CAPITULO III

1780 Words
ISABELLA Siento que mi cuerpo pesa demasiado. Cada músculo parece estar atado por cuerdas invisibles que me impiden moverme. Mi piel, pegajosa y pesada, no responde a mis órdenes. Intento abrir los ojos, pero al principio es inútil. Un dolor punzante, como si alguien estuviera martillando mi cabeza, me invade. Al intentar otra vez, mis párpados se levantan a duras penas, luchando por mantenerse abiertos. La luz, intensa y blanca, me ciega por un momento, envolviéndome en una neblina cegadora. Poco a poco, la claridad comienza a imponerse. Mi vista empieza a ajustarse, y la habitación que me rodea toma forma: paredes blancas, monitores que parpadean con regularidad, el pitido continuo que marca el ritmo de mi corazón. Estoy en un hospital. Un suspiro de frustración se me escapa. Falle estúpidamente. Mi mente sigue a toda velocidad mientras trato de no moverme. Mis pensamientos giran incesantes, revisando lo que me ha traído hasta aquí. El agua fría de la bañera, el cristal deslizándose sobre mi piel, el sonido del agua mezclada con la sangre... Pensé que esta vez sería suficiente. Pensé que finalmente podría ponerle fin a todo. Pero aquí estoy, viva, atrapada una vez más. De repente, algo me llama la atención. Una figura masculina se perfila cerca de la ventana abierta, su espalda ancha destaca contra la luz que entra desde el exterior. No es Dominic, eso lo sé con certeza. Este hombre es más alto, tiene una postura más relajada, pero su presencia irradia una peligrosa calma. ¿Quién demonios es este? Su cabello corto y oscuro está desordenado, y su piel tiene un tono bronceado, como si hubiera pasado más tiempo bajo el sol que entre las paredes de un hospital. Está fumando, como una maldita chimenea. El humo se esparce por la habitación, aunque una parte escapa por la ventana entreabierta. Me molesta el olor acre, pero más que eso, me irrita su actitud despreocupada. ¿En serio? ¿Fumar en un hospital? ¿Acaso a nadie le importa la regla básica de no fumar en lugares cerrados? Un joven enfermero entra corriendo en la habitación, con la respiración agitada y una expresión de alarma en su rostro. —Señor, esta prohibido fumar en este lugar —dice con voz temblorosa. Su nerviosismo es evidente, y no lo culpo. El tipo frente a la ventana no parece alguien con quien quieras discutir. El hombre gira lentamente, exhalando una larga bocanada de humo. Sus ojos oscuros me miran, y luego se clavan en el enfermero con un brillo despectivo. Hay algo en su forma de moverse que me pone alerta. Su arrogancia es palpable, como si el mundo entero no fuera más que una molestia para él. —¿Y qué? —su voz es grave, cortante como una navaja. —¿Tú vas a impedírmelo? El enfermero traga saliva, su mirada baja rápidamente. El tipo es intimidante, no cabe duda, pero eso no significa que tenga derecho a comportarse como un imbécil. —Lo... lo siento, señor —tartamudea el muchacho, retrocediendo un paso. Pero antes de que pueda salir de la habitación, el hombre lo agarra por el cuello de la bata con una rapidez que me sorprende. Lo jala hacia él y, con una sonrisa retorcida en los labios, apaga su cigarrillo en la mano del muchacho después de tomarsela con fuerza para inmovilizarlo. El grito del enfermero retumba en mis oídos, el sonido de su dolor reverbera en mi pecho, y mi rabia se enciende como una chispa en medio de la oscuridad. La ira me sacude, dándome fuerzas para incorporarme. —¡Ey! ¡Pedazo de idiota! ¡Déjalo ir! —grito, mi voz ronca por la sequedad de mi garganta, pero cargada de odio. El hombre suelta al enfermero, que se tambalea hacia la puerta, escapando como puede. Pero el tipo no parece preocupado. Al contrario, está sorprendido. Me observa, alzando una ceja como si no esperara que pudiera hablar, y mucho menos gritarle. Luego, una sonrisa torcida aparece en su rostro. Una sonrisa que me enferma. Se acerca lentamente hacia mí, cada paso suyo parece resonar en la habitación, llenándola con su presencia amenazante. Cuando está lo suficientemente cerca, puedo sentir su respiración mezclada con el olor del cigarro impregnando el aire. —Veo que ya estás despierta, pequeña loquita —gruñe, sus palabras rezumando desdén. ¿Qué rayos acaba de decirme? —¿Quién carajos eres tú? —le pregunto, intentando mantener el control de mi voz, aunque mi rabia comienza a hervir de nuevo. —Ah... verdad —murmura, inclinándose peligrosamente hacia mí hasta que nuestras narices están a solo milímetros de distancia. —Me presento... Soy tu nuevo dolor de cabeza, loquita—su tono es burlón, pero la amenaza subyacente es clara. Este imbécil está jugando conmigo. —¿Trabajas para Dominic? —mi pregunta es más una afirmación. No necesito su respuesta para saber que está aquí por órdenes de Dominic. -Esa pregunta sobra, ¿no crees? pequeña conejita asustada —suelta con una risa, acercándose aún más, casi rozando mis labios con los suyos. Su cercanía me produce una rabia tremenda —Escúchame bien, me importa un carajo si eres la esposa de Dominic—su voz se vuelve aún más baja, más amenazante. —No me provoques porque en mis manos te aseguro que sí encontrarás tu fin. Mi corazón late más rápido, pero no por miedo, sino por la ira que me consume. Nadie, absolutamente nadie, se atreve a hablarme así. —Atrévete a tocarme un solo maldito cabello imbécil, te puedo asegurar que seras tu quien no salga bien librado—escupo las palabras con todo el veneno que puedo reunir, sin apartar mis ojos de los suyos. Para mi sorpresa, él se echa a reír. Es una risa gutural, sin alegría, que me pone los pelos de punta. —Eres de las que me dan ganas de azotar. Y pensar que querías morir hace unas horas —me agarra del mentón con rudeza, y yo lo aparto de un manotazo. —Alistate, salimos en cinco minutos. Se da la vuelta y sale de la habitación como si nada, su camisa manchada de sangre y su arrogancia dejando un rastro apestoso tras él. Maldito gilipollas. Bajo de la cama con dificultad, sintiendo que mis piernas apenas pueden sostenerme. Me tambaleo aún por la debilidad que siento, mis manos temblorosas buscan algo de apoyo. ¡Mierda! creí que podía lograrlo... Preferiría estar en el infierno que regresar a ese maldito lugar. Tiro la almohada al suelo y desordeno la cama con rabia, como si pudiera deshacerme de mi frustración a través del caos. La debilidad sigue presente, y antes de que pueda darme cuenta, el mundo a mi alrededor gira y mi visión se oscurece. Mi cuerpo se desploma, pero segundos antes de tocar el suelo, unos brazos fuertes me agarran con fuerza, sosteniéndome por la cintura. Veo los tatuajes de serpiente en sus antebrazos, las escamas verdes de los reptiles contrastan con su piel bronceada. Me mantengo recostada contra su pecho mientras el mareo pasa. -Conejita torpe —su voz profunda retumba en mi oído, y siento su aliento caliente contra mi cuello. —¡Déjame! —grito, intentando zafarme de su agarre, pellizcando sus brazos con desesperación. —¡No necesito tu ayuda! —Eso no era lo que parecía hace unos segundos —responde con una burla en su tono, sin moverse. Está demasiado cerca de nuevo. —Pero si tanto insistes en que te deje, pues... Antes de que pueda protestar, me empuja con fuerza sobre la cama. Mi espalda impacta contra el colchón, y lo miro con furia. —Maldito animal... —le grito, luchando por incorporarme. —Termina de cambiarte en la cama —me dice con frialdad, sus ojos brillando con desprecio. —No quiero tener que explicar si llegas a golpearte el rostro. Sale de la habitación, lanzando una última mirada llena de desdén antes de desaparecer por la puerta. Respiro hondo, intentando calmar la ira que bulle dentro de mí. Lo que me espera en la mansión no será nada bueno. No se con que intención Dominic traería a este insolente. Seguro para empeorar mi vida, mas de lo que ya está. Mi mente comienza a divagar en cuanto pienso en él. Dominic Black, el hombre que ha hecho de mi vida un infierno en la Tierra. Su sola presencia es como una sombra oscura que ha eclipsado cualquier esperanza de libertad que alguna vez tuve. Me ha quitado todo: mi libertad, mi orgullo, mi paz mental. Pero hay algo que no ha logrado arrebatarme. Mi voluntad, mi fuego interno, la necesidad de luchar por mi vida. No importa lo que me haga, ni lo que me obligue a soportar. Yo no soy una víctima. Y esta vez, no voy a dejar que me dominen. Me levanto lentamente, mi cuerpo aún temblando por el esfuerzo y el dolor. Mi mente está clara, aunque mi corazón late con rabia y desesperación. Este lugar, este hospital, esta pesadilla… No es más que un paso más en el juego que Dominic ha decidido jugar conmigo. Pero yo también juego, y en este juego, no voy a perder. Busco mi ropa con rapidez, los pensamientos agolpándose en mi cabeza. El plan es sencillo: sobrevivir. Aguantar lo que sea necesario, hasta que pueda encontrar una forma de escapar, de darle un golpe definitivo a Dominic. Pero para eso, necesito estar en una posición de poder. Necesito aliados, recursos, y sobre todo, saber cuándo moverme. Y ese tipo de movimientos, el que me permitan destruir a mi enemigo, son los que tendré que trazar con calma y precisión. Un dolor en mis muñecas me recuerda que estoy herida. Pero no voy a rendirme. No hoy. En cuanto me visto y trato de ponerme de pie, el hombre de los tatuajes aparece en la puerta, mirándome como si esperara que me cayese de nuevo. Su presencia, su actitud... Me está observando, no con miedo, sino con curiosidad. Como si pensara que esta vez me rendiría. Pero lo que no sabe es que me he caído tantas veces que ya no siento el impacto del suelo. Me acerco a él, mi paso firme, mi mirada fija. —Vamos. No tengo todo el día —le digo, y mi voz suena tan segura que ni yo misma lo creo. Él sonríe, como si fuera una broma. Pero esta vez, no hay espacio para bromas. Tengo una misión, y nada ni nadie me va a detener. Ni Dominic, ni ese idiota con los tatuajes. Esta guerra no ha hecho más que empezar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD