JACK CARTER
Salgo de la habitación, maldiciendo entre dientes, con los músculos tensos y el corazón martilleando contra mi pecho. Acabo de evitar que esa condenada mujer termine con la cabeza rota contra el suelo y, en lugar de darme las gracias, sigue comportándose como una testaruda insoportable. Sus palabras son puro veneno, y la ira me quema por dentro con cada paso que doy. No entiendo cómo puede ser tan necia. Llevo dos días atrapado en esta clínica de mierda, rodeado por ese nauseabundo olor a medicamentos que amenaza con volverme loco, todo por culpa de ella... Por su maldita idea de querer llamar la atención.
Odio los hospitales. Desde que tengo memoria, siempre los he evitado. Cada rincón de estos lugares está impregnado de recuerdos que intento mantener enterrados. Pero aquí estoy, gracias a Dominic y su maldita insistencia en que me quede al cuidado de Isabella. Mi paciencia ya está colgando de un hilo. Los recuerdos son como una niebla espesa que me ciega y amenazan con afixiarme en cualquier momento. Las manos me sudan, el cuerpo me tiembla y aquellos fantasmas que he intentado sepultar regresan sin previo aviso.
INICIO RECUERDO
Estoy en la habitación de mi madre. No puedo tener más de siete años, pero siento que el peso del mundo se derrumba sobre mí. Ella vomita de nuevo, la tercera vez en menos de una hora. Su piel, antes cálida y viva, ahora es pálida como la cera, sus ojos hundidos y apagados. El olor metálico de la sangre y los medicamentos llena la habitación, tan fuerte que me cuesta respirar.
—Ven aquí, Jack, —susurra con voz débil, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.
Camino hacia ella, con pasos cautelosos, temiendo que cualquier movimiento pueda empeorar su frágil estado. Me siento al borde de su cama, observándola como si intentara grabar cada detalle en mi memoria.
—Quiero que seas fuerte, hijo, —me dice, tratando de mantener su tono firme, pero no puede esconder la tristeza que tiñe sus palabras.
No entiendo del todo lo que ocurre, pero siento el miedo en mi pecho, un miedo que me oprime como nunca antes.
—¿Te vas a poner mejor, mamá? —pregunto con la inocencia propia de mi edad, aferrándome a la esperanza de que todo se arreglará.
Ella suspira, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.
—Lo intenté, mi amor, pero... no voy a mejorar.
Mis lágrimas comienzan a rodar sin control. La abrazo con todas mis fuerzas, sintiendo cómo su cuerpo tiembla. Ese abrazo no tiene el calor de siempre; todo lo que me transmite es fragilidad.
Una semana después, mi madre se va. Y yo quedo a cargo de Sebástian Black, un hombre que nunca había conocido en persona y que pronto me convierte en algo que jamás imaginé. Perdí a mi madre aquel día y el señor Black siendo en ese momento mi padrino, se encargó de entrenarme de manera cruel. Me convirtió en su arma letal.
FIN FLASHBACK
El golpe del presente me saca de inmediato de esos pensamientos. Corro hacia el baño más cercano y vomito lo poco que tengo en el estómago. Dos días sin poder comer nada decente. Este lugar me revuelve las entrañas. El hedor, las luces fluorescentes, el silencio opresivo… todo me resulta insoportable. Lo único bueno es que por fin Isabella ha despertado, después de dos días de estar en un jodido limbo.
Me lavo la cara, observando mi reflejo en el espejo. Apenas me reconozco: las ojeras profundas, el rostro pálido y el cansancio grabado en cada línea de mi piel. Respiro hondo, tratando de calmarme, y regreso a la habitación.
Ella está despierta, sentada en la cama, con la mirada cargada de odio. Sus brazos están cruzados en un gesto desafiante. Esa expresión me provoca una sonrisa amarga.
—¿Qué esperas? ¡Vámonos de una vez! —le digo, tratando de mantener el poco autocontrol que me queda.
—Todavía estoy mareada, imbécil, —responde rodando los ojos, con un tono insolente que prende una chispa de ira dentro de mí.
¿De verdad acaba de hablarme así? Aprieto los puños, recordándome que no puedo perder los estribos. Sin pensarlo dos veces, me acerco y la cargo sobre mi hombro como si fuera un saco de papas.
—¡¿Qué demonios haces?! ¡Bájame ahora mismo! —grita, pataleando y golpeándome como si eso fuera a lograr algo.
—Deja de moverte, Isabella, o te voy a soltar aquí mismo, —le espeto, caminando hacia la camioneta sin detenerme.
Sus protestas son un zumbido constante en mis oídos, pero no le presto atención. Abro la puerta del auto y la dejo caer en el asiento con algo más de fuerza de la necesaria.
—¡Eres un animal! —me grita, fulminándome con la mirada mientras cierro la puerta de un golpe.
Subo al asiento del conductor, encendiendo el motor con brusquedad, y conduzco alejándome de la clínica. A través del retrovisor, puedo ver sus ojos marrones brillando con furia, y no puedo evitar esbozar una sonrisa satisfecha.
Cuando finalmente llegamos a la mansión, ella ya ha abierto la puerta antes de que pueda detener el auto por completo. Se baja con pasos decididos, aunque puedo ver que todavía está algo mareada.
—Ni se te ocurra volver a cargarme como si fuera un saco de vegetales—me dice, clavándome una mirada desafiante.
—Entonces, deja de comportarte como una niña malcriada, —le respondo, arqueando una ceja con irritación evidente.
—Prefiero caerme de cara antes que soportar otro atropello como ese. Y, por cierto… ¡apestas a hospital y sudor! —añade, empujándome mientras pasa junto a mí con actitud retadora.
¿Que esperaba? No he podido moverme de ese lugar desde que la lleve. ¿Qué quería? ¿Olor a menta fresca y flores primaverales?
La observo caminar hacia la entrada de la mansión, sus pasos firmes y su espalda recta, como si quisiera demostrar que no ha sido afectada por lo que acaba de pasar. La sigo de cerca, contando hasta diez en mi mente para no perder el control.
De repente, se detiene en seco. Al levantar la mirada, veo a Dominic Black parado al final de las escaleras, con los brazos cruzados y la expresión más fría que he visto en días.
—Dom… Dominic, —balbucea Isabella, su cuerpo poniéndose tenso al instante.
—¡Jack, déjanos! —ordena él, sin molestarse en mirarme.
—Sí, señor, —respondo con un asentimiento firme. Paso junto a ella, notando su rostro petrificado, mientras la tensión entre ellos llena el aire. Dominic no desvía la mirada; sus ojos están clavados en Isabella con una mezcla de rabia y algo más que no puedo identificar.
Cierro la puerta detrás de mí, dejando que ellos enfrenten lo que sea que tengan pendiente. Yo tengo suficiente con mis propios demonios.