ISABELLA
Camino por los pasillos en busca de alguna empleada, pero la casa parece desierta. No hay rastro de nadie, como si el silencio lo hubiese consumido todo. Después de varios minutos de búsqueda infructuosa, me doy por vencida y entro en una de las habitaciones del primer piso. Cualquiera me servirá con tal de no estar al lado de Dominic.
Me dejo caer sobre la cama con un suspiro agotado. El ardor en mi espalda me obliga a acostarme boca abajo. El roce de la tela con mi piel maltratada me arranca un quejido ahogado, pero cierro los ojos y trato de ignorarlo.
El recuerdo de Jack interviniendo entre Dominic y yo se cuela en mi mente. Me acelera el corazón de una manera que no quiero admitir. Nadie se había atrevido a desafiarlo de esa manera. He visto cómo sus hombres bajan la cabeza ante él, cómo acatan sus órdenes sin rechistar. Pero Jack… él no dudó en enfrentarlo.
No sé qué ocurrió después de que me fui, pero si estoy aquí, significa que todo terminó bien.
Me invade un alivio inesperado al recordar que Dominic se ausentará por dos semanas. Su presencia es una carga constante, una amenaza silenciosa que nunca me permite bajar la guardia. Sin embargo, estar bajo la sombra de Jack no parece una opción mucho mejor. Después de lo que vi, después de lo que descubrí de él…
FLASHBACK
Salí de la habitación una vez que los efectos de ese hombre en mí se disiparon un poco. Al llegar a las escaleras, mi atención fue capturada por la figura de una mujer morena, alta y con el cabello teñido de un color lila vibrante. Llevaba un diminuto vestido que no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
Su rostro tampoco era el de una dama refinada; más bien, reflejaba la picardía de alguien acostumbrado a los juegos de la seducción.
La observé caminar con una confianza desbordante, contorneando las caderas con intención. Se detuvo frente a una de las habitaciones y, sin titubear, entró en ella.
Mi curiosidad fue más fuerte que la razón cuando vi pasar a una empleada.
—¿De quién es esa habitación? —pregunté con un tono despreocupado, pero la mujer me dirigió una mirada cargada de diversión.
—Señora Isabella… es la habitación del joven Jack —susurró con un deje de complicidad en la voz.
Fruncí el ceño.
—¿Y quién es esa mujer que acaba de entrar? No tenía muy buena presencia.
La empleada soltó una risa contenida antes de responder:
—Seguramente una prostituta, señora. Usted entiende… el hombre tiene sus necesidades.
Sentí un calor extraño subiéndome por el cuello.
—¿El hombre tiene sus necesidades? —repetí para mí misma, sin comprender por qué esas palabras me molestaban tanto.
Sin pensarlo demasiado, caminé con disimulo frente a la habitación. No fue difícil escuchar los gritos de placer de la mujer al otro lado de la puerta.
Un nudo se formó en mi estómago.
—¡Los hombres son unos malditos folladores! —murmuré entre dientes, apretando los puños, antes de alejarme con pasos rápidos.
FIN FLASHBACK
Incluso ahora, la rabia burbujea en mi interior al recordar aquella escena.
Dominic y Jack parecen cortados con la misma tijera: hombres que solo buscan su propio placer sin importarles nada más. Y lo peor de todo es que mi propio cuerpo reaccionó ante Jack en el baño… como si fuera una más de esas mujeres que caen en su juego.
¡Maldición! Y luego me defiende de la manera en que lo hizo.
Gruño con frustración y entierro la cabeza bajo la almohada. ¿Por qué me molesta tanto? Jack es solo un obstáculo más en mi camino hacia la libertad. Nada más. Sé perfectamente hasta dónde puede llegar, y no pienso convertirme en la mujer de turno de nadie.
Sacudo la cabeza. ¡Mierda! Este encierro ya me está volviendo loca.
Cierro los ojos e intento obligarme a dormir para acallar mis pensamientos.
HORAS DESPUÉS
Siento unas manos firmes acariciando mis pechos. Un escalofrío de placer recorre mi cuerpo, haciéndome suspirar sin poder evitarlo.
Unos labios se apoderan de los míos, su lengua traviesa explora cada rincón de mi boca con una necesidad arrolladora.
Una de sus manos baja hasta mi entrepierna, frotándome con precisión sobre la tela de mi ropa interior. Su tacto es experto, provocando que me humedezca de inmediato.
—Jack… —susurro su nombre entre jadeos.
Él sonríe con picardía.
-Isabella...Isabella...ISABELLA, ¿DÓNDE MIERDA TE METISTE? ¡ISABELLA!
Los gritos de Dominic me arrancan del sueño de golpe.
Abro los ojos, sintiendo el corazón desbocado.
¡Mierda!
El calor sube a mis mejillas cuando el recuerdo de mi sueño se instala en mi mente.
¡Soñé con Jack… de esa forma!
Me siento de inmediato en la cama, tratando de calmar mi respiración.
De repente, la puerta se abre de golpe y un Dominic malhumorado entra con paso firme.
—¿Por qué mierda no contestabas? —Su voz retumba en mis oídos con la misma intensidad de siempre. La resaca, al parecer, no le ha afectado en lo absoluto—. ¿Qué haces en esta habitación?
Lo miro sin ganas de discutir.
—Estabas demasiado ebrio. No quise dormir en la misma habitación que tú —respondo con frialdad.
Espero su reclamo, pero en su lugar, suelta un bufido y cambia de tema.
—Prepara algo de comer para mí —ordena.
—A ti nunca te gusta lo que cocino —respondo, frunciendo el ceño.
—¡Maldita sea, Isabella! Ve y prepárame algo de comer. ¡Ahora!
Su vena en la frente parece a punto de estallar.
Me levanto sin decir nada, pero antes de que pueda dar un paso, me toma de la cadera y me jala hacia él.
—Se te olvida algo… —Murmura antes de presionar sus labios contra los míos.
No le correspondo.
Él me suelta y salgo rápidamente hacia la cocina.
Las empleadas me miran sorprendidas cuando entro. Saben que mi relación con la cocina es desastrosa. Les ordeno salir porque detesto que me miren como atracción de circo.
Decido preparar panqueques. Comienzo a mezclar los ingredientes mientras tarareo una canción.
Justo cuando estoy por verter la mezcla en el sartén, siento unas manos grandes apretándome las nalgas con fuerza.
—Annie, vengo por lo mío… —susurra una voz masculina contra mi oído.
Mi cuerpo se congela.
—¡Déjame! ¡No soy Annie! —me retuerzo en su agarre, pero él me mantiene atrapada.
—Da igual quién seas… Alguien tiene que saciarme estas ganas… —jadea con perversión.
Mi sangre hierve de furia.
Le piso el pie con fuerza y, aprovechando su distracción, le propino un fuerte codazo en el vientre.
El hombre retrocede con un quejido.
—¡Maldita perra!
Se lanza sobre mí, pero agarro el sartén caliente y lo golpeo con todas mis fuerzas.
El sonido del impacto resuena en toda la cocina.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —La voz de Jack me saca de mi frenesí.
Dominic y varias empleadas entran tras él.
—¡Ese maldito intentó abusar de mí! —grito con rabia- Voy a matarte, maldito. Sabias que era yo y no te importó. No dejaré que nadie vuelva a tocarme jamás sin mi permiso!
La rabia de todos los atropellos que he vivido en este lugar se desborda, hasta que Dominic me alza sobre su hombro sin previo aviso.
—Ya sabes qué hacer —dice dirigiéndose a Jack.
Un disparo suena en la casa. ¿Jack lo mató?
Dominic me baja con una sonrisa de satisfacción.
—Esa es mi fiera… —susurra, deslizando un dedo sobre mi nariz—. Nadie te toca, excepto yo.
Su cercanía me asfixia, su control absoluto sobre mi vida es una cadena que me ata sin remedio.
—Ya sabes que nadie pone sus manos sobre ti sin pagar las consecuencias —añade con una voz ronca y amenazante. Siento su mano atrapando mi mentón, obligándome a mirarlo. Su agarre no es fuerte, pero su dominio sobre mí es absoluto.
Las palabras caen como un látigo en el lugar, resonando en los oídos de las empleadas que han sido testigos de la escena. Sé que Jack también las escucha. Se acerca lentamente, con su pistola aún en la mano, observando la situación con su eterna expresión imperturbable.
—No pude cocinar nada —digo rápidamente, tratando de cambiar el foco de atención. No quiero prolongar este momento ni darle más espacio a Dominic para reafirmar su supuesto dominio sobre mí.
Él me dedica una mirada burlona antes de responder:
—Lo único que se me antoja eres tu, pero… no tengo suficiente tiempo para comerte.
Me guiña un ojo y se gira, tomando la maleta que ya tiene preparada. Sus movimientos son fluidos, despreocupados, como si nada de lo que acaba de suceder tuviera importancia. Pero lo conozco demasiado bien. Dominic es impredecible. Puede pasar de la dulzura fingida a la locura descontrolada en cuestión de segundos.
—Adiós —murmuro al verlo dirigirse hacia la puerta. Mi corazón martillea con fuerza en mi pecho. Tengo dos semanas para encontrar la forma de escapar… y, si tengo suerte, de acabar con él de una vez por todas.
Antes de salir, se detiene junto a Jack y le dice con tono firme:
—Ya sabes cuáles son mis órdenes.
Jack simplemente asiente, guardando su arma sin apartar la mirada de mí. Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
Dominic vuelve a enfocarse en mí. Su sonrisa arrogante regresa mientras se inclina para dejarme un beso en los labios. No correspondo, me quedo inmóvil como una estatua de hielo.
—Pórtate bien, preciosa —susurra antes de alejarse definitivamente.
Observo cómo su auto se pierde en la distancia. El alivio debería invadirme, pero en lugar de eso, un nudo se forma en mi estómago. Sé que algunas de las empleadas no están contentas con lo que pasó. Sus miradas lo dicen todo. No necesito palabras para notar su desdén.
No quiero pensar en eso ahora. Subo las escaleras con pasos rápidos, queriendo encerrar mi mente en un lugar seguro, lejos de todo. Sin embargo, un sonido me hace detenerme. Pasos firmes y constantes se acercan.
Me giro y, como lo sospechaba, es Mathias.
—¿Piensas convertirte realmente en mi sombra? —pregunto con molestia, frunciendo el ceño.
—Si es necesario —responde con su típico rostro arrogante, sin dejar de mirarme con intensidad.
—Qué pesadilla —gruño, rodando los ojos y apresurando mi paso.
Lo último que necesito es tenerlo tan cerca. Su sola presencia altera mi cuerpo de formas que no puedo —o no quiero— entender.