba, la mujer que llenaba mis oÃdos con jadeos entrecortados y temblores de placer. Se entregó a mà con la misma pasión de siempre, como la leona ardiente que recordaba. Su cuerpo, apenas cambiado por el nacimiento de nuestra hija, seguÃa siendo mi refugio, cálido y dulce, justo como lo guardaba en mi memoria. Después de tomarla entre mis brazos, con su ropa apenas desordenada, me quedé en la cama observando su rostro sereno mientras dormÃa. Preferà marcharme antes de que la luz del dÃa revelara su expresión frÃa y distant

